Un mito de generación: adolescencia, juventud y rock&roll – Zule

The times they are a-changing. La canción de Dylan no se ha movido un ápice de sí misma en más de 50 años. Parece que sigue vigente, aunque ya no suene en las radios y apenas en Youtube. Como canta la voz ronca de Zimmerman, los tiempos cambian y las generaciones se transforman: los himnos mueren y de su humus nacen nuevos cantares. Parece, sin embargo, que toda rebeldía juvenil ha querido siempre quemar ese vetusto presente que siempre siente impuesto. Eso es lo que no cambia: la canción de Dylan mantiene aquí su sentido radical. El modo de hacer y de estar es lo que cambia, y tras analizar la dinámica, el objetivo de este texto será entender qué es lo que cambia -o está cambiando- en mi generación: ¿Qué cosas nos diferencian y pueden ser señas de identidad grupal?. Pero eso será otra historia.

El nacimiento de la adolescencia

Ejemplo de juventud -por desgracia para mí, más sesentero que actual-, el rock and roll quiere derruir los cimientos de la sociedad occidental, pero no tanto por destruirla como para liberarla de sí misma desde sí misma. Encuentro aquí una analogía entre rock y vanguardia, y entre ambas -juntas y separadas- con la adolescencia y la juventud (entendidas como dos partes de un mismo fenómeno, que está íntimamente ligado con el de la generación). No es odio, o al menos no es sólo odio lo que se esconde tras el flequillo adolescente, ni tras las gafas aviator, ni tras el hechizo del Hada Verde parisina. El latir juvenil -y rockero, y vanguardista- bombea esa pubertal destrucción por amor: amor a una tradición con la que nos sentimos enraizadxs pero que tan intensamente nos incomoda.

Lo que vengo contando y voy a narrar es otro de mis cuentos. Cuidado que se aproxima un mito fundacional, y puede arrasar con nuestra cordura. Empezaré diciendo que con Rock and Roll hablo de eso, de Rock and Roll, una actitud ligada a la música que se extrapola a la vida, y que no sabría muy bien definir, pero que creo que es visible en las miradas y acciones de ciertas personas. Quizás sea un término demasiado intuitivo, pero el presente texto se asume como una intuición sobre la que quizás otros momentos u otras personas puedan trabajar para desentrañar algo que creo que existe, pero no tengo tiempo de escenificar con ejemplos concretos, algo que tan solo bosquejo con intuiciones generales. Para mí, esta actitud juvenil -quizás rockera- es una evolución mejorada (por popular) de esas vanguardias parisinas que quedaron en las élites. La rebeldía de la que vengo hablando (una más ligada con una actitud vital que con el poder en un sentido clásico) nació dentro de las clases pudientes. Allá por el XIX, con el nuevo dinamismo social parido por las revoluciones burguesas, algunos jóvenes comienzan a poder revelarse contra la obligación. Ya no tienen que actuar de determinada forma por necesidad divina o genética (por defender el honor del título). Ahora actúan para conseguir. Pero ellos no tienen que preocuparse de conseguir pan, ni techo, ni minucias de esas que ya les vienen cubiertas. Por eso, porque no tienen que pasar por el aro, poniéndose pubertalmente la corbata -y la agenda- de papá, pueden nacer los adolescentes. Apunto así a que su aparición se produce en la generación romántica.

