Confesiones desde Alcorne – Zule p1

El siguiente texto es la transcripción una carta encontrada en un viejo y polvoriento baúl, perdido en un trastero donde mi familia guardaba viejos recuerdos del pasado. En ella, un pariente desconocido y al cual no hemos podido ubicar, habla sobre los cambios que supuso para su vida y, sobre todo, para su modo de habitar y entender el mundo, trasladarse de su amado y pequeño pueblo de Chirita de la Caza a la enorme y caótica ciudad de Alcorne, capital de un país llamado Rábita, del cual, en cierto grado, procede mi persona. El relato se desarrolla en el siglo XIX, y además de describir la época y las emociones de nuestro ancestro, esconde como intención última una cruda confesión. Poco a poco irá desvelándose, como el niño interrogado tras hacer una travesura. Por su extensión, hemos decidido publicarla por partes, que pretenden abarcar un viaje en tren, al trabajo o a clase.  Hay quien no da importancia a la voces anónimas y mistéricas que brotan en la Historia. Nosotros, sin embargo, consideramos pertinente compartir esta mirada al pasado, tan antigua a ratos como actual por momentos.

Espero que sea de su agrado

Zule


En Alcorne,

a veintiocho de noviembre de mil ochocientos no sé cuándo.

Querida y ausente Madre:

Sé que hace ya muchos meses que no la escribo. No se preocupe, estoy bien. No quise preocuparles ni a usted ni a Padre con mi silencio; precisamente preferí no escribir hasta haberme asentado.

La capital es confusa, muy rápida. La gente lenta corre; la veloz vuela. Nadie se para a pensar adónde va, y mucho menos de dónde viene. Cada destino da otro destino, y este mueve a otro. Las personas se mueven como el péndulo de un reloj acelerado. Los tics se atropellan antes de escuchar los tacs. Creo que es porque no hay muchas plantas, y cuando haylas no son de verdad. Muchas las aprisionan bajo cristaleras, en cárceles de plantas donde nunca llueve. Pero eso aquí eso es normal y les parece bonito. La gente toma café en cárceles de plantas porque así siente el verde estando calentita. No saben lo que es estar dentro de la oquedad de un viejo castaño esperando a que amaine la tormenta, rezando porque pare a la vez que porque dure, pues sabemos que el agua es buena para la cosecha. Pero aquí los hombres nunca se detienen a mirar cómo va la cosecha. No pueden parar a probar la manzana, ni la castaña, ni la naranja, ni el higo. No tienen tiempo para apoyar con una miradita de ánimo el brotar del trébol, ni mucho menos el lento y dificultoso crecer del roble. Tampoco de acariciar el trigo, mucho después de la siembra, cuando las espigas ya brillan con la soleada esperanza de un pan para mañana. No pueden, aunque muchos quieren, sentarse a respirar mirando al cielo.

Yo al principio intentaba hacerlo, como lo hice siempre, como ustedes aún hacen y de chico me enseñaron. Me paraba en las calles y miraba los letreros, que son de colores vivos, atractivos y brillantes. Con dibujos y nombres vivos, pensados para sitios muertos, esos imanes atraen la mirada de tal forma que parecen pensados por el diablo. Fueron diseñados para olvidarse del Cielo y atarse a la tierra. Cuando me di cuenta, los letreros fueron pasado. Miraba entonces a los perros, que son de los pocos animales nobles que hay por aquí. Echo de menos a los animales. Me apenó mucho saber lo del viejo Zeno, y también que al final tuvierais que sacrificar a Clarita. Espero que al menos supiese tierna. Sé que Padre la quería mucho. La niña de sus ojos, después de Sara.

Aquí también hay caballos, como los de Don Mileco. No hay muchos asnos, pero sí corceles elegantes tirando de carromatos donde gordinflones trajeados, que parecen de otro mundo, hablan con señoritas que no se parecen más que en la edad a sus hijas. Algo oscuro y profundo se esconde en el marchar de esos carromatos, algo vicioso, un vicio que se vale de la pobreza y pasea su abuso sobre ruedas doradas. La ciudad es dura madre, muy dura, tanto como Babilonia. La llaman civilizada pero yo la siento mucho más primitiva que el pueblo. Es como Chirita, pero a lo grande y sin tierra y sin conocidos. No hay lazos, no hay ayuda.

