La generación de los 90: características y perspectivas – El niño detrás de las barbas

Desde el momento en el que fundamos nuestra anterior revista, Contrapunto, siempre estuvo muy presente el concepto de generación. De hecho, la idea original de la revista fue precisamente dar voz a sus miembros tratando de aportar nuestro pequeño grano de arena a la hora de comprender el convulso mundo en el que nos ha tocado vivir. Y es que más allá de nuestras posibles orientaciones, todos los redactores de la revista tenemos precisamente eso en común, pertenecemos a la generación de los años 90 y consecuentemente compartimos una serie de vivencias comunes que inevitablemente nos marcan a la hora de interpretar nuestro contexto y acercarnos a los problemas que nos rodean. Mediante este texto pretendo llevar a cabo un pequeño esbozo sobre algunos rasgos que considero característicos a aquellos nacidos a finales del siglo XX. Y es que cada generación posee, dentro de la variedad, sus características propias: una serie de señas identitarias que son fruto de los tiempos vividos, del bagaje cultural del periodo, de nuestras vivencias de infancia, etc. En definitiva, una serie de puntos comunes que tan solo aquellos nacidos en determinados periodos pueden compartir.

Entre todas ellas la generación de los 90 hemos ocupado un lugar especial como bisagra entre dos mundos, uno con Internet y otro sin él. Y reseño esto porque soy de los que considera que Internet ha podido marcar un nuevo tiempo histórico, que ha generado un cambio trascendental en las relaciones humanas cuyos efectos aún somos muy incapaces de ponderar. Nosotros no nacimos con una Tablet bajo el brazo, somos los últimos que de niños nos sabíamos de memoria los teléfonos de casa de nuestros mejores amigos; entonces para quedar se iba corriendo la voz de uno en uno en vez de recurrir al cómodo recurso del WhatsApp (¡Dios! Si yo tuve WhatsApp por primera vez al empezar la carrera). Pero tampoco hemos crecido ajenos a la tecnología, muchos tendremos en mente el recuerdo de nuestros padres instalando los primeros ordenadores, utilizando los primeros juegos “educativos”. No somos pocos los que crecimos ya echando partidas al FIFA o, como en mi caso, al Age Of Empires. Llegados a este punto también vivimos inmersos en las redes, pero aún recordamos un tiempo en el que los móviles no existían y los ordenadores no eran portátiles. Somos la generación que de niños jugó con Playmobils y Action Mans en vez de al Clash Royale. En nuestra infancia fuimos, sin ser conscientes de ello, testigos de un gran cambio, y como niños y adolescentes nos adaptamos a él con normalidad y experimentamos de primera mano sus ventajas y riesgos. Creo que de esta forma somos capaces de comprender ambos mundos, el de nuestros padres y el de las generaciones que vienen detrás nuestro.

También somos la generación de la posverdad, de la incertidumbre y del pesimismo. Al igual que la generación del 98 vivó los últimos conatos de lo que en su momento fue una de las grandes potencias mundiales, nosotros hemos visto cómo la crisis de 2008 marcaba el final de la edad de oro del estado del bienestar. Criados de niños en tiempos de bonanza fuimos conscientes de golpe y porrazo de que nuestras perspectivas de futuro serían complicadas. Tener una carrera ya no nos garantizaría un trabajo. El paro era elevado y observaremos como la generación inmediatamente anterior a la nuestra se veía obligada a emigrar o bien a aceptar puestos precarios con tal de quedarse en su tierra, siendo muy conscientes que a nosotros nos tocaría vivir algo similar. Vimos como los salarios descendían en picado hasta el punto de que cuando nos ofrecen un sueldo de 1200 euros por una jornada completa casi pensamos que nos ha tocado la lotería, cuando hace apenas diez años nos reiríamos en la cara de nuestro empleador. La pérdida de optimismo no se limita tan solo a nuestras perspectivas económicas, sino que nuestra propia visión de la sociedad y del mundo se volvió mucho más crítica. Con la crisis, la mala gestión de las instituciones pronto salió a la luz y la palabra corrupción pasó a ocupar los titulares de todos los periódicos. La juventud perdió de golpe toda fe en el sistema político y económico.

Nuestros padres por el contrario fueron aquellos que de niños o jóvenes vivieron la transición y conocieron los últimos letargos del régimen, sufrieron en sus propias carnes la falta de libertades y las desventajas de un sistema educativo sacralizado, fueron muy conscientes del cambio y el avance que supuso la transición y por ello buena parte de ellos aún cree en el sistema. Nosotros sin embargo, que no vivimos tal época, somos por suerte mucho más críticos. Pero esa misma capacidad crítica es la que nos hace hundirnos en el lodo. No tenemos nada a lo que agarrarnos, no existe ninguna creencia ni discurso predominante que ilumine el camino y nos haga recuperar la esperanza, así que nos limitamos a vivir lo mejor que podemos sin creer que un mundo mejor es posible. Los estados socialistas fracasaron y, salvo unos pocos románticos, ya nadie cree en esa vía como camino de mejora para la humanidad. Por el contrario el discurso económico-ideológico del liberalismo tampoco acaba de convencer a las mayorías. Existe el vacío de un movimiento que sea capaz de recoger los miedos y desesperanzas de nuestra generación y plasmarlos en una ruta específica. Podemos lo entendió hasta cierto punto y ha tratado de ocupar ese espacio, pero ha fracasado rotundamente ya que en realidad le faltaba lo que esta generación pide a gritos: una auténtica alternativa, algo nuevo que no nazca de la reutilización de viejas consignas e idearios. La falta de alternativas ha degenerado en una auténtica apatía por la vida política, lo que a su vez ha derivado en una incapacidad muy real de movilizarnos por cuestiones sociales. Feminismo y nacionalismo son los dos grandes ejes aún capaces de mover de forma masiva a la población, pero ambos abordan cuestiones o aspectos parciales y carecen de un proyecto totalizador.

Hasta que algo así surja nuestra generación seguirá remando en direcciones distintas y opuestas. La máxima del liberalismo, “que cada palo sujete su vela”, ha calado a nivel sociológico y ello dificulta el desarrollo de proyectos comunes capaces de recabar apoyos entre las mayorías sociales.  El individualismo se ha impuesto y ante la falta de un discurso claro cada cual elabora su propia verdad. Si bien esto no tiene porqué ser intrínsecamente negativo, ya que nos permite ser muy críticos con el entorno que nos rodea, a su vez dificulta la consecución de proyectos comunes por estar muy poco habituados a dialogar y a ceder en nuestras posturas. La realidad es que estamos muy acostumbrados a las políticas de bloque, proyectos de orientación muy clara y sin fisuras en los discursos, algo que creo cada vez va a funcionar peor. El futuro político y social deberá fraguarse a través de la flexibilidad y la consecución de pactos.  Mientras tanto, el superar nuestra apatía y comenzar a construir una alternativa de futuro sigue siendo la asignatura pendiente de nuestra generación.

El niño detrás de las barbas

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