Espías privados – Zule

Un grupo de mandamases están sentados en torno a una gran mesa ovalada. Está llena de papeles con sellos y membretes. El humo contornea desdibujadas coronas sobre sus cabezas. Es como si fuesen santos grises, sin martirio. Yo diría que algunos bebían whisky, pero es probable que solo lo dijese porque soy alcohólico. Adoro beberlo. Me parece una bebida seria aunque pícara. Duro, ardiente, su amargor me sabe a dulce.

Estas personas, con la nariz nevada, deciden jugar al juego de lo imposible. Van a crear un gran jefazo en base a una nariz de sabueso. Esta fue encontrada en una biblioteca. Ningún asistente  cree en jefazos distintos a su polla, pero che, jugar es divertido; sobre todo sí la cuenta la pagan otrxs. La nariz para el jefazo la encontraron en un cuadrado perfectamente recortado en celulosa. Agujereaba las páginas de “1984”, un libro firmado por George Orwell. Un mandamás erudito lo encontró en una importante biblioteca. Fue mientras buscaba un poco de porno para una paja mental. Su eyaculación tendría efectos irrevocables en un mundo que comía literalmente de la mano de su holding. Pero eso, ya mucho importa.

El descrito ambiente es una enagenada introducción hecha por Zule. Presento como cuento un soliloquio a dos voces que fue improvisado por un profesor que escribe a tres versos del final. El momento en que él lo escenificó fue magnífico. Fue como si un Gollum filósofo emergiese en medio de una clase sobre Marx. Puede que no viniese al caso, y que de ahí brotara la magia de su conjuro. ¿Pero qué es lo que viene al caso para alguien que canta en la ducha y transporta su baño a todos los rincones?

El soliloquio lo recuerdo de forma parecida a esta… aunque fue indudablemente mejor y distinto:

-La gente respeta mucho su privacidad. Odia que la espíen. Pero sabéis que nosotros necesitamos saber más de la gente. Para vender productos, por des-vender personas.

-Desde luego, cuanto más sepamos de la gente, mejor podremos controlarla.

-Bien, entonces solo tenemos que vigilarla constantemente.

-Sí, pero no hay vigilantes suficientes para todo el mundo.

-¿Y si todos fuesen vigilantes?

-Eso es imposible. Y al final, ¿quién vigila al vigilante?

-¿Y sí el vigilante se vigila a sí mismo?

-Pero hombre, nadie quiere vigilarse a sí mismo.

-¿Y si hacemos que quieran vigilarse? ¿Y si hacemos incluso que se agobien si no pueden vigilarse?

-¿Agobiarse? ¿Cómo es eso?

-Como quien tiene que entregar pesados papeles y tiene en su cabeza el run run de no hacerlo.

-Nadie querrá hacerlo

-¿Nadie querrá hacerlo?

-No podemos hacer que quieran

-¿No podemos?

En este texto no diré nada que jamás fuese dicho, y de hecho muchas cosas se las he oído a otras personas (por ejemplo, al profe). Sí que aclararé, antes de proseguir, que no creo en ese tipo de mesas donde se decide el destino del mundo. No creo, y sin embargo, creo. Creo que estas salas existen, y que quienes las habitan creen que controlan el mundo. Desde luego creo que esos quienes tienen más poder que yo. Se que pueden controlar muchas cosas. Pero también creo que ellxs se piensan tener más control del que tienen. Porque nadie puede (aún) controlar el devenir del tiempo, ni el acontecer del clima, ni saber qué es lo que hay exactamente en una mente otra.

Hubo una ficción que ya es vieja y algún día será moribunda: la que considera al ser humano capaz de cambiar conscientemente la historia. La posible capacidad de intervenir en el momento, ayudando o destruyendo, solo es extrapolable a la gran sociedad aplicando la prejuiciosa premisa de que nuestro poder y nuestra capacidad de acción son ilimitados. Y esto, igual que en la ilusión revolucionaria es hermoso, es al mismo tiempo uno de los principios del capitalismo neoliberal, que atenta contra los límites del planeta Tierra. Kafka ya sabia de esta falacia y de cómo la maquinaria invisible del poder nouménico mueve el mundo capitalista casi en automático. Todo el mundo actúa por algo, pero nadie sabe exactamente el que: solo saben que es lo que deben de hacer, y las preguntas, muchas veces, se quedan en el cráneo. Marx también sabía que no se podía hacer una revolución, sino que lo que venía era el inevitable colapso. Creo que sólo podemos evolucionar, no revolucionar, y que la única revolución posible no está en esa materia económica que se mueve casi sola. La revolución está en las mentes que tienen que interactuar con ella y que, quizás, puedan evolucionar a modos distintos de moverla. Cuando logren evolucionar a ese distinto mover la materia, el mundo habrá cambiado de etapa. La revolución no son balas, sino lapiceros. Las balas solo valen en la autodefensa.

