Maquinaria de autodestrucción – El niño detrás de las barbas

La escena de la película Metrópolis puede diseccionarse en tres partes muy claras: 1) La puesta en funcionamiento de una máquina de creación humana, que poco a poco va adquiriendo velocidad. 2) Una maquinaria que una vez puesta en marcha no puede parar. Los operarios tratan de adaptarse a su nuevo ritmo, cada vez más acelerado, pero la realidad es que no tienen capacidad para ello. Una vez que los mecanismos han echado a andar, ni siquiera sus propios creadores pueden detenerlo. 3) La máquina pierde el control y se convierte en esencia en una devoradora de humanos, la creación se vuelve contra el creador. En esencia, el ser humano ha sido el propulsor de su propio botón de autodestrucción ¿Y no puede esto extrapolarse a la relación entre el ser humano y el planeta tierra?

La revolución industrial supuso un cambio trascendental para el conjunto de la humanidad. Las nuevas formas de producción permitieron al ser humano superar las crisis de subsistencia que hasta ahora habían frenado el crecimiento poblacional y poco a poco se fue logrando un mayor bienestar material, cuyo apogeo representa a la perfección la universalización en el mundo occidental de los aparatos electrónicos o incluso del automóvil durante las primeros años del siglo XX. Se fraguó un sistema basado en la explotación de los recursos fósiles (primero el carbón y después el petróleo) que permitía unas cuotas de crecimiento nunca vistas hasta entonces. Todo ello paralelo a un desarrollo tecnológico también sin parangón. Es un sistema que durante el siglo XX, y especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, se sustentó en el consumo de las grandes masas.

No obstante, este crecimiento exponencial escondía sus fantasmas. Los recursos fósiles resultaban altamente contaminantes y el modelo consumista que se generó comenzó pronto a generar auténticos problemas medioambientales: subida de temperaturas, deforestación, generación masiva de residuos… Se activó una dinámica de bienestar material que pronto generó tiranteces con el planeta tierra. El modelo resultaba excesivamente contaminante y las consecuencias medioambientales fueron haciendo mella. Ello, unido al constante incremento poblacional que se vive hoy en día en nuestro planeta, hacía del sistema algo insostenible; pero la mentalidad consumista había quedado ya muy arraigada en todos nosotros. La humanidad había puesto en marcha una máquina que pronto escaparía a nuestro propio control.

Este año diversos estudios han sugerido que apenas nos queda tiempo para alcanzar lo que se ha denominado punto de no retorno, fechado para 2035. Si no se logra contener para esa fecha el calentamiento planetario en 1,5º C se generaría un efecto de retroalimentación del fenómeno que hará casi imposible regular las temperaturas. El estudio señala que la subida generaría una tremenda elevación del nivel del mar reduciendo el espacio habitable, y consecuentemente, la capacidad de acoger a más de 1.000 millones de habitantes. Se está instando a los gobiernos y organismos internacionales a que se movilicen para aplicar las medidas necesarias que puedan evitar este futuro catastrófico. Sin embargo, si bien a nivel social estamos más concienciados que nunca, a nivel geopolítico el estudio llega en mal momento. La presidencia de Trump supone una amenaza especialmente acuciante, ya que EEUU es uno de los países más contaminantes de todo el planeta. Su retirada del Acuerdo de Paris fue un duro golpe a nivel internacional. A ello hay que añadir la subida al poder de los grupos de extrema derecha (en cuyas agendas la cuestión medioambiental no ocupa siquiera una anotación a pie de página) o de partidos liberales que tampoco hacen especial hincapié en el asunto. Un buen ejemplo es Bolsonaro. Una de sus primeras acciones ha sido permitir la explotación del ya muy explotado Amazonas, pero eso sí, los mercados están muy tranquilos con él. Es un problema global que, sin embargo, queda supeditado a las políticas nacionales, no siempre dispuestas a abordar el problema con la urgencia y seriedad que merece. La maquinaria se está descontrolando, pronto comenzará a devorar humanos, y seguimos sin ser capaces de detenerla.

No es que crea en un futuro apocalíptico que lleve a la desaparición de la raza humana, pero sí que vamos a vernos obligados a reajustarnos y a adoptar cambios estructurales de importancia. La cuestión que aquí se dirime es si podremos evitar las consecuencias más graves del cambio climático y adaptarnos al futuro de manera gradual, o si por el contrario tendremos que hacer frente a un desajuste de consecuencias imprevisibles. Lo que está claro es que ese desajuste lo pagarán los de siempre, las clases más bajas en el escalafón social, pero sobre todo, los países más pobres y más incapaces de afrontar los nuevos retos que nos depara este futuro incierto.  

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