Vértigo – Francisco Frangélico (reseña)

De algún modo, con esta reseña establezco una relación de intimidad con el lector. Este, describe con su pensamiento un círculo alrededor de la intención de mis palabras y, por otro lado, yo -el autor- escribo con la intención de llenar ese círculo con el agrado y el interés por esta obra que, de un modo personal, admiro. Bien, esa misma relación de intimidad que existe entre el autor y el lector, es la que en Vértigo se intenta superar hasta el punto en el que ambos desaparecen y el único círculo que existe es la obra en sí, el único “ámbito del acto poético es (…) el poema”. Desde mi punto de vista, este manifiesto con el que comienza el libro implica la independencia de la obra de sus invitados y la trascendencia de la misma por su propia forma y contenido, y no por su interpretación ni por el propósito del artista. A partir de esto podemos afirmar, como el autor del poemario, que “nadie dice nada y (…) nadie piensa nada” y, por ende, lo que sentimos, tanto ante lo ajeno como ante lo propio, es un terrible vértigo.

Eduardo Gutiérrez Gutiérrez, graduado en filosofía en la Universidad de Valladolid, nacido en 1992 y criado en Medina de Rioseco, publica su primer libro de poesía (Vértigo) en el 2016. Antes de esto, sus únicas publicaciones de género poético han sido recogidas en una revista digital sin ánimo de lucro, creada por autores riosecanos y de la provincia de Valladolid, de la que yo mismo he sido partícipe: Así Vivimos y Así Gritamos [link a la web]. Así que, personalmente, he de decir que Eduardo Gutiérrez es un incansable lector y un exquisito filósofo, además de un cordial amigo; prueba de ello son las numerosas referencias a la tradición clásica, literaria y filosófica, y las citas que aparecen dentro de este poemario. Dámaso Alonso, Antonio Machado, Pío Baroja, Borges, Leopoldo María Panero y Federico García Lorca, son algunos de los autores que aparecen citados y, por tanto, podemos atribuirle al poeta una clara influencia de los escritores de la Generación del 27 y de otros posteriores como es el caso de Leopoldo María Panero. También podemos encontrar entre sus versos, tal vez de un modo demasiado sutil o demasiado vanguardista, pero no por ello equivocado, personajes inventados merced a un recurso poético, como “Menath”, o nombres apócrifos, en concreto el de “J. S. Newman”, que es otro recurso para dar veracidad y no comprometerse, y por otra parte, un escritor conocido del que no diré nada.

Entrando en cuestiones más profundas, quiero señalar que en Vértigo la poesía es tratada como engaño -tal y como afirmaba Fernando Pessoa, “el poeta es un fingidor”- y como arte escindido del rigor de una lectura que pretenda explicar prolijamente su significado. Más bien, la lectura pertinente, en mi opinión, para introducirnos en la obra, debe ser una lectura ligada a exprimir la amplitud con las manos cambiantes de “la inocencia” y el sentimiento, exprimirla para obtener un jugo cualquiera libre de acuerdos y convenciones. Así, la poesía es entendida como búsqueda y dibujo de la sombra: marca de agua en una página infinitamente misteriosa. Y es que a lo largo del libro encontramos vestigios de una sombra decadente que es consciente de su decadencia, por lo que la ironía y la frivolidad ante ese mundo oscuro atacado por “la fiebre” son algunos de los aspectos que más se hacen notar. Pero por otro lado, hay un fuerte componente ideológico y crítico que parece ser parte del origen de esa decadencia. Poemas como “La ruina del pensamiento”, “ALEYRODIDAE”, “BAILA, CATALINA, BAILA” o las “Dos canciones para la tristeza de España”, demuestran la conciencia dolida y plomiza del escritor sobre temas tan importantes como la guerra, la educación recibida, la fugacidad del tiempo, y la incultura y anquilosamiento de la sociedad. Otros temas de interés literario que forman parte del contenido de Vértigo son las reflexiones sobre la creación, el artista, y la trascendencia de la poesía. Un ejemplo de estas reflexiones es el poema “Yo en los límites”, en el cual se presenta el poema como el cuerpo decadente y desfigurado del poeta frente a un público asombrado porque “su alma”, descaradamente, muestra el poema -o el cuerpo- despreciándolo, tal vez como un producto de escaparate o como una cosa que a ojos del público debería ser apreciada.

Resumiendo, este primer poemario del autor lleva a la luz de nuestros días una realidad fría y sometida al engaño de la información, el consumo y el poder, a través del uso de una verdad autónoma y tirana que debe ser enterrada en el magma de otra verdad vitalista y práctica, es decir, entendida como medio para “fabricar el sentido del mundo en su transformación”. Podemos considerar que Vértigo es y será a la vez un brillante desconsuelo y una respuesta vana a la eterna pregunta interminable que nos concierne en estos días: ¿A dónde vamos? No quiero aventurar acontecimientos, por lo pronto y para los interesados, solo quiero informaros de que hace bien poco se publicó en Aperión Ediciones su Trabajo de Fin de Grado, George Simmel: Un sociólogo moderno y un sociólogo de la modernidad, que recupera y revaloriza la figura y el pensamiento de este filósofo alemán.

Y para terminar, creo que como las cosas relucen por su ausencia o su escasez, si de algo es falto este poemario es falto de ganas. No, no es broma, le faltan ganas de no devorarte “porque ya no sabe morder, ni (…) ladrar”, así que en palabras del propio Eduardo

    “quédate   

                          si tienes cojones 

                          con este jodido bozal

                          que me has puesto

                          en las manos

                          PORQUE VOY A DESTROZARTE”

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