Pese a todo, creo que desde siempre hubo personas pobres que tampoco tuvieron que pasar por el aro, al menos no en el sentido actitudinal al que me refiero. Hablo de gente paria, simulacros de hombre que aun viviendo en la escasez no tenían que ajustarse a un canon vital (a un modo de afrontar la vida) para buscarse el pan y la subsistencia. Y es que ya sabían de antemano que no entraban en el canon, que no eran iguales, que eran diferentes (¿no suena esto adolescente?). Por eso tenían que buscarse la vida como podían y les dejaban, con oficios duros y poco valorados, pero socialmente propios de gente como ellxs (y eh aquí la parte más madura, en sentido burgués, del paria, un esfuerzo de subsistencia que los adolescentes burgueses se aplicaban menos, pues recuerda en exceso a la encorsetada agenda de papá). Los adolescentes pudientes -los primeros adolescentes- se aproximan así al negro en América y al gitano en Europa. La vanguardia, y antes el romanticismo, escapan hacia el paria, al que sienten más libre y bello, porque de él no se espera nada, y por tanto es libre de comportarse tal y como quiera, o mejor dicho, como pueda (eso sí, dónde le dejan). Omito aquí profundizar en las divagaciones sobre la cárcel de la falta de esperanza: la brutal condición marginal de ese paria que camina entre baches, sobrellevando su identidad no hegemónica entre ratas y escupitajos, aún con el orgullo irrenunciable de la identidad propia.

dandis

Purgar de paria, disfrute adolescente

Poco a poco, esta gente burguesa parece descubrir algo en el paria. No puedo pensar sino que encuentran música y mejores fiestas (sospecho que las burguesas eran un bodrio), fiestas cuyo último sentido liberador no creo que estos adolescentes entiendan del todo. Los niñatos se acercaban a fiestas cuasi rituales que, como impondremos más adelante, liberan al paria de su condición (y por eso eran mejores, porque eran más intensas, aunque fuesen en tugurios). Eso es lo que interesa a estos adolescentes (y lo digo juzgando y prejuzgando). No creo que mirasen el sacrificio, el esfuerzo, la madurez: aquello de papá que hay en el paria. Conviven con él de forma romántica, superficial, absorbiendo lo exótico y lo divertido, pero nada del resto. Así, en el caso yanki, los adolescentes descubren el blues y el soul de los adultos esclavos, y al escuchar su desgarrador llanto, se confunden y piensan que es el suyo. Quizás lo sea, quizás algún día lo llegue a ser, aunque dudo que el joven entienda realmente el lamento del blues si no carga con demasiadas cicatrices.

No sé si fue el aumento de riqueza. Quizás fue como sus migajas cayeron a poquitos hacia el suelo de las clases populares, lo que hizo que esta actitud adolescente se expandiese a todos los estamentos de las sociedades occidentales. No sé, por tanto, si es un aburguesamiento general de las mismas lo que causa esta situación, pero la expansión de la adolescencia queda hoy día patente en el fenómeno incuestionable de que esta es una etapa vital muy definida por una serie de síntomas, una fase vital que se da en buena parte del mundo y que se intensifica bajo una serie de circunstancias concretas; pero que no todas las sociedades ni épocas viven ni vivieron (mi abuelo tuvo infancia, pero no una adolescencia, al menos no una como la que entendemos hoy día). Creo que, sea como sea, la actitud adolescente tiene un fluir encomiable, a la vez que duro, de quebrar con todo lo previo, de construir mundos imposibles, de soñar, desde la inseguridad absoluta, con elevarse en un proyecto vital digno de leyenda. Y creo, o quizás se, que todo eso se acaba con una hostia de realidad, que dan el mundo, el amor, la ley, los errores… Cada quien tiene su pago, ¿no creés?

blues lousiana

Paso de juventud: rebeldes con proyectos

Se me ocurre que para los burguesitos románticos esta hostia o bien se la dio en la calle un paria hasta los huevos o bien la sintieron cuándo los papis se cansaron de pagarles las borracheras. Vino entonces la forzada e inconformista madurez, que aún no se quiere poner corbata, pero que ya tiene que ponerse una agenda. Sin embargo, dentro del cuaderno de tareas y obligaciones, en esos pequeñitos huecos blancos de relax que quedan perdidos entre millares de fechas y obligaciones oscuras, el joven sigue escribiendo con tinta roja sus proyectos de leyenda adolescente: esos mundos que nunca se olvidan, y que por siempre se anhelan. Así, sí se sabe hacer agenda, la actitud adolescente puede mantenerse por un tiempo. Pero al madurar en obligaciones (y un poco en cuerpo) el adolescente se vuelve joven. Entra en la juventud, tal como hoy día la entendemos, es decir, como una juventud vivida como tal, disfrutada. Entonces es cuando aparece el verdadero rock and roll, con la consciencia real de que este mundo es sucio e indeseable, pero único y necesario. Y por eso ante una vida de mierda (insatisfactoria) solo se puede echar una carcajada, convivir con las ratas, y gozar el máximo posible, sin aguantar demasiadas tonterías. La revolución, poco a poco, pasa a un segundo plano, la rebeldía se mantiene, y quizás, cuando se den las circunstancias, vuelve el ansia de la barricada. Quizás, solo quizás.

