Mujer y cuidados: una relación de recorrido histórico – El niño detrás de las barbas

A lo largo de la historia occidental (no exclusivamente pero es de la que puedo hablar con mayor conocimiento) la mujer siempre ha mantenido un rol principal en el cuidado de la familia. Pero claro ¿a qué nos referimos cuando hablamos del término cuidados? Una interpretación cerrada del término nos llevaría a asimilarlo al tratamiento de las personas enfermas o en ausencia de sus plenas facultades, es decir, en una vertiente principalmente asistencial y sanitaria. Sin embargo, el concepto puede adquirir un carácter más amplio, el cuidado entendido como todo lo relacionado con la protección del entorno familiar, que implicaría no solo la atención al enfermo sino la crianza de los hijos o incluso el mantenimiento del hogar, esto es, todo lo relacionado con el bienestar más directo de la familia. En el texto nos referiremos al término según esta segunda acepción. Ello no quiere decir que la mujer no participase en las actividades económicas ni que no formase una parte sustancial de la economía familiar (especialmente en el mundo agrario donde participaba en las labores agrícolas con igual empeño que sus maridos, sino también en el mundo urbano, donde no eran pocas las mujeres de maestros de gremio que participaban activamente en el taller), pero no quiero entrar a desarrollar este punto que requeriría por sí mismo un texto aparte. En cualquier caso, la sociedad siempre otorgó a la mujer el papel de cuidadora pero reducido en gran parte al ámbito privado, mientras que la representación del núcleo familiar ante conjunto social quedaba reservado a la figura masculina.

A pesar de adquirir ese papel prioritario en labores de asistencia estas poseían un cierto carácter de apoyo. La mujer jamás fue reconocida como experta en estas cuestiones, la adquisición de un cierto grado de profesionalización y prestigio estaba reservada exclusivamente a los hombres que fueron los que pudieron ir accediendo con el paso de tiempo a los estudios de medicina, dando lugar así lugar a la figura del médico. Fue sobre todo en las universidades italianas donde la medicina dio un paso adelante, en ciudades como Padua, donde lograron una cierta protección frente a la injerencia eclesiástica, se realizaron las primeras autopsias y comenzó a avanzarse en un conocimiento real del cuerpo humano. Ello no quiere decir que las mujeres no tuviesen nociones médicas, muchas de ellas eran depositarias de un conocimiento en torno a las plantas y otros remedios naturales, muchos de origen pagano, y traspasados de generación en generación. Sin embargo, estas curanderas estaban en buena medida estigmatizadas, y de aquí proviene en cierta medida el término bruja: no eran sino mujeres sanadoras que con mayor o menor acierto practicaban estos remedios en sus comunidades. Durante los siglos XVI y XVII se desarrolló en el centro de Europa lo que se ha denominado como la caza de brujas, que era literalmente eso, la persecución y ejecución de todas aquellas acusadas de brujería (también hubo hombres, pero en mucha menor proporción). Las curanderas tuvieron un lugar privilegiado entre las acusadas, en vez de reconocerles esos conocimientos se las miraba con desconfianza y recelo. Estas se salían del ideal de la mujer, siempre encuadrada en el marco familiar y bajo la sumisión del marido, vivían de manera más libre, no estaban tan atadas a las estructuras sociales, y eso era un pecado capital que no podía tolerarse en el Antiguo Régimen [1].

