Alberto Contador o lo ascendente – La derramá

 

scarlett hooft graafland

Esta maravillosa fotografía de lo ascendente es de Scarlett Hooft Graafland

 

Sin ser una especialista en ninguno de ellos, hace tiempo que me oprimían las ganas de confesar cómo Georges Bataille y Friedrich Nietzsche consiguen exasperar mi tendencia de analizar psicológicamente los autores que leo. No se trata, pues, de lo oscuro de sus textos, ni significa que cuanto más aprendo sobre ellos menos sé. Efectivamente, sé más, en un sentido sobre todo académico del saber (conceptos, interrelaciones entre sus propios temas, con otros autores, con su contexto pasado y presente, etc.). Con la exasperación aludo a cierta apariencia de impenetrabilidad de la mente del propio escritor, de la incapacidad de imaginarlos por dentro. Esta conclusión parte de tendencias y vicios personales a la hora de leer que van desencadenando un proceso de análisis informal cuya desembocadura, en este tipo de casos en los que el resultado es vacuo, produce un placer extraño y parcialmente masoquista[1]. En cualquier caso, la relación entre estos autores llega a su nivel más kafkiano cuando, no pocas veces, Bataille cita a Nietzsche. En La experiencia interior —tras desarrollar una serie de relaciones entre el yo, el conocimiento de las cosas, que es claro sólo desde Dios, y la paradójica relación de aquélla con éste (en eterno bamboleo entre un pozo de negación y otro de ignorancia)—, Bataille hace referencia a Más allá del bien y del mal; en concreto, a los pasos a un tiempo lógicos y cronológicos del sacrificio como acto religioso-simbólico, podríamos decir, en la histórica relación entre el ser humano y Dios. Estos pasos se materializarían en, primero, sacrificar hombres; segundo, sacrificar instintos y, como siguiente etapa natural en esta lógica, sacrificar al propio Dios. Sin ahondar en el contenido, lo que me llama la atención son las palabras concretas de Nietzsche citadas por Bataille: “Sacrificar Dios a la nada —este misterio paradójico de la última crueldad le ha sido reservado a nuestra generación ascendente, sabemos todos ya algo de eso”[2].

Nuestra generación ascendente. No me interesa tanto entrar en una diatriba metafísica sobre la muerte de Dios por parte o no de una generación de pensadores como en algo mucho más primario: la cinética del ascenso. Esta direccionalidad refleja de manera bastante evidente la adecuación potencial entre narrativas de corte épico y el término “generación”. Potencialidad que se vuelve más cristalina si se observa —de forma cruel y divertida—, junto a la aparición de otra —también literal— generación ascendente; concretamente la que menciona Rolland Barthes en Mitologías y que remite a los ciclistas competidores del Tour de Francia en la década de los 50.

En dicho momento, Barthes encuentra en Jean Brankart, deportista de origen belga que compite por primera vez en el Tour en 1953, el símbolo de una “generación ascendente”[3]. Dicha atribución es justificada por el autor —teniendo en cuenta que este ciclista no llegó a ganar nunca el Tour— desde lo que Bankart desprendía o generaba, en concreto cómo “ha sabido inquietar a sus mayores”[4]. El ascenso generacional ni siquiera se puede plantear como parte de una transición entre grupos de edad, sino que es explicitado como un destronamiento, el cual se repite cíclicamente entre sucesivas generaciones[5]. A pesar de su constitutiva repetibilidad, esta dialéctica de enfrentamiento entre contrarios parece no agotar su capacidad de atracción hacia la especie humana: sigue encantando ver a los jóvenes alzarse, hacer temblar y caer a los mayores para luego, con el paso de los años, que todo vuelva a repetirse.

Como era de esperar, a pesar del cambio de escenario, Barthes tampoco puede dejar de mencionar la figura de dios. En concreto, de cómo crear diminutivos de los nombres de estos ciclistas hace que se vuelvan más cercanos al público, de forma que “instala al pueblo como voyeur de sus dioses”[6]. Dios ha pasado a ser un sistema de medición de notoriedad pública cuyo carácter es esencialmente épico, es decir, se constituye como una manera de señalar a ciertos individuos para que ocupen el lugar del adorado, el foco de imitación; Barthes está describiendo uno de los escenarios contemporáneos de representación de los relatos mitológicos: el Tour. Los personajes siguen interpretando los mismos ascensos y descensos preestablecidos, de los cuales remarcamos el de la generación que, al tiempo que asciende en el monte Ventoux y las pendientes del 18%, lo hace en la escala de divinización popular y pública. Este tipo de idolatría generacional encuentra momentos de especial interés sociológico y conductual cuando uno de los miembros de la generación endiosada cae en desgracia, como ocurrió en el caso Contador. Esto es ya la cúspide de la afectación. Porque si algo gusta más que un dios, es un dios que deja de serlo y tiene que volver, avergonzado, al escalafón de los mortales.

