Me quiero libre, o el frutero de la vida buena – Mamá Pato

Querer es cuidar y cuidar es preocuparse de lo que pueda pasarle al otro, al ser querido. Dice la canción:

El amor mueve el mundo y sin amor no hay futuro[1].

Y en cierto sentido es verdad, ya que uno de los mejores combustibles que existe en esta vida es el amor vestido de pasión. Este amor es a la vez motor y fuego que alimenta.

El amor, insisto, es querer y preocuparse. Por algo se dice “take care” en inglés. Este ten cuidado aparenta ser aviso, pero esconde mucho más. No es un simple precaución, amigo conductor, sino que es un velado te quiero no dicho y curiosamente obvio para ambos. Es asombroso rastrear la cantidad de formas distintas para decir te quiero sin usar en ningún momento estas mismas dos palabras.

Y no solo eso. El amor es querer y sacrificarse por el otro. La herencia cristiana es la que es y yo no voy a cambiarla ahora. La culpabilidad y el sacrificio son dos cosas que llevamos grabadas a fuego en la cabeza y a la mínima que pueden, afloran. Dicen, yo me limito a repetir lo que escucho, que los actos más puros de amor consisten en sacrificar lo que uno quiere en pro de aquello que busca el otro. Si quieres a alguien, déjale libre. Y en esta entrega me cedo complemente. Ya no solamente cedo la plaza[2] sino también todo mi castillo y mi reino. “Mi reino por un caballo” dice el jockey enamorado.

Aunque un paso en falso y ¡cuidado!, porque todo se puede echar a perder. Veo que en este darse al otro se produce una devaluación desafortunada. Del yo por el tú, en este intercambio del uno por el otro nos cedemos a nosotros mismos perdiendo aquello que es más valioso en esta vida. Siendo francos: primero yo y después tú, lo recalco. Y no es culpa mía, lo siento. Bueno sí. Da igual, a mí al menos para vivir me vale.

Nos perdemos a nosotros mismos y eso es un error bastante peligroso. Es muy romántico hablar de entrega desinteresada, de sacrificio en pro del ser querido y demás gilipolleces de ama de casa condescendiente, pero la sensación de fracaso y la dependencia emocional acaban apareciendo. Vamos si aparecen, siempre aparecen. ¿Qué esperabais con esa falta tan mezquina de amor propio? Luego pasa lo que pasa y a llorar durante horas una vida que pudo ser, que se deseó que fuera y que sin embargo no fue. ¡¡¡MEC!!! Lástima. Más suerte la próxima vez, en la siguiente reencarnación.

El error se sitúa en la base desde el principio. La ecuación es sencilla y no consiste tanto en la supeditación al otro como en la homologación del mismo. Por supuesto que soy yo amo y señor de mi reino, pero en este ceder no es igual darse al otro de forma ciega y desmedida, encumbrándolo y jerarquizándolo a través de esta relación de poder vertical que subyace de forma sutil y velada, que convertir al otro en un igual con pleno derecho y reconocimiento.

Vivimos en un mundo de uvas y melones en el que de vez en cuando dos naranjas se encuentran. Y digo dos naranjas completas y no medias naranjas o cuarto y mitad de mandarinas. Vamos a ver: si hace un segundo soltaba pestes del amor altruista hacia el otro, ese que llega un punto en el que se vuelve nocivo con uno mismo, ¿entonces por qué iba ahora a hablar de naranjas incompletas? Yo no creo que se trate de remover entera la frutería del vivir para encontrar la llave mágica frente a la soledad. ¿Nacemos incompletos? Santa patraña de algún infeliz con demasiado aburrimiento o tiempo libre.

Recapitulemos y así de paso cogemos fuerzas. Insisto: yo soy amo y señor de mi castillo. En mi tierra soy el dios supremo y todo gira alrededor de mí, como si me apellidase Sol. ¿Mi reino por un caballo? ¡Mil reinos por solo uno de mis caballos! Y aun así lo vendería con la sensación de haberlo regalado.