Todo está ordenado en el desorden. Se ve muy claro en los laberínticos corazones urbanos, que laten en el jolgorio y la mala vida. Como tratando de ocultar su esencia y de evitar posibles infartos, los ricos, que ahora se llaman burgueses -pero siguen siendo los señoritos malos- hacen nuevos barrios en las afueras, donde sí que hay algunos árboles. Pero ni siquiera allá crece nada, nada fuera de las jaulas. La naturaleza no tiene raíces. Cuando aún las tiene, te obligan a cortarlas. Así puedes volar como la ciudad necesita. Aquí quieren gente que no se pare, gente sin memoria. Por eso yo he tenido que olvidar, Madre. He olvidado las plantas y los animales. He olvidado a las personas. Salvo ustedes, y la familia, y los paisanos, y los animales del pueblo, para mí lo demás son espejismos.

Desde que veo espejismos -y empecé a correr, y aprendí a escalar, y a gritar muy alto- empecé a tener más trabajo que el que sobraba, un trabajo distinto de aquel detestado e inmoral que rechazan las Escrituras. Ya no recojo basura. Ya no vivo de ratas, gatos y ratones. Y solamente es porque dejé de mirar el andar de la gente. Eso aquí solo puede hacerse desde arriba, cuando se es Dios o alguna de sus seculares representaciones. Pero yo estoy muy abajo. Por eso al principio saludaba a todo el mundo, como Dios manda en estos senderos del señor.

Intentaba hablar con los paisanos, como ustedes me enseñaron desde pequeño. La mayoría de personas no me contestaban. Si lo hacían, era porque querían algo: generalmente dinero, y unas pocas veces charlar… charlar, aunque solo para pedir favores que nunca esperaban poder ser devueltos. Los hombres se ignoran para ser ignorados. Viven en el anonimato. Nadie sabe de quién es, ni cuál fue su maestro de la escuela. No hay personas, hay momentos. La historia se ha diluido, Madre, y aquí nadie cuenta cuentos. No hay niños que los escuchen. Todo el mundo se siente demasiado solo.

De vez en cuando, realmente se paraba alguien. Lo hacía porque te sabía de fuera. Yo ya no soy de fuera Madre, no más que el resto. Soy alcornense, aunque no hable el acento. Eso me duele, porque en verdad nunca se olvida del todo. Yo no quiero olvidar. Me olvido de olvidar, aunque aquí, casi siempre, he de hacer ver que recuerdo mi olvido: que soy de aquí, de ninguna parte. Por eso, ni lo duden ni lo olviden: ustedes son mi único hogar. Creo, por todo esto, que puedo decir que -por su propio despiste y por el impulso del vino- aquellas personas que sí charlaban querían preguntarme de dónde venía. Para ellos erá un exótico fósil.

Para que ustedes lo entiendan, en la ciudad hay tiendas de tesoros, como las de los cuentos. Creo que les gustarían. Son esos sitios con los que siempre soñamos, allá en casa: ventanas a este mundo que sabemos tan grande y desconocemos tanto. En ellas se venden objetos mágicos de todos los lugares del globo. Figuritas chinas, con ojos rasgados como cicatrices viejas. Tambores africanos, que parecen traer a la vida los leones y las cebras que vimos en aquel dibujo del diario que me trajo la tía Yinia por aquél mi octavo cumpleaños; qué bonitos eran, ¿lo recuerdan?. También hay tocados de indios, que te hacen volar hasta el nuevo mundo, donde aún se puede conquistar el Perú y mamar del Potosí. Cuando miras estas cosas, te sientes como si no fueses tú. Puedes imaginar ser cualquier otro hombre. Puedes imaginar otra vida, otro mundo: mágico, exótico, lejano, sin prisas, allí donde uno se puede parar a oler las flores o a tomar cerezas. Por un instante piensas que el mundo es pequeñito, y que tú de él lo sabes todo.

