En lo que enciendo el móvil – Censurón el Malpensado (carta breve para Alicia la Griega)

Esta carta está escrita a raíz de las reflexiones en torno a la escena de Moloch (Metrópolis) que este mes están desarrollándose en La Interferencia.


“¡Detenedlo, se lleva su alma!” dice Abe Simpson enfurecido mientras persigue a un fotoperiodista, de los de flash de magnesio y sombrero, que acaba de tomar una fotografía de Seymour Skinner. Y es que dicen que la fotografía captura el alma apresando esta  sobre el negativo. Lo imagino al estilo de El arca de la alianza, de Spielberg: en mitad de una atmósfera de pesadilla, súbitamente algo nauseabundo comienza a emanar desprendiéndose de nosotros. Este aliento se nos lleva, quitándonos algo tan propio y nuestro, que solo puede ser arrebatado a fuerza de arrancárnoslo deformándonos el rostro como consecuencia. Si somos algo, eso es nuestra cara que se deshace, la misma que busca ser espejo del alma.

Por suerte, con la fotografía digital esto ya no pasa. Nos hemos quitado dos incordios de un plumazo: por una parte, la pereza y la lentitud del revelado químico; por la otra, el robo ajeno de almas. Ya podemos ventilar la habitación sin miedo a que se nos escape alguna emanación constitutiva.

Resulta mágica, casi mística, la capacidad que tiene la óptica de la cámara para retenernos. Es un espejo que, particularmente, siento como me abraza tras la nuca y me fuerza acercándome hacia sí (pero también a mí). Me enfrento con mi reflejo. La cámara, que sabe más de lo que dice tras su piel negra, me distrae y me encadena. La cámara, que es sanguijuela y bruja, consigue lo que quería: retener un pedazo de mí que luego guarda en su cajita de plata. A mí me da igual mientras sucede esto, yo sigo encantado a mi (encadenado de mí) o al menos a lo que creo ser yo.

El espejo, que es voraz, me ofrece y me muestra a mí mismo de forma narcisista a la vez que me devora, consumiéndome y empezando por la cara. Siempre por el rostro. Solamente el rostro. Este espejo, que ahora también es pantalla no es el único que sacia su hambre. Seguimos enfrentados, y al igual que el paladea mi rostro yo me engordo cebándome con el contenido que esta me ofrece. Quizás la cámara no era lo único que se alimentaba de rostros. Ahora las pantallas brillan, ofrecen luz, nos excitan, nos enganchan (con el mismo garfio afilado de las “hookers”) y nosotros como polillas cachondas nos dejamos atrapar por sus sensuales halos.

Hablo de pantallas, de espejos fulgurantes, marcos que ofrecen medio mundo a aquellos que nos asomamos. Un cebo incesante gracias al cual el parásito puede seguir alimentándose de nosotros. Constantemente nos vertemos en este pozo. Nos asomamos a él, como esclavos, buscando respuestas, entretenimiento, distracciones…ataraxia. Con su lengua de fuego nos susurra: “Mírame, sólo a mí, cuídate de tener ojos para los demás”. Y nosotros, autómatas del 24/7, que somos mitad millennial mitad perro pavloviano caminamos por la calle con la cabeza gacha, en gesto de sumisión y cebados por la pantalla.

Con pequeñas y bellas mentiras empiezan demasiadas cosas, y aquí la promesa de un ordenador en la palma de mi mano se vuelve tanto cadena como una forma de esclavitud. Estas cadenas invisibles se nos enrocan tras la nuca y su peso hace que agachemos el cuello.

Y aun así su reflejo es mágico. Desborda. Deja sin palabras y engancha. Al final de la escena nos vemos convertidos en adoradores de nuevos dioses, de falsos dioses, técnicos y tecnológicos a través de los cuales la promesa de vida eterna transmuta en la posibilidad de facultades extraordinarias: mejor capacidad para comunicar, mayor conocimiento y comprensión, optimización de los procesos, etc. Somos el supersoldado del 3G. O del 4G. Mañana del 5G. Pasado quizás del 6G. Nunca podremos acabar.

Este nuevo dios no sólo se cobra en diezmos (un ojo de la cara o un riñón, ya depende del adorador y sus posibles) sino que se cobra en algo más valioso que el dinero. Este nuevo Moloch nos cobra en atención, y lo que es peor, en tiempo. Hambriento, constantemente exigiendo más a cada instante y a cada paso para saciar un estómago que nunca se llena. Este es su plato favorito: delicias de despreocupada atención sobre un lecho marinado de tiempo. Como contrapartida sufrimos un déficit de atención peculiar: no nos fijamos más allá del móvil cuando vamos por la calle, lo cogemos al volante entre curva y curva, y llenamos los silencios incómodos de nuestras cenas en pareja refugiándonos entre sus confortables paredes digitales.

Me doy cuenta de que con los siglos hemos desarrollado una habilidad especial para crear nuevos dioses. Los necesitamos, aunque también ellos nos necesitan. Sandman nos explica como los dioses mueren al dejar de tener adoradores y como una diosa del sexo encuentra a sus adoradores en un prostíbulo de carretera. Curioso como poco. Volviendo a nuestro SmartGod, este nos acompaña a cualquier parte, a todas partes, siendo uno con nosotros mientras dormimos o en aquello que es inconfesable. Y de todo quedan fotos, metadatos y algún ping a la antena más cercana. ¿Hacia dónde nos dirige esto? ¿Dónde lo llevamos? ¿En el bolsillo o hacia un hábito de esclavitud? Dudo si preguntar, ya que no se si como esclavos tenemos la opción de decidir.

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