La popularización de la adolescencia -su salir del estrecho redil de la burguesía vanguardista- podríamos ubicarla, por ejemplo, allá por los años 50, después de la Gran Gran Guerra. Lxs niñxs del conflicto fueron en algunos sitios -aunque no en nuestra anómala España- malcriados en una abundancia material que pretendía sanar el incurable trauma de la guerra. Unos años antes, los últimos descendientes de esa línea romántica y vanguardista se habían juntado con músicas todavía vistas como parias, estilos musicales como el blues, el jazz y el rock and roll. La actitud de esas músicas atrajo a chavales blancos -muchos de clase baja- que terminaron popularizando la música negra. Y joder, doy gracias a todos, aunque más a los negros. Estamos ahora ante el auténtico nacimiento del rock, ante el brotar de una actitud joven, ya no adolescente, que nos hincó el corazón a muchxs. Este es el tiempo que traerá a Dylan, y a Pink Floyd, a Jim, Jimmy y Janis.

El rock and roll no solo se rebela: anima a quien lo escucha a rebelarse. Claro que es naif y simplista pensar que una canción puede cambiar el mundo, pero sí tomamos la canción como síntoma-estornudo, la cosa cambia. La canción es algo así como un rugido terapéutico reclamando algo. La canción señala lo que ocurre, no lo origina. El rock and roll no son solo canciones, el rock and roll es una puta actitud, una actitud eminentemente urbana, o cuanto menos, ligada a la industria y a su aplicación agraria. Ante la alienación de la rutina, ante la insignificancia de ser un humano-número que hace pequeñas cosas que dan dinero, el currito (póngase aquí el nombre fetichista que guste) exorciza su angustia en la barra del bar o en el barracón, dando palmas mientras una voz se lamenta y los acordes suenan brotando de un instrumento barato (quizás en el flamenco también haya algo de rock). Sale así del cuerpo del trabajador ese demonio que invitaba al currito al suicidio como único escape a su esclavitud salarial. El currito, el paria, se hace algo así como suprahumano. En ese momento en que la boca le sabe a sangre, y las almas que escuchan están sedientas de llanto; en ese momento fáunico y coral, el currito se ha liberado de su condición humana. Ha pasado a ser un dios inmortal, por un momento. Es un afán de eternidad tan efímero como las religiones, pero innegable por un instante. Un suspiro, un aplauso, un abrazo, la lengua afuera como un perro. El purgatorio del rock and roll nos ha sacado de la locura. No es raro así ligar adolescencia y rock and roll: la fragilidad de la inmortalidad que construye destruyendo.

Cambio generacional: del mundo centrado al mundo cambiante

Desde que ese modo rockero de sobrevivir empieza a aparecer en las sociedades occidentales, los jóvenes, poco a poco, comienzan a separarse de los viejos. Y ojo, señalo estos dos fenómenos como paralelos, no como productos causales uno de otro. Porque creo que hay algo de fondo en todo este proceso que estamos narrando.

