Brevísimo origen a una Sociedad Amarilla – Julio García

En diciembre de 2001 es presentado internacionalmente el Segway Personal Transporter, el famoso vehículo de dos ruedas de autobalanceo eléctrico que hoy en día podemos encontrar en multitud de actividades de ocio, visitas guiadas, policías locales y por desgracia, en un largo etcétera. La cosa es que, en 2010 por una cómica/trágica pirueta del destino [nunca mejor dicho] el multimillonario, Jimi Helsenden, propietario de la empresa británica de Segway muere cayendo por un barranco montando (oh, sí) en un ¡Segway! … trágico acontecimiento que me obliga a re-cuestionarme todo lo que creía saber. ¿Ha evolucionado realmente la humanidad para mejor o vivimos en un mundo cada vez más absurdo e incompresible? Pienso que sí. Incluso le he puesto un nombre: Sociedad Amarilla. ¿Por qué? Porque si tuviese que elegir un color que definiese el suceso anterior sin duda elegiría el amarillo. A simple vista, es un color alegre, activo, jaranero, pero que, bajo su apariencia vivaracha, etimológicamente significa, del latín, amarus: amargo, triste. Es una palabra que antiguamente se relacionaba con la muerte [debido a esas enfermedades que te dejaban el cuerpo amarillo como la tisis] o se relacionaba con la melancolía (antes considerada una enfermedad) que se caracteriza por tristeza de ánimo y brotes de locura. ¿No es una buena palabra para, en parte, definir la sociedad actual: una sociedad irrisoria, cómica y hortera?

Vayamos por un momento al inicio de esta:

“[…] y se hizo la luz.”

No fue en un solo instante, si no en un proceso evolutivo que seguramente durase miles de años, pero poco a poco los seres humanos fuimos obteniendo una conciencia cada vez más elaborada que nos diferenció con creces del resto de animales y que nos colocó arriba del pódium de la evolución. Aún hoy, es un completo misterio el salto evolutivo donde animales peludos colgados de los árboles, llegan a crear una sociedad propia, absurda y amarilla. Al respecto existen numerosas y aburridas teorías sobre el inicio de la conciencia, también conocido como principio antrópico. El psiquiatra y neurólogo Todd Feinberg y el biólogo Jon Mallat dan respuesta a la oscura teoría con arquitecturas neuronales y tipos concretos de imágenes mentales que atribuyen a la fauna de hace 520 millones de años. Baars, el autor de la teoría del espacio de trabajo global, vincula la aparición de la consciencia a la del cerebro de los mamíferos hace 200 millones de años y el arqueólogo Steven Mithen apunta a la explosión cultural que comenzó hace 60.000 años, cuando se aunaron habilidades independientes en un cerebro previamente dividido. Una de mis teorías favoritas, aunque altamente criticada por los círculos intelectuales, es la del antropólogo Terence Mckenna, que propone que a través del consumo de hongos psicotrópicos el homo sapiens desarrolla una conciencia superior. Propone incluso que el origen de los primeros asentamientos, debido a la agricultura, se debe a que eran zonas provistas de numerosas setas “mágicas”.  Puede que no sea la teoría más científica, pero tiene lógica y, además, mucha gracia. A mí personalmente me haría especial ilusión que esta teoría acabase siendo corroborada como auténtica y que uno de los mayores misterios de la humanidad sea que somos una especie de drogadictos.

Quizá, una de las teorías más acertadas del momento es la de que el éxito de nuestra especie se basa en la cultura. Entendiendo la cultura como la serie de comportamientos que comparten los miembros de una comunidad y que se basan en información transmitida socialmente. Por ejemplo: desde que se realizó la primera llamada telefónica -donde el inventor Alexander Graham Bell pronunció las primeras palabras vía teléfono: “Señor Watson, venga aquí, quiero verle”- hasta que se realizó la primera llamada de móvil -donde Martin Cooper, empleado de Motorola, pronunció las primeras palabras vía móvil: “Estoy llamando para comprobar si mi llamada suena bien”- los aparatos que usamos para tele-comunicarnos han ido evolucionando de manera radical. Los teléfonos al igual que todo, evolucionan por medio de una sucesión interminable de innovaciones que van añadiendo mejoras graduales a una base de conocimiento inicial; un copiar e innovar constantes. Según esta teoría, la conciencia habría ido evolucionando gracias al copiar e innovar constante.

Fuera como fuese, este inusual giro del destino nos dota de una inteligencia y una conciencia superior, por lo que el Homo Sapiens se hace poderoso y comienza su conquista del mundo. Pero, aunque esta ventaja evolutiva nos permitió sobrevivir, nos lleva a un gran problema que aún perdura en la actualidad: cuando nos damos cuenta de que existimos y de que únicamente somos un animal, no nos conformamos. Un animal cuenta, básicamente, con tres funciones vitales: comer, reproducirse y relacionarse. El ser humano por algún motivo no quiere creerse que es solo eso; un animal sin ningún pretexto, y mirando al cielo se pregunta: ¿Cómo vamos a ser nosotros simplemente eso: “nadas conscientes de sí”? Al no conformarnos, decidimos crear una historia que dota de sentido a nuestra existencia. No solo queremos ser un animal, queremos algo más, y es ahí cuando nos inventamos las primeras mentiras, los primeros mitos absurdos que dan forma a una gran ilusión; una ilusión fortuita para la supervivencia, pero devastadora para los tiempos modernos.

A través de estos primeros cuentos hemos ido creando una red ilusoria de creencias huecas que nos llevan a laberintos sin salida como los valores morales, las religiones o la felicidad ¿Qué es lo que nos motiva a levantarnos cada día? Lo que diferencia a la raza humana del resto de animales es una conciencia superior que ataca con dos principales fuerzas: la primera es hacernos conscientes de que vamos a morir, lo que provoca una incertidumbre. Nunca verás una vaca pastando en el campo preocupada porque en cualquier momento va a morir. Sin embargo, es probable que veas a un hombre pastando en el campo muy preocupado porque algún día va a morir. Tan preocupado que, incluso, ha perdido la cordura y se ha ido a pastar al campo. La segunda gran fuerza de la conciencia es que nos empeña en darle un sentido a la vida. El sentido que le damos a la vida, por lo menos en la actualidad, suelen ser retos. Retos que, debido a nuestro estúpido instinto, suelen estar mucho más allá de nuestras posibilidades, lo que nos provoca una vida de desdichas y agotadoras hazañas por llegar a ese esperado deseo que hemos llamado ingenuamente “sentido de la vida”. La incertidumbre es nuestro hábitat natural, pero es la esperanza de escapar de esta incertidumbre, a través de los retos que nos proponemos -o “sentidos de la vida”- lo que actúa como motor de nuestras mañanas. Es lo que hace que nos levantemos un día más a seguir con nuestros juegos. Lo que pone en marcha una Sociedad Amarilla.

 

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