En definitiva, la mujer mantuvo un papel central en todas las labores que podríamos llamar asistenciales, pero su reconocimiento social era prácticamente nulo, a la hora de la verdad la mujer socialmente bien valorada era aquella que cumplía con la conducta propia de la moral cristiana y que era capaz de dar descendencia a su marido. Su marco de actuación era por tanto mucho más limitado que el masculino. A pesar de esa falta de reconocimiento la mujer jamás ha perdido ese rol, y aún hoy en día nuestra sociedad actual es heredera de dicha mentalidad. Actualmente, gracias al movimiento feminista,  en nuestra generación ya se da por supuesto (o al menos así debería ser) que las tareas del hogar son algo compartido, pero recordemos que esto ha sido algo relativamente nuevo. Parece que ya todo está hecho, pero aún existe una tendencia muy marcada en ese reparto de las tareas, y es que las mujeres siguen asumiendo prioritariamente muchos aspectos relacionados con el bienestar de la familia, sobre todo en aquello relacionado con los hijos. Habría que ver de todos los progenitores que acuden a las reuniones escolares y a las tutorías con los padres cuántos de ellos son hombres y cuantas mujeres. Yo he pasado tiempo dando clases particulares y en la gran mayoría de los casos el contacto inicial y el seguimiento de los hijos ha sido a través de sus madres, en la mayoría de los casos el padre quedaba en un discreto segundo plano. Y no creo que esto sea fruto de la imposición sino que se produce de forma casi inconsciente, simplemente las mujeres tienden a adoptar un papel central en todo lo relacionado con estos aspectos mientras que los hombres tendemos a dejar hacer, adoptamos una cómoda posición desde el “ya se encarga ella” que poco a poco deberíamos corregir, la educación de los hijos no debe dejar de ser cosa de dos. En el fondo, no dejan de ser conductas aprendidas y roles sociales que imperceptiblemente van calando en nosotros. Por suerte, cada vez somos más conscientes de estos pequeños detalles y quiero creer que avanzamos hacia un reparto más equitativo en lo relacionado con todos estos aspectos, pero solo el tiempo me dará o me quitará la razón.

No es el única herencia que aún conservamos de pasado: la falta de reconocimiento ante la profesionalización de la mujer sigue estando aún vigente en la sociedad. Si bien la incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo durante el siglo XX ha roto muchas barreras aún queda mucho por hacer, solo ahora comienzan a destacarse y a tratarse por iguales a todas las mujeres que alcanzan los puestos más altos en sus respectivas profesiones, y es una afirmación a la que podríamos añadir demasiados matices. Durante demasiado tiempo la mujer ha sido ninguneada y considerada inferior, se le permitía el acceso al mundo laboral pero jamás se la tomaba tan enserio como a sus compañeros masculinos, sobre ella sobrevolaba siempre un aura de duda respecto a su capacidad, por así decirlo, tenían que demostrar más que los hombres para ser efectivamente reconocidas y valoradas en el ejercicio de sus tareas. Lo más paradójico es que esto se produce también en aquellos campos que tradicionalmente han sido “`propios de la mujer”. Ya pusimos el ejemplo de la medicina, durante buena parte del siglo XX las mujeres fueron enfermeras mientras que los médicos eran los hombres. Las escalas más altas o más prestigiosas de la carrera sanitaria quedaban en manos del género masculino (no con esto quiere desmerecer la labor de enfermeras y enfermeros, hablo ante todo de percepciones sociales). En el ámbito educativo aún hoy en día son más los hombres que enseñan en secundaria mientras que en educación primaria la gran mayoría son profesoras, y ya ni entro en la universidad. Si la cocina familiar ha sido siempre una labor asignada al género femenino (y aquí no puedo evitar ver la imagen de mi abuelo sentado en la mesa mientras enfurecido exigía a mi abuela la comida con la puntualidad de un reloj suizo) los grandes chefs, en cambio, han sido durante mucho tiempo, y aún hoy son mayoría, hombres. Esto es lo mismo que afirmar que ni siquiera en aquellos ámbitos en los que la mujer ha tenido tradicional e históricamente un papel mayoritario se la ha reconocido como profesionales, el estatus de prestigio ha quedado durante mucho tiempo en manos de los hombres. Una vez más, confío en que estos aspectos vayan evolucionando con el paso del tiempo y valoremos por igual a nuestras y a nuestros profesionales.

Por poner un broche a este quizás excesivamente largo texto diré que no se me ocurre mejor manera de ilustrar esta idea mediante la siguiente escena de lo Simpsons:  

 

Resultado de imagen de lisa  delfin

-Hola niñita ¿de qué quieres vestir a tú delfín?

-¡Doctor!

-Muy bieen. Enfermera.

-Eee, profesor.

-Maestra infantil.

-Chef.

-Camarera.

-Director general.

-Secretaria de doctor general.

-Miree, mi delfín es chico.

-Oooo, aquí tienes doctor.

-La hemos engañado Betsy.

Bravo

 

El niño detrás de las barbas


 [1] No es solo que no cumplisen el ideal femenino sino que quedaban fuera del marco social estructurado que la sociedad del Antiguo Régimen tenía diseñado. Con igual recelo eran tratados los vagabunos que quedaban fuera de cualquier modo de organización social. Estaban fuera del marco, y eso en la rígida concepción de la  Edad Moderna, era delito.

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