Quienes no tenemos mundo, solo tenemos estas cosas: fósiles. Un fósil es un muerto hecho piedra, normalmente una planta o un animal. Sabemos que está muerto, pero queremos creer que aún tiene vida. Por eso lo imaginamos vivo. La diferencia entre el museo de ciencias naturales y el zoológico es que en el primero los animales reviven por siempre. Idealmente, siempre estarán igual. En el zoo sólo pueden morir. Estos fósiles nos llevan a esos otros tiempos, siempre mejores, como mejor fue la vida con ustedes, que sin embargo, ningún fósil puede traerme de nuevo, porque ya la viví y siempre fue mía. Solo puede quedar en el pasado, pues no puedo engañarme y pensar que vuelvo a vivirla: siempre sabría qué es diferente.

La vida de que se dota al recuerdo siempre es nostálgica. Mi pasado nunca trae la esperanza, esa esperanza del fósil de haber muerto justo en el momento preciso. Por eso no se venden sandalias de esparto ni útiles de labranza en esas tiendas mágicas de las que les vengo hablando. Eso es demasiado nuestro, y solo trae nostalgia. En la ciudad, la nostalgia es un pecado. Aquí solo se puede soñar con un mundo mejor, sin manchas, como el que los elegantes y coloridos zuecos del lejano Oriente traen al instante en que los miro. Seguro que allá en la Conchinchina esos zuecos traen nostalgia de alguna madre, de alguna casa, de algún pueblo añorado, quien sabe sí de alguna Chirita. Pero la nostalgia es otra, de otro que yo no conozco. Por eso aquí esos zuecos me ofrecen esperanza.

Para las personas que realmente se paraban a charlar, yo era como uno de esos fósiles. Quién me preguntaba me quería solo para un rato, el que duraba mi hechizo. En ese breve tiempo, esa persona se convertía en su hijo y también en el de Padre. Había nacido en ese pequeño pero hermosísimo pueblo que es Chirita de la Caza, y los sábados soleados, subía al Cerro del León, donde nunca hubo un león, pero siempre hubo una piedra desde la que dicen que un día un conquistador bebió vino tras conquistar un pueblo inconquistable. Por un momento ellos se sienten inconquistables. Luego recuerdan que no lo son, y que de hecho Alcorne les ha conquistado. Es normal; sino, estarían muertos o en casa. Entonces recuerdan su hogar. Se olvidan de mí y tratan de despedirse sin ofenderme. Me darían pena si yo no fuese como ellos.

El cielo aquí es muy gris, Madre. Las chimeneas no dejan de echar humo. El carbón y los hornos nunca se apagan. Estamos construyendo un mundo nuevo y necesitamos buen acero. Ya saben ustedes que los primeros meses me dediqué a eso. Ayude a hacer vías, y vallas, y hasta los rifles de los soldados que fueron a liberar la cuna de nuestro mundo. Estoy orgulloso de ello. Mi esfuerzo luchó en aquellas batallas, pero nadie ha venido aún a darme una medalla. Creo que no valoran mi esfuerzo. Creo que solo valoran los palmos que avanzan con él. Pero no puedo sino entenderlo: así es la guerra. Yo nunca he sido soldado, pero sé cuál es mi sitio. Porque Madre, a veces solo tenemos la Patria. Sin rey, pero la Patria. Nos diluimos en ella: somos la Patria, una gran masa de pan que elabora el más rico bizcocho casero. Siempre nos gusta más el sabor de casa -a propósito, echo de menos sus pucheros: los mejores del mundo. Y por la casa morimos, porque es la que nos gusta, porque es la que tenemos.

