Prostiputa – Madame Cañí

El presente texto fue encontrado por una de nuestras colaboradoras. Según nos cuenta, lo vio sobre un asiento del metro del cual una mujer, con botas altas, abanico y ropa ajustada, se había levantado deprisa unos minutos antes, sobrecogida al despertarse de un salto con el pitido de cierre de las puertas. Consiguió salir, pero se dejó el papel y un boli bic, color negro. La compañera decidió transcribir lo que allí ponía y digitalizarlo. Estas palabras no son suyas, aunque lo son un poco. La persona anónima que las escribió, pues el texto iba sin firmar, ha sido denominada por nosotras como “Madame Cañí”.


Reconozco, dicho sea de antemano, que creo en la justicia poética. Al final, los malos, tramposos e injustos reciben su merecido al tiempo que los amables y oficiosos ven los frutos de su esfuerzo. Me gusta creerlo, aunque luego tenga demasiadas muestras de lo contrario en mi vivir diario. Sucede en verdad que soy de los segundos, de los que por oficiosos siempre tienen cosas por hacer, y pienso que todos debemos ser juzgados con la misma moneda. Es legítimo pretender ser recíproco y dar a cada cual aquello que merece. Ecuanimidad en forma de justicia distributiva. Ya lo dice el refrán: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”.

Vivo un tiempo en el que la actualidad nunca defrauda, y hoy escribo dado que unas semanas atrás apareció la jugosa noticia acerca de la legalización en Barcelona del primer sindicato de putas.

Guau. Llevaba tiempo esperando escuchar una noticia así, la verdad, aunque no sé si de forma tan abrupta. Parece que hemos aprendido algo de Amsterdam y su barrio rojo: ellos tienen expositores de coños y nosotros putas, nuestras putas, las castizas, putas poligoneras que ahora además podrán (y quizás deberán) pagar impuestos a la Tesorería del Estado. Más allá de lo surrealista de una acción que se ahoga dentro de un mar de oscurantismo, esclavitud y puteros camuflados, pienso que es una medida que puede ser beneficiosa. Al menos en un primer momento.

Me explico: es de suyo un deber que todo trabajador cotice con su sueldo una serie de impuestos. No olvidemos que, al cálculo y dentro de una estadística proporcional pero imaginaria, el sueldo de un trabajador no es íntegramente suyo hasta mediados de junio debido a la cantidad de impuestos que paga a la Seguridad Social, una barca ya medio hundida si no lo está del todo. Que las putas paguen al Estado como pagamos el resto. Que paguen también a la parásita burocracia española y, a través de ella, a unos (agentes) políticos que cada día desprestigian más esa palabra (política). Agentes a los cuales parece, aprovecho para recordarlo, que sólo les interesa que todos paguemos. Si es un sector como el de la prostitución el que paga mejor que mejor.

Aunque seamos sinceros: a nadie le gusta pagar de más, menos si no sirve para algo. Se supone que una contribución a la Seguridad Social es el paso/pago previo para tener derecho a una jubilación en el futuro, unas garantías mínimas en caso de accidente laboral y otros derechos que (supuestamente) el trabajador tiene (1). Bastante tienen ya las pobres prostitutas trabajando en nocturnidad no remunerada, con unas condiciones higiénicas que, quiero pensar, brillan por su excelencia más que por su ausencia, ordeñando polla tras polla en una noche sin final en la que las verdaderas vacas estabuladas y encerradas son ellas.

Me surge una duda: ¿Realmente hablo de prostitución o hablo de otra cosa? (Se oye de fondo como acabo de abrir un melón enorme). Al igual que todo el que cocina es cocinero, pero no es lo mismo un pinche que un repostero, sucede que a lo mejor llamé prostitución cuando pensaba en escorts – léase señorita de compañía – pero aludía en realidad a las víctimas de trata. Esto, lo que acaba de pasar, tiene un nombre: hegemonía de clase, que sufrimos y que nos recuerda John Berger al releer a Negri. Por favor, no llamemos de forma aséptica “trata” a víctimas de secuestros y exclavitud sexual. No desinfectemos a mal, por favor.

