El gesto del funcionario – Zule

 

Hoy analizo un simple gesto. Como cualquier gesto, bien podría no significar nada. Sin embargo a mí me evocó algo. Procede de la película “Inglourious Basterds”, de Quentin Tarantino, y lo protagoniza Hans Landa, personaje interpretado por Christoph Waltz. El personaje es un alto oficial del servicio de inteligencia de las SS. Está encargado de perseguir y exterminar judíos durante la ocupación alemana de Francia. Eso sí, la historia se desarrolla en un mundo posible que no es el nuestro.

Durante toda la película Landa se nos muestra como un hombre terriblemente culto y educado, desenvuelto políglota y agudo detective; eficaz funcionario de un Estado burócrata cuyos principales propósitos son el exterminio de todos los judíos, la subyugación de las minorías y la conquista de Europa. Es una persona fría y racional -cínica, ácida, cruel- como un inteligente reptil que, sin embargo, viviera en una eterna fiesta burguesa. Allí el humor negro sería el único modo virtuoso de relacionarse y la sonrisa la única posible carta de presentación. Así, el oficial Landa se muestra alegre, curioso y dicharachero, aunque también frío y calculador: despiadado. Landa es una contradicción en sí mismo, un dinámico péndulo entre humano e inhumano, aunque siempre ilustrado.

El diseño narrativo de su personalidad psicopática rechaza el burdo maniqueísmo hollywoodiense de los buenos (honestos y ejemplares) y los malos (despreciables y crueles). No por ello es menos cabronazo, ni tampoco la película es menos propaganda yanki (en especial a la hora de señalar a los judíos como cuasi-único objeto del odio nazi, sin atender a gitanos, homosexuales y transexuales, marxistas, anarquistas, o republicanos españoles, entre otros). Pero lo cierto es que, si no supiéramos de su oficio, este grandísimo hijo de puta nos caería simpático, al menos de primeras.

En la figura del simpático antihéroe no hay nada nuevo, ni en Tarantino ni en los juegos narrativos del último medio siglo. Las narrativas de las últimas décadas idolatran al antihéroe (con o sin principios). Él es ese romántico villano ficcional, el que va a contracorriente, el que hace todo lo políticamente incorrecto e incluso, y en Landa esto se da más que en otros personajes, lo (estéticamente) despreciable; por deshumanizado. Dado lo políticamente correcto del anti-nazismo, el personaje puede resultar repulsivo solo por llevar esvástica (y para mí y mis muertos, lo es). Sin embargo, este tipo no es más antihéroe que otros muchos héroes de la cultura pop del underground (Dark Vader y los sith, el Joker de Gotham o Alex el ultra violento, entre otrxs). Hace lo que se supone que no hay que hacer, lo despreciable, lo injusto: lucha egoístamente contra lo establecido, mirando solo a su propio beneficio, y no hay quien le pare.

Pues bien, al grano. Estamos viendo la primera secuencia del film, que dura unos 20 minutos. El oficial se nos presenta llegando a una granja francesa, donde un hombre adulto y sus tres hijas lo reciben, nerviosos. Landa va en busca de información de sus vecinos, una familia de granjeros judíos desaparecidos. Salvo la presentación en el exterior, la totalidad de la sugerente secuencia es una conversación, primero en francés y luego en alemán, entre el oficial y el granjero, que comparten humo nicotinado en torno a una mesa de madera. El oficial es educado y amable en un comienzo. No engaña a nadie con su uniforme, pero él disimula. Disimula hasta cierto punto en el que empieza a usar un lenguaje explícitamente nazi y totalitario, cargado de odio y superiorismo. Y habla con placer.

Los judíos son ratas, se esconden como ratas y hay que matarlos como a las ratas. Esto puede dar pena para quien -gato confuso o ratoncillo- no entendió el mal que representan las ratas. Porque no piensan como las ratas, sino como sus amigos. Pero hay que pensar como una rata para destruir a las ratas. Solo así uno puede ser eficaz en su trabajo de matarratas. El buen gato no es el que piensa como un gato, sino el que piensa como una rata y actúa como un gato. Y de los gatos él es el mejor. Porque, y ahí está la clave, para Landa lo importante no es ser el más sádico, sino ser el que mejor hace su trabajo, el cual es sádico. Por eso no le avergüenza el mote de “caza judíos”, sino que le enorgullece, no como a su compañero “el carnicero”, sádico torturador de los nietos de Abraham, avergonzado de ser reconocido como tal.

Landa solo hace eficazmente su trabajo. Es un buen trabajador, un excelente funcionario. Y por eso, y aquí el gesto, cuando al final de la secuencia apunta a la joven mujer judía mientras huye, corriendo hacia el bosque vestida con el barro del agujero en el que se escondía y con la sangre de toda su familia asesinada; mientras en su sprint a campo abierto es apuntada por la pistola de Landa, que la sigue con la mirada puesta sobre la mirilla del arma y con el dedo firme sobre el gatillo; cuando la judía supera (y aquí sospecho, está el gesto) la distancia en la que la bala puede llegar al objetivo y cumplir su cometido, que es el del Estado nazi (que los funcionarios aniquilen a la población judía)¨…. entonces Landa no está siendo más ni menos humano: está siendo un funcionario eficaz, que cumple su misión eficientemente, con el menor gasto posible de recursos (balas). Y para perder una bala por una rata, lo mejor es no disparar. No es humanismo lo que salva a Shoshanna (la judía) del disparo, es disciplina. Landa no está siendo humano, ni misericorde, ni compasivo. Está siendo un funcionario eficiente. Porque Landa no es un sádico: no actúa por odio, ni por emociones. Actúa por la razón, la razón del Estado, de un Estado despreciable, pero racional. Es un buen funcionario, nada más.

Quién actúa como dedo -en los términos de Alan Moore en “V de Vendetta”- no deja de ser responsable de las llagas en las que abre y de los ojos que ciega. Sin embargo, no entendamos al dedo como irracional o como eminentemente sádico. Entendámosle como parte de un mecanismo, que en este caso es especialmente sádico. Será tan despreciable como el mecanismo: ni más ni menos. Y ser solo engranaje no nos hace menos despreciables, no nos justifica. Por fortuna y por desgracia, hemos de asumir nuestros errores. Y ni el Big Bang ni ningún primer motor nos excusan. Aunque siempre podremos decir que simplemente fuimos buenos funcionarios; a lo mejor así callamos la conciencia.


PD: vendrán nuevos textos y corregirán mis palabras. Entonces habré de justificarme diciendo, falazmente, que el funcionario armado trabaja para el poder, goza de ejercerlo y de imponer el poder que el mismo ostenta. Pero eso será otra historia y, quizás, otro chupito de whisky.

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