Bob Dylan y la literatura – Eric Fernández, p2

En el primer tercio de este artículo traté de esbozar una visión panorámica de la historia del género canción, y de cómo había sido más bien relegado a los márgenes de lo que se consideraba literatura. Este proceso se extendió hasta el siglo XX, donde el mundo asistió a una revalorización de la canción por parte del pueblo, aunque no así de la Academia, siempre reticente a considerarla literatura. El ejemplo paradigmático que me trae aquí es el de Bob Dylan, quien ha siempre ha coqueteado, recibiendo y ejerciendo influencia, con la esfera literaria. Me centraré principalmente en la dignificación que Dylan ha hecho de este género a través de la incorporación de técnicas e influencias literarias. En lo que sigue trataré de mapear los terrenos, musicales, literarios e históricos, en los que Dylan hunde sus raíces como cantautor y “trovador de su época”.

Tal es la copertenencia entre música y literatura que en el discurso que Dylan grabó para el Nobel de Literatura la primera influencia a la que citó no fue literaria sino musical: Buddy Holly, el brillante músico de los años cincuenta prematuramente fallecido a causa de un accidente aéreo, fue quien le enseñó, con That’ll be the day, el modo como podían obtenerse influencias de cualquier medio. Una referencia musical enormemente relevante en Bob Dylan, quizá la principal a nivel biográfico, fue Woody Guthrie, a quien conoció y con quien logró trabar amistad. De él, y de toda la tradición folk, aprendió que la historia de la canción es la historia de un continuo plagio elaborado con más o menos talento. Si por algo se caracteriza este tipo de música es por la recurrencia a las raíces, una práctica que Dylan ha desempeñado desde sus primeros discos hasta la actualidad. Así, por ejemplo, la mítica Blowin’ in the wind está basada en No more auction blues  también conocida como Many Thousands Gone, datada del primer tercio del siglo XIX; pero este procedimiento se hace patente de modo mucho más sincero en el álbum Modern Times (2006) donde, entre otras cosas, retoma el mítico Rollin’ and Tumblin’ de Muddy Waters y transforma toda la letra salvo el primer verso, que da título a la canción.  De hecho, tras denominar “nenazas y blanditos” a los que previamente lo habían acusado de plagio por estas muestras de contrafactum, recordó que la imitación es una práctica tradicional del folk.

Tomando esta riqueza tradicional que le proporcionó el folk, el country y el cancionero americano, Bob Dylan salió al paso de un contexto complejo y convulso como fue el de la década de los 60 en EEUU. Ello lo hizo apoyándose además en las nuevas músicas que lo rodeaban, principalmente el blues, el rhythm and blues o el rock and roll (aparte de los mencionados Muddy Waters y Buddy Holly, también influyeron el legendario Robert Johnson, Elvis Presley, Chuck Berry o Leadbelly). Además de estas armas musicales, Dylan introdujo una enorme innovación en la canción popular de la época como fue la referencia más o menos implícita y la asimilación de parte del canon literario, en un ejercicio que habría alegrado a Guillermo de Poitiers.

Si bien los análisis concretos de las canciones de Dylan no se encuentran con demasiada facilidad, en cualquier estudio biográfico sobre el trovador de Duluth encontraremos unas referencias que se repiten. En primer lugar, las más cercanas históricamente hablando son las que supuso la Generación Beat. Tanto los escritores de esta generación como Bob Dylan tuvieron que enfrentarse entorno social, cultural y político similar: acababan de cerrarse los comités contra actividades antinorteamericanas que purgaron la cultura de los cincuenta y la rebelión estudiantil, las campañas antinucleares y la lucha por la integración racial encontraron su momento de eclosionar a partir del mayo del 61, alcanzando su máximo esplendor siete años más tarde.

Ante este contexto, Dylan asimila y supera en cierto modo la sensación de derrotados (beaten down) de la generación de Ginsberg, Kerouac y otros, para enfrentarse a un mundo que no le gusta. Sin embargo, sus canciones protesta sólo son eso, canciones, en la medida en que él no llega a interesarse nunca por la política activa. Así, el gesto de protesta y de distanciamiento simultáneos los vemos tanto en su With God on Our Side como en America de Ginsberg. Pero además de ese distanciamiento crítico con respecto a la sociedad, de los Beat toma también un cierto sentido de la espontaneidad, la experimentación con estupefacientes, la forma de construir las canciones[1], así como la imagen del viajero constante y el interés por lo marginal. La combinación perfecta de estos elementos beat con algunas técnicas surrealistas y del simbolismo francés (estilo libre, escritura automática, imágenes oníricas) y otras referencias literarias notables (T.S. Elliot[2], Henry Miller, John Steinbeck, Ezra Pound, Allan Poe) confirieron al joven Dylan una identidad literaria muy personal.