Aquí no hablamos de salones rosas japoneses ni de señoritas de compañía – que pueden tener sexo o no, no olvidemos esto último- sino de la esclavitud humana que abastece a un sector con unos beneficios enormes de los cuales es difícil tener una cifra por lo opaco del gremio. Y es que resulta que los proxenetas no suelen aparecer en la esfera pública. Hasta que veamos a un chulo de verdad en Sálvame aún queda. Este sindicato recién nacido apunta a regular un sector enorme, pero no atenta realmente de forma efectiva contra aquellos que tienen la capacidad y las responsabilidades directas. No extraña que la consecuencia de esta decisión política panfletaria y meramente estética haya sido la renuncia del pobre fulano o fulana responsable directo de dar el visto bueno a la decisión. No pasa nada. Patada y al arcén, que seguro que hay veinte detrás esperando.

El colectivo de prensa audiovisual SinFiltros, por el contrario, si muestra de forma realista y coherente la problemática de la trata de blancas en Madrid. De forma velada alude a aquellos que no actúan pese a que tienen la capacidad, para así salvar a esos otros que residen en las sombras. No me canso de insistir en que lo que albergan los pisos francos de Pueblo Nuevo no son escorts ni prostitutas sino esclavas sexuales. Digo Pueblo Nuevo como puedo hablar también de las chinas de Arturo Soria, la calle Montera, el triángulo de la prostitución de Legazpi, la histórica Casa de Campo, etc. Víctimas que suerte si obtienen un beneficio mínimo por su trabajo. Animo al lector a que se dé una vuelta por la calle Elfo, pasee cerca del Parque Calero y que mientras tanto se fije a ver cuántos flyers sexuales encuentra. Papeles baratos en los que se anuncian putas que se venden a pelo puta literalmente.

¿Una mamada veinte euros? Asumo, no me queda otra, la mercantilización capitalista con su respectiva devaluación de las mercancías concretas, la cual está asentada junto con las crisis cíclicas y el abaratamiento extremo de los productos (fruto de la producción en masa y a gran escala). Pero veinte euros es muy poco. Al final lo barato sale caro. ¿Qué valor puede tener un producto que no vale nada? Tiende a cero. Y dudo mucho que las putas puedan sacar algo de dinero si tienen unos precios lamentables y además el chulo de turno se lleva algo extra. Incluso si ese chulo desapareciese de la ecuación y nuestras trabajadoras sexuales sólo pagaran por la habitación que usasen, seguirían dentro de una dinámica que devalúa los precios a la baja, quita valor al “servicio” que dan y las encierra en una lucha por los clientes de la cual van a salir perjudicadas.

Soy consciente del lugar desde el que hablo y de la dificultad del tema. Los conocimientos se pueden transmitir pero la sabiduría no, como nos recuerda Siddhartha (2). El tema ya acaba cansando y yo no voy a resolverlo, ya que tampoco lo pretendo. Además a veces por rapidez o por afán sintetizador se olvidan detalles, homologando cosas que no son tal: puta, escort y esclava sexual son tres cosas muy distintas, y debemos evitar perder esta distinción de vista. Más allá de esto queda aún preguntarse los motivos de la legalización de un sindicato de prostitutas, teniendo en cuenta qué se quiere plantear, qué se busca aclarar y qué se pretende resolver. Detrás del gesto estético se esconde la esquiva deliberada del asunto con medidas inoperantes e inexistentes, un núcleo político que se apoya en la vieja moralina para condenar “el oficio más antiguo del mundo” (y de paso cortar cabezas consolidando lealtades) sin atender a las verdaderas víctimas que realmente sufren esto. Piensen, duden y decidan ustedes mismos.

Por último, pero no menos importante, insisto se esconden unos miembros de la política española que nos demuestran cada día más su quehacer parásito que contamina incluso más gracias a su verborrea diaria y que nos encaminan de forma ineludible hacia la organización, sindicalización y colectivización vecinal-política (en ese orden). Tiene gracia lo que hay que aguantar: al final además de puta pongo la cama.

 


1 A veces se nos olvidamos de nuestros deberes y sólo exigimos nuestros derechos. Otras, se olvidan de nuestros derechos y sólo se acuerdan de nuestros deberes.

2 Libro Siddhartha de Herman Hesse

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