No entiendo – Zule (poesía)

No entiendo el destino, ni sus cruces. No entiendo el balanceo entre el sí y el no, y menos aún cuando el temblor lo junta todo (los dos polos opuestos) en el tiritante batiburrillo del si-no superpuesto, revuelto y revoltoso. No entiendo porque me gusta el whisky, si luego mi estómago es una bolsa de ácido sulfúrico. No sé porque vendrá el renegado, y rechazará todos sus deseos, solo por un sueño. No entiendo el pijama, ni el dormir desnudo, ni el dormir vestido, ni el no dormir por estar vestido, o desnudo o en pijama. No comprendo nada de todas esas enormes palabras, repetidas tantas veces por todos los timbres que las cuerdas vocales han sabido engendrar, y que tras tanto retumbar en mi tímpano -tras tanto pasar de la cóclea al cerebro, electrificando mi pecho cansado de bombear sangre y ansioso a la vez de hacerlo por millones de instantes; todas las palabras han perdido el significado en mi cuerpo. Los recuerdos son borrosos nubarrones de lágrimas solares: errores cargantes, sufrimiento reflejo, sonrisas patizambas que estallan en una tremenda carcajada gangosa aunque sincera, que al final resuelve el mundo en una esperanza que, sólo a ratos, se pierde.
 
Por ello, tras todos los pasajes de la gran enciclopedia rabitana, tras bajar al infierno de Jauthpala, y retornar a mi odiado hogar de Alcorne; asqueado en la basura de lo cotidiano y lo falto de brillo, solo busco instantes de poesía que sirvan por la eternidad de todas las desgracias humanas, de todos los verdugos, de todas las víctimas, de la ética y su engañosa ausencia, de la moral y de su hoguera, del hambre y de la sed de amor, comida y certezas, encriptadas en la magia de un firmamento que sólo alinea en ocasiones los astros hermosos, permitiendo solo entonces traer, con un conjuro, un momento de poesía. Es el duende, que viene borracho como el oso al rascarse en la palmera. Baila con él, y luego, tras el último aliento que el rock and roll insufla a tu alma, túmbate sobre las briznas húmedas por el sudor del rocío. Entonces solo queda la paz templada, y el olor de las tostadas con aceite de oliva.

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