Pero aparte de estas referencias más o menos contemporáneas, se ha querido encontrar en Dylan raíces literarias que hunden en los grandes clásicos, mezclando lo antiguo y lo moderno, lo culto y lo popular. Un ejemplo de ello lo encontramos, de nuevo, en su disco Modern Times (2006), uno de sus mejores álbumes de la última etapa tanto a nivel lírico como musical. A lo largo de las canciones que lo componen nos tropezamos con citas extraídas directamente de Tristia de Ovidio, el libro en el que detalla su desolación al tener que exiliarse de Roma. Así, por ejemplo, en la poderosísima Thunder on the mountain, tema por cierto muy cercano a Let it Rock de Chuck Berry, primera pista del álbum. confiesa: “I’ve been sitting down studying The Art of Love[3]/I think it will fit me like a glove“. En Ain’t talkin’, donde Dylan retoma esa imagen del viajero que se encamina hacia un lugar indeterminado y que es tan común en su obra (Just like Tom Thumb’s blues es un ejemplo sobresaliente), pero también en la melancólica Workingman’s Blues 2 encontramos rastros evidentes de una lectura de Ovidio como demuestra Cliff Fell en su interesante artículo para el Nelson Mail (An Avid follower of Ovid, 2006). Es más, esta influencia no se limita a un puñado de citas sino que se puede argumentar que el concepto del álbum tiene algo de renovación del viejo lamento de Ovidio en términos contemporáneos. Dylan sigue la estela de tantos otros escritores como el propio Ovidio, Virgilio, Dante, Chaucer o Shakespeare, quienes retomaron y actualizaron temas, preocupaciones y hasta versos literales de sus predecesores.

Finalmente, y aparte de su interés por lo mejicano quizá heredado de la literatura beat, hay ciertas referencias hispanas que pueden rastrearse. Tales son Borges, el Martin Fierro o Lorca.

En definitiva, el oyente (y lector) de las canciones de Bob Dylan estará familiarizado con una poética propia que, sin embargo, bebe de unas fuentes bastante concretas, aunque dispersas, y se desarrolla de modo heterogéneo a lo largo de su carrera. Así, tenemos la época ácida de Bringing it all back home y Highway 61 revisited, en mi opinión dos de los mejores álbumes del siglo XX, donde Dylan se sitúa en la perspectiva del viajero o el flanêur, al más genuino estilo de Baudelaire, Rimbaud y Krouac, que le permite interpretar, como un pintor, su entorno. En esta época, creo que la más interesante a nivel literario, Dylan pretende lanzar un mensaje a su público y lo hace por tres vías. En primer lugar, la música: abandona el folk y la canción protesta (aunque él dirá que todas sus canciones son protesta) para enriquecer su lenguaje musical con instrumentaciones y ritmos propios del sudeste americano. Por otro lado, un cambio en la estética visual de sus discos así como los nombres de los mismos. Bringing it all back home (1965) hace referencia a traer de nuevo al hogar el rock que los británicos estaban desarrollando con maestría al otro lado del Atlántico, mientras que Highway 61 revisisted (1965) se refiere a la autopista que cruza verticalmente EEUU desde su Minnesota natal hasta Luisiana, cuna del blues. Finalmente, la estética literaria también da un giro y las influencias que anteriormente he mencionado se hacen más patentes. Las metáforas y las imágenes simplemente oníricas se confunden constantemente, Einstein disfrazado de Robin Hood, Cenicienta, T.S. Elliot y El Jorobado de Notre Dame aparecen y dialogan entre las tiradas de Desolation row; la experiencia “on the road” de Rimbaud y Kerouac se toman como ambientación fundamental (On the road again, Just like Tom Thumb’s blues[4]) ; el carácter conversacional de las letras (Like a rolling stone, Queen Jane Aproximately) se acrecienta hasta llegar a ser un rasgo de identidad verdaderamente recurrente en Blonde on blone, su siguiente disco, etc.

A medida que su carrera avanzaba, su música y sus letras iban evolucionando a la par, de manera coordinada. La época de su conversión cristiana, por ejemplo, vino de la mano del gospel y las influencias de la mística en forma de canciones de amor a Dios o amenaza a los desviados del camino de la salvación (Señor, un tema verdaderamente escalofriante que retoma la ambientación mejicana). Sus álbumes más ochenteros (Infidels, 1983; Empire burlesque, 1985), tan injustamente menospreciados, adoptan una perspectiva urbana y amorosa en la que el viaje se traslada al centro de la ciudad, incluso en los videoclips (Tight connection to my heart). Finalmente, en la alabada trilogía Time out of mind (1997), Love and theft (2001) y Modern times (2006), vuelve a las raíces musicales recuperando viejas referencias pero desde una perspectiva de ocaso de la vida que otorga a sus canciones una oscuridad que hasta entonces no habían conocido (Ain’t talkin’, Love sick).

Como he mostrado, el repertorio de Dylan a lo largo de sus setenta y siete años es enormemente heterogéneo a nivel literario y musical, convirtiéndolo en un artista que parece haber dedicado su carrera a decepcionar a sus fieles (desde el concierto en el Albert Hall del 66 donde le gritaron “Judas” hasta su giro de volante hacia el papel de crooner en sus últimos discos, pasando por dar un concierto para el Papa). Pero si algo puede predicarse de su obra es una enorme coherencia interna a la canción, una perfecta armonía entre música y letra que lo convierte en uno de los  más influyentes compositores de canciones del siglo XX.

[1] El propio Lawrence Ferlinghetti, un escritor beat, afirmó que Bob Dylan había recorrido el camino inverso que había llevado a los beat a adoptar una actitud musical tomada del jazz en la literatura.

[2] De quien, por ejemplo, toma en la cancion Not Dark Yet, dedicada a la mortalidad, el adjetivo steel en el sentido metafórico mortuorio que el escritor le daba.

[3] El Arte de amar es la obra de Ovidio con que se granjeó el exilio.

[4] Éste es un tema imprescindible de Dylan en la medida en que recoge todos sus rasgos estilísticos e influencias literarias, entre las que son más claras Poe, Kerouac o el poema Ma bohème de Rimbaud con su “pulgarcito soñador”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s