Mi mundo es tan rico y fértil que darlo entero al otro porque sí es un error nefasto. Hablo por mí como puedo hablar por cualquier otro, ya que la plata sigue siéndolo aunque cambie de manos. ¡Traed de una maldita vez las puñeteras catapultas! Creo que esa va a ser la única forma de derribar la idea que aboga por cederse al otro en pro del mismo, renunciando a lo que nos es propio. ¡¡¡Boom!!! ¡Por fin aparece la brecha!

Ahora es el momento idóneo para atacar de nuevo con la idea que he sugerido antes: no se trata tanto de cederse al otro como de homologarle a uno mismo. En esto los desconfiados y solitarios sabrán muy bien de lo que hablo sin necesidad de explicarlo. Yo habito mi inmensa soledad y soy tanto el guardián como el carcelero. Hago y deshago a mi antojo como el principito en su asteroide. Como rey, un día te convertiré en mi reina abriéndote las puertas de mi castillo y mi país. Así, explorador y cosmonauta de nuevos mundos desconocidos.

Y entonces querré que te sientes junto a mí, a mi derecha o a mi izquierda, eso me da igual, pero si a mi lado para poder afrontar juntos codo con codo lo que venga. Así tendré un espejo claro y cristalino en el cual reflejarme yo mismo de una forma distinta y totalmente nueva, siendo otro a través de unos ojos nuevos.

Vivir a veces se hace pesado, difícil y hasta peligroso. Los desafíos que nos acechan en cada vida individual son inimaginables y algunas veces letales. La heroína que derribó a una generación, los imprevistos en forma de accidentes de tráfico, o simplemente estar en el lugar equivocado en un momento desafortunado, entre otros, pueden ser ejemplos de sucesos que trunquen una existencia tranquila. Y la vida nos derriba a todos poniéndonos de rodillas, forzándonos a resistir esos golpes si queremos seguir adelante[3]. Insisto, a todos nos derriba. Y es en esos momentos cuando puede aparecer una mano amiga o una voz que diga “no pasa nada, tranquilo, estoy contigo” volviéndose estas salvavidas de un valor incalculable.

Volviendo al tema de antes esclavos en mi reino no necesito, ya que en el soy omnipotente y abundan los barrancos en los que hacerme eco si me aburro. Si te concedo el honor de ser una igual como yo, de abrirte las puertas de mi mundo y de habitar conmigo una soledad en la que antes estaba aislado es precisamente para que demuestres esa libertad y uses los plenos derechos que te he dado: libre de hacer y deshacer, libre de irte y no volver. A fin de cuentas simple y llanamente libre.

El amor, que tiene mucho de cuidado, no debe ser ni la finalidad ni la razón, pero si la herramienta y el complemento. Cada uno de nosotros tenemos un universo inmenso y rico por descubrir y explorar, siendo un placer enorme viajar por el mundo de otra persona. Sumergiéndose y entrando a través de los ojos, de la mano de una conversación tranquila, se puede comenzar a descubrir cada uno de los matices que este nuevo país llamando Irrepetible y cuya capital Singular tiene. El amor entonces no debe ser tanto una forma de darse al otro como un método para volverse más fuerte junto al otro. Complemento en lugar de motivo.

Creo que nunca estará suficientemente justificado renunciar a aquello que nos hace únicos y particulares para contentar a otra persona por muy importante que esta sea. Cada uno de nosotros vivimos nuestra única vida conforme a cómo queremos o creemos ser. Los consejos y opiniones de los demás son entonces notas a pie de página de nuestra biografía. Es simple: me quiero libre. Y no solo a mí, también a ti, conmigo.

A fin de cuentas te quiero como eres. Te quiero plenipotente, fuerte, libre, única, e independiente.

[1] Frase procedente de El amor viene y va, de Nach.

[2] Dice Ovidio: En el amor no basta con atacar, hay que tomar la plaza.

[3] La alusión al discurso motivacional de Rocky en Rocky Balboa (2006) no es casual.

 

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