En resumen, incido en que la capacidad del humano individual o social de intervenir premeditada y estructuralmente en la historia creo que parte de esos mismos prejuicios que nos han llevado a olvidar que dependemos de los límites del planeta y del cuerpo. Creemos que todo es intervenible a nuestro antojo, pero creo que el momento histórico en que vivimos falsea nuestros presupuestos. Secularizar la omnipotencia de Dios adentro del cuerpo humano no es sino mantener la falacia primigenia de que hay algo consciente que lo pueda todo. La inercia del devenir parece lo único omnipotente. Deberías creer que ni ella lo es del todo, si es que crees en la libertad. En este complicado mundo de máscaras superpuestas, no creo que ni siquiera quienes más pueden lo puedan todo. Mucho menos que tengan control sobre todo. Pero ojo, nosotrxs tampoco lo tenemos, y por ser más no tenemos más poder, de hecho, de ahí nuestra queja.

Pues ea, al grano. Tras su reunión, esta gente llamó a un grupo de científicos militares y sacó un smarthphone de la chistera. Primero solo con botones y micro. Luego, viendo que la cosa funcionaba, con cámara y otras muchas cosas más. Poco a poco hicieron un cacharro que acabó siendo necesario para trabajar: imprescindible. Solo los grandes jefazos gozan, como dijo el profe, del privilegio de no estar cuando suena el teléfono. Solo ellos pueden estar siempre reunidos: aunque sea en el club de golf. Quien es curritx tiene que responder al móvil mientras muere su madre, y en el cumple de su hijx, y mientras duerme las 6 horas de respiro diario.

Por necesidad, miedo o hábito, los años han hecho que todxs llevemos móvil. Se nos cae incluso al water, sí es que nos reímos demasiado por un meme mientras cagamos. Ya no hay puntos muertos como en “1984”. El micrófono y la cámara nos acompañan a todos los rincones. Nos da ansiedad que dejen de hacerlo. Nos hacen sentir seguros, acompañadxs, menos solos. Pero en cualquier momento, gobiernos o hackers (privados) pueden acceder a nuestra intimidad. Alguien está escuchando esa conversación íntima en la que primero pones a parir a alguien y luego desnudas tus motivos y emociones. Alguien se marea con tu andar callejero, ya sea por el aburrimiento ciego del bolsillo del pantalón o por ese convulsivo andar por la acera con el moco colgando, mientras lo único que se mueve es el decorado, nunca el rostro. Esa masturbación en frente de la pantalla… eso ya te lo contó Black Mirror.

No soy un paranoico aunque tenga paranoias. No creo que me vigilen, aunque se que me han vigilado. Los motivos me los guardo, que quien lee esto antes incluso que tú, mientras escribo -sí es que sigue leyendo alguien- sabe mejor que yo de que trata el asunto. Me sorprende por tanto que la gente se sorprenda de que los espías espíen, y de que a veces le toque a Trump, o quizás a la Merkel. En un mundo en el que cualquiera es espiable, no me parece raro espiar a quien se pone en el ojo de mira. El resto no importan: son datos desdibujados en algún disco duro. Hay descripciones infinitas e indefinidas en una ficha invisible rotulada con un número de teléfono, con una cuenta de correo, con un DNI; referencias abstractas para sujetxs concretos. La información solo es invisible porque nadie ha tenido motivos para buscarla en el archivo. Pero sea quien sea que se vuelva relevante: toda la privacidad desaparecerá, desangrada en el robo que unx hacker hizo en una puerta trasera.

Porque el móvil es la melaza de la rutina contemporánea, donde la privacidad es un mal menor e indeseable. Porque quien no exhibe algo, algo ocultará. Y es que la sospecha constante, que ya nos es intuitiva, no deja de sospechar nunca. Y la privacidad, por secreta, es sospechosa.

La privacidad es un sueño en el mundo de Google. Hemos regalado buena parte de la información del mundo a una puñetera empresa privada, a la cual admiro a la vez que odio. Me ha hecho como soy, pero odio lo que soy.