Históricamente el cambio de los tiempos había sido progresivo. Las sociedades y sus condiciones evolucionaban lentamente, de manera que muchas veces un sujeto moría en un mundo esencialmente igual que en el que nació. De tal manera, siempre había algo previo y omnipotente, que estaba antes y después que el individuo; algo superior a él en duración y en importancia. Eso es a lo que se llamaba Dios, o sociedad, o mundo, o cosas por el estilo, pero esencialmente siempre era lo mismo: un elemento necesario que servía como centro para la construcción de la identidad propia y para la ordenación de la realidad misma. La abstracción de este prima entis es la metafísica, y permite que los sujetos se sientan seguros, a la vez que limita su capacidad de modificar radicalmente sus comportamientos de padres a hijos. Un abuelo y sus nietos podrían ser englobables fácilmente en una misma generación, si atendemos a que entre unos y otros no hay diferencias substanciales, ni en las circunstancias ni en el modo de vivirlas.

Esta situación se quiebra con la aparición de la revolución industrial. Nacen con ella las revoluciones: cambios bruscos y acelerados de las condiciones materiales de existencia. Las condiciones de vida cambian substancialmente, ya no de padres a hijos, sino dentro de la misma vida del sujeto. Ligando esto con la subjetividad, los valores mutan y empiezan a disolverse, porque ¿cómo va a quedar algo fijo y estable si ni siquiera la propia vida de carne y hueso lo es?. Poco a poco, ese mundo que se percibía igual de inicio a fin deja de tener sentido. Su valor no es mayor que el del sujeto: es igual de contingente. Esto es aquello de la muerte de Dios, el descentramiento ontológico. Porque Dios ya no es necesario, no más que el propio sujeto. ¿Cómo me va a imponer así verdades y obligaciones una tradición que, encima, es incapaz de percibir que el mundo cambia, que ya nada es igual?

Es a partir de aquí cuando empieza a cobrar sentido el sentido actual del concepto de generación (el de un conjunto de personas que comparten una condición y unas circunstancias debidas a un contexto de nacimiento semejante). La aparición de la adolescencia parece deberse a la aplicación de diversos modos de vivir el mundo, en contraposición al anterior modelo único centrado. Es un modo de expresión antropológica del descentramiento de los valores y los modelos, la asimilación existencial de aquello de la muerte de Dios. Y como la vida nos acaba llevando a decidir y a renunciar (por fetichismo estético o por necesidad material) la juventud sería un momento en el que ciertas cosas empiezan a estar mayormente definidas (lo primero el cuerpo, aunque también los oficios). Pero dentro del margen que esta definición deja, el individuo sigue jugando con la vida y con los modos de vivirla. Porque ya no hay un único modo de vivir. Hay, como dice Rosendo, maneras de vivir; y unas chocan con otras.

Cambio generacional: vivir o no vivir, esa es la actitud

Como venía falazmente imponiendo, en cierto momento del siglo XX creo que aparece la juventud como un periodo de madurez biológica -y, relativamente, mental- que adquiere un sentido propio, separado de la adolescencia y de la madurez adulta. Así, esta etapa, ya adulta, precede al asentamiento en un proyecto de vida con el que echar raíces, asentamiento que muchas veces se posterga indefinidamente. Es un tiempo en el que lxs jóvenes adultxs viven experimentando distintas maneras de vivir, buscando entre todas ellas una que equilibre su propio sueño adolescente con la centrada obligación de auto-subsistencia que otorga el mundo adulto. Para las personas de la generación anterior, especialmente para las que han vivido siempre centradas en un mismo proyecto vital, esta es una forma de vida infantil, inmadura, e inconsciente. Sin embargo, lxs jóvenes se sienten legitimadxs para no ser tratadxs como críxs, para defender su proyecto y afrontarlo. Ya no son adolescentes: trabajan y/o estudian, y mientras tanto hacen sus cosas rojas (de rebeldía, pero sobre todo de pasión) en los blancos que deja la agenda de las bligaciones. Y por eso cantan the times there are a-changing.