Los dioses, precisamente por su condición, están exentos de ser juzgados[7], lo que deja a los humanos en una posición pasiva. Alberto Contador no solo fue cuestionado y abatido, es decir, rebajado, sino que su caso se vuelve especialmente interesante, ya que defendió su inocencia en el campo de batalla de la opinión pública. Y a nosotros, la opinión pública, nos encanta pasar de espectadores de dioses en la contrarreloj que usamos para dormir la siesta, a jueces en la hora de las noticias. Es lo que permite que el día a día sea menos día a día y más un cuento con principio, nudo y desenlace; es decir: algo con sentido.

Y Contador lo consiguió. El tono general que envuelve —al menos en el material que yo he tenido a mano— las opiniones y declaraciones en torno a los famosos 0,00000000005 gramos/ml de clembuterol hallados en el cuerpo del ciclista es claro: se han cebado con él injustamente. La realidad ha sido tergiversada y manipulada por dinámicas que se le escapan de las manos y ante las que no puede más que observar, junto con nosotros como público expectante, su trágica caída. Así, su impoluta moral —y, por encima de todo, su imagen pública—, el ocupar un lugar concreto en la simbología popular, ya no volverán a ser lo mismo. Es el gran drama de su historia y lo que se recordará de su figura: “lo que le hicieron”. Y poder pronunciarnos moralmente sobre una injusticia de tal calibre nos eleva los niveles de dopamina que flipas: nos hace pasar de espectadores a interventores de dinámicas en las que interviene gente con un rol destacado en el escenario público a los que normalmente se la sudaríamos. Constatemos además que, si no se vuelve necesario por las circunstancias, los aspirantes a dios no deben responder de nada más allá que de sus dotes divinas en al área en que destaquen: las del ciclismo en este caso. En el caso de Nietzsche: matar a Dios.

Aparecen dos tipos de adoraciones distintas: al dios a secas y al dios ultrajado y relegado de tal status. La primera es de tipo religioso, mera admiración de una imagen distorsionada de lo real que se nutre de esa idealización. La segunda, aunque proviene del mismo tipo de imagen, sin embargo, desplaza su meollo hacia nosotros. Según cómo nosotros nos posicionemos —del lado o frente al acusado— dependerá su desenlace, su respetabilidad, lo que nos coloca en una posición de autoridad y poder reseñable, y eso nos pone a mil.

Como suele ocurrir, lo más sutil —e interesante, en mi opinión— de todo análisis se encuentra del lado de lo mortal, de lo apegado: las consecuencias que apostaría hubo en las reuniones navideñas de 2010 en torno al Contador de moral impoluta siendo arrollado por lógicas más grandes que él. Y este señor ya no va a poder escapar de ser una excusa conversacional viviente de cuando-la-historia-se-ceba-con-los-mejores. Ése y no otro será el lugar al que acudir a hacer valer nuestros principios morales. Una víctima a la que poder nombrar para reafirmarnos en nuestra bondad y nuestro sentido de la justicia; en ese momento mágico de la conversación de la cena en que todos coinciden y todo tiene sentido porque “lo que le hicieron”[8] es un despropósito. Es también el momento estratégico de la cena para olvidar cómo, previamente, hemos odiado por un segundo a ese amigo que siempre nos echa una mano cuando le necesitamos pero que con su contestación de hace un instante te acaba de dejar como un gilipollas. O cuando, justo al terminar de hablar de Contador, volvemos a pensar lascivamente en lo que podríamos haber disfrutado de no haber rechazado esa noche que iba tan pedo al novio de tu colega, quien, desde que está embarazada, te saca de tus casillas sin que sepas muy bien por qué. Porque Contador es fácil y seguro. Es necesario para soportar la ambigüedad de lo real, más aún cuando, dentro del mosaicismo de lo cotidiano, no hay generación ascendente que valga.

[1] Todo esto puede resultar bastante irracional, pero se trata de reacciones psicológicas bastante primarias y de manual.

[2] NIETZSCHE, F., Más allá del bien y del mal, citado en: BATAILLE, G., La experiencia interior, trad. F. Savater, Taurus, Madrid, 1986, p. 140.

[3] BARTHES, R., Mitologías, trad. H. Schmukler, siglo XXI, México DF, p. 67.

[4] Idem.

[5] Cabe señalar la certeza de alguna manera percibida por los miembros de las generaciones implicadas de que se avecina el relevo generacional, ese momento en que algo se está marchitando y debe ser sustituido: parece que tanto la flor que se marchita como la recién florecida saben perfectamente lo que está ocurriendo y lo que viene. Esto se observa tanto en los mayores que se inquietan ante Brankart, como cuando Nietzsche, al final de las palabras citadas, hace referencia cómo los de su generación sabían todos “ya algo de eso”: son hechos, lo sabían.

[6]Ibid., p. 62.

[7] Quiero decir que, aunque se les juzgue, da igual, porque por lo pronto son dioses y están a otro nivel hasta que al dios en cuestión se le saque algún trapo sucio, aunque ya fuera un cabronazo a priori.

[8] A esta frase seguirá la también conciliadora y siempre solvente: “Es que ya se sabe, los franceses no aguantan que les ganemos en nada”.

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