Todxs lo hicimos directamente. Todxs lo hicimos sin saberlo. Hubo cosas impuestas. No controlamos la publi ni el algoritmo. Pero voluntariamente volcamos nuestra información en las redes sociales, y aunque intuyamos que lo gratis algún gato encierra, lo hicimos de todos modos. No hay que hackear nada para conocer a una persona. Pon el nombre en Google y ve tirando del hilo. Todo el mundo se desnuda, y ojo, siempre se desnudó ante otrxs, aunque ahora lo niegue, como yo intento negarlo en ocasiones.

De la privacidad esto es lo que más me preocupa. El Yo mental siempre ha sido privado e inaccesible. En el yo se da eso que la filosofía de la mente llama asimetría. El yo nunca es accesible a otros más que como objeto declarado o como informe. Y si bien no creo que esta separación pueda llegar a romperse -casi diría que se que ello es imposible- en nuestro presente el último resquicio del Yo, la fortaleza privada de la primera persona, abre sus puertas y saca sus delicias. El Yo habla como un tercero que desnuda y denigra al Yo. Aunque sea intentando ensalzarlo, le arrebata su esencial estatus privado, volviéndolo público. El yo se cosifica y se vuelve objeto. Objeto-información, objeto de debate. El pensamiento se escurre por la lengua, por los dedos. Das a enter. Se hace público. La privacidad inaccesible es puesta en evidencia por el propio cuerpo que la sujeta. La difunde, se difunde, con pretensiones varias que acaban en lo mismo. El yo se reduce a imagen. Pero reduce a imagen lo más íntimo y de dentro. De tal manera, se pierde de forma voluntaria la privacidad del Yo, por bocazas. El Yo se ve obligado a exhibirse, a defenderse, a desvelarse. Ya no es un misterio.

De tal manera, parece que lo que no se hace público no existe. Cuando alguien considera que algo existe, debe hacerlo público. Eso lleva a que publiquemos lo mejor de nosotrxs, pero también lo peor: lo que nos atormenta, lo que nos avergüenza. Hacemos públicas nuestras peores experiencias y nuestros peores crímenes. El video snaff, la grabación de violaciones y asesinatos, el relato de las víctimas y de los verdugos. El fenómeno de los comunicados de género que se dió en Madrid (y en otras partes) en los últimos años me parece un ejemplo de ello. La realidad política de los problemas se sobrepone a la intrínseca dimensión íntima de los mismos, porque parece que no podemos gestionar las cosas en privado, no solo por la posible respuesta violenta o negativa de los agresores, sino porque parece que sí algo no es público, no existe. Y aunque el comunicado tiene sentido en tanto que señal de advertencia para otra mujeres ¿Es siempre necesario? ¿Es siempre positivo para las terapias? Quizás hemos confundido el compartir las cosas y no guardarlas en secreto -el señalar y recriminar, el no esconder y el no callar- con la necesidad de hacer todo público en una escala que supera la de la capacidad de acción de las personas afectadas, volviendo problemas personales con raíz política en problemas políticos con raíz personal. No lo hacemos público en nuestros círculos y nuestros espacios, lo hacemos en las redes, lo hacemos en el mundo todo. Y ojo, lo hacen las agredidas, pero también los agresores. Creo que este modo de funcionar señala hasta que punto hemos renunciado a nuestra privacidad, neutralizando su importancia y obviando su necesidad. Los jefazos de la mesa consiguieron al menos parte de lo que querían: nos vigilamos nosotrxs mismxs, y nos chivamos de nuestros propios pecados mediante el uso de las TIC y de Internet.

Pero hay algo que me preocupa más todavía y que lanzo como cierre de este pensar en la privacidad. ¿Qué pasará  cuando en breve lleguen los implantes craneales, que conecten nuestras mentes a Internet? ¿Seremos hackeables?  Aunque otrxs siempre accedan a nuestra mente como a un objeto ajeno, no como al Yo privado… ¿podrán robarnos incluso esos pocos pensamientos que aún no volcamos en el mundo público de las redes sociales? ¿podrán saber lo que pensamos sin torturas, sin recurrir a terceros ni a las propias redes? ¿podrán dar el siguiente paso, una vez que ya hemos asumido la necesidad de hacer públicos nuestros delitos -antes incluso de que se nos exija- pudiendo así acceder directamente a nuestra mente, sin ninguna mediación de la propia voluntad? ¿Será finalmente constituible el delito de pensamiento? Juzguen, públicamente, ustedes mismxs.

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