Probablemente la adolescencia sea el momento en el que este sentimiento, está actitud, convive con cierta inmadurez. La juventud sería entonces una adolescencia actitudinal en un cuerpo desarrollado y una mente relativamente madurada por unas nuevas circunstancias que requieren de mayor compromiso y seriedad. La juventud es una adolescencia con obligaciones y con proyectos. Quién no tiene esas tres cosas consume, a mí parecer, su juventud en un límbico estado vegetativo e insustancial, amargado en el recto sendero del deber sin esperanza o del goce sin sustancia y sin sustento.

La popularización de estas actitudes creo que coincide más o menos con el inicio del estudio de las generaciones por parte de la sociología. Las primeras generaciones con nombre aparecen en paralelo a la absorción popular del rock and roll, y desde entonces el tema y la actitud han evolucionado de muchas formas. Apunto a que el actual concepto de generación tiene que ver, más que con las meras circunstancias, con una actitud generalizada por parte de los individuos hacia ellas, y que el rock and roll, o su versión comercial popera (acomodada y, en mi opinión, carente de la rebelde actitud juvenil y de la magia adolescente) son un hilo de continuidad entre las generaciones que viven esa juventud y esa adolescencia como etapas en sí mismas y no de mero paso.

Puede entonces que los cambios entre las generaciones se deban al modo en que ellas mismas tienden a decidir afrontar sus propias circunstancias. Por supuesto que esta actitud se motiva y condiciona en dichas circunstancias (materiales, culturales, históricas) pero la identidad generacional se crea en base a la actitud que de ellas emerge. Al vivir incómodamente en el mundo que hereda, cada generación establece unos modelos deseables de vida, contrapuestos al siempre insuficiente y decepcionante presente, legado por esa asquerosa autoridad de pater/mater que, si bien nos ha nutrido, ahora nos asfixia, ello cuando no nos vino asfixiando de siempre.

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De tal manera, y sí bien probablemente desde la popularización masiva del rock and roll -cuando entre los cincuenta y los sesenta es asimilado por la cultura blanca y acomodada- la comprensión intergeneracional entre adultos maduros que fueron jóvenes y jóvenes que algún día madurarán -y ojo esta segunda consciencia me parece tan importante como la primera para el éxito realista de los proyectos generacionales-, se vuelve más fácil que entre quienes no pudieron plantearse proyectos de vida: quienes vivieron su juventud entienden con más o menos vinagre que otrxs la vivan, lo entienden mucho mejor que quienes no se detuvieron a pensar que querían y se lanzaron de golpe a vivir el proyecto heredado (generalmente por necesidad). De ahí que una seña de la juventud, muchas veces, sean versiones más o menos capitalistas del socialismo, muchas de las cuales acaban siendo subsumidas por el propio sistema, convirtiéndose en paters/maters que abanderan el capital (ejemplos paradigmáticos Ramoncín o Erik el Rojo). Así, cada generación choca con otras por esos proyectos (reconozco que muchas veces esto va de personas más que de generaciones, pero che, estamos a lo que estamos). Y ojo, no se olvide la gran plomiza material de las circunstancias: donde no hay estómago lleno, el rock&roll existe como actitud, pero no siempre puede llegar a mostrarse como juventud con proyectos propios.

En un segundo texto sobre este tema, en el que por fin culminará mi idea inicial de retratar a mi generación, señalaré cual considero que debería ser ese proyecto adecuado a nuestro carácter y circunstancias colectivas, aquel que nos defina como una generación (no la de la guerra, ni la hippie, ni la de los 80, sino la nacida en los 90). Pero hoy no es ese día. Hoy me limitaré a señalar fetichistamente (como siempre) cual creo que es el método. El rock and roll es el mejor modo de mantenerse joven, aunque también el mejor modo de hacer generación. Sí nuestra generación quiere hacer algo histórico y con carácter, solo puede o bien hacer un genocidio con algún tipo de excusa purgativa o revolucionaria o bien tocar rock and roll, y grabar rock and roll, y escribir rock and roll: vivir rock and roll. Rock and roll hasta la muerte, rock and roll con proyectos, rock and roll con motivos. Rock o muerte, dijo un che pibe en este texto. ¡Rock o muerte!

eskorbuto

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