Sin embargo, el bizcocho, o el puchero -la Patria- son tan sabrosos que siempre acabamos comiéndonoslos. Las langostas se comen su hogar, los gusanos se comen su hogar, los hombres se comen su hogar. Devoramos lo que nos hizo ser, porque nos gusta tanto que lo consumimos sin esperar a que se haga algo igual de bueno. Entonces sólo podemos recordar, y seguimos hablando del manjar casero. Lo defendemos como el mejor con uñas y dientes. ¡Yo derramaría sangre por hacer saber que sus pucheros son los mejores del mundo! La realidad es que ya me comí ese puchero, que ya nunca lo tendré. Es solo un fósil, un recuerdo, pero uno mío, nostálgico. Por eso me mueve a un mundo mejor, donde yo vuelvo a tener lo mío, aunque sea sabiendo que ya nunca lo tendré. Con su defensa vuelvo a esa infancia en la que sólo estaban sus pucheros, que eran míos, y nadie podría robarmelos. Ahora sé que pudieron: ya no tengo puchero. Pero sin embargo sigo gritando que no podrán, moviéndome como si ese puchero siguiese humeando sobre las ascuas, recién hecho. Mataría por ese recuerdo, aunque ya solo sea un fósil, mi fósil, el mejor de todos. Seguiré trabajando por hacer vivir al fósil, aunque sé que ya nunca vivirá, y que si lo hiciese, sería diferente.

Trabajamos mucho por el futuro, Madre, tal como ustedes lo hicieron, y los abuelos antes que ustedes, y así mismo hacia atrás desde el momento en que Adán fue expulsado del paraíso. Pero ahora nosotros, además, lo hacemos por la historia. Aquí hay viejos que vivieron la Revolución. Ellos también trabajaron por sus hijos y por la historia, como nosotros. Limpiamos el mundo viejo. Construimos un mundo nuevo, que traiga a la tierra lo prometido arriba. Por eso trabajamos, tal como le he contado. El vapor de las máquinas nos quema, pero nadie parece saberlo. Ese olvidar hace que la gente sea rara. Creo que la mayoría están locos o poseídos. Las personas gritan. La noche es como una jaula de grillos. El día también, pero hay gorriones que vigilan con su porra el recto cantar de los bichos. Pero la gente quiere cantar. La gente necesita cantar, porque aquí nadie para, y entonces o gritas o te vuelves loco. Como gritar está feo, especialmente cuando pasas una noche entre rejas o con los huesos rotos, la gente calla y se vuelve loca por el vino. Parece que el brebaje nos ayuda a sacar afuera ese lamento que se esconde en nuestros rostros, aquello oculto debajo de la carne y que no podemos ni sabemos dejar que salga afuera. Por eso Jesús dijo que era su sangre, y nos exhortó a beber de ella como vampiros. Porque con él los pobres se hacen uno, y lloran juntos lo que no saben llorar solos, aquello que no pueden explicar al cura.

Hay mucha gente borracha que bebe porque tiene que hacer algo, y eso es lo más barato. Los niños trabajan, pero no como en el pueblo. Viven en las fábricas, y poco les falta para llamar Padre al capataz. Hay gente sin casa, Madre. Yo, sí le soy sincero, lo estuve por un tiempo. Por eso no escribí, porque hasta hace poco me arrepentí de haber venido. Este es el mundo de las ratas, donde hay que morder o ser mordido. Madre, sé que Padre tuvo crudos problemas con el Jipito, o con el Alcano, y sobre todo con el Pajarito, como decía la abuela, «el chiquillo anticristo de la Mayusa». Pero en el fondo, todos eran primos o primos de primos. Aunque ustedes no lo crean, estas malas personas tenían un límite, a veces de conciencia, otras por la oreja del qué diran, pero de fuera o de dentro, había un punto en que frenaban. Ya le dije que la gente va muy rápido: aquí no paras si no te estrellas. Y aquí las ratas siempre llevan el pincho erecto.

No quiero decirle más. Seguro que a lo largo de estas páginas usted ya ha dicho varias veces a Padre que venga a buscarme. Él le habrá dicho varias veces que se calme, que soy un quejica, que él sí que sufrió maltrato del Señorito. Precisamente porque sé que eso es cierto, creo que ahora él entenderá todo lo que le digo, a su manera. Creo que ahora estará orgulloso de mí, y ayudará a que usted entienda porque debe perdonarme por mi largo silencio. Lo siento. Siento callarme y luego ser tan duro. Ustedes saben que yo no miento, y esto no dejo de hacerlo por cosa del pecado. No podría escribirles si no fuese para contarles buenas nuevas, buenísimas. Ahora las cosas empiezan a sonreírme, y puedo ver el mundo con otros ojos. Ahora sé que pueden estar orgullosos; por eso les escribo.

[Continuará…]

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