In Vino Veritas – Aguililla

El vino es una bebida que ha generado siempre fascinación en el ser humano. Buena prueba de esto es que no se ha parado de cultivar desde que fue descubierto. Y es que es un néctar que sume al que lo bebe en un estado de euforia, haciendo que olvide sus penurias y permitiendo que pueda disfrutar del presente sin preocupaciones.

Es algo sabido que el vino llegó a las culturas minoicas de Creta a través del comercio con el Antiguo Egipto, y fueron los cretenses los que introdujeron la bebida en la civilización griega. En Grecia, el comercio de vino estaba muy extendido, cada polis fabricaba el suyo, y dejaba constancia de ello en el sello de las ánforas que exportaba. Tal era la importancia de esta bebida en el plano económico, que muchas de las monedas acuñadas tenían motivos de uvas, vides y copas de vino. Las estimaciones hablan de que los griegos enviaban unos diez millones de litros de vino cada año a la Galia, y esto es así porque había una gran demanda de este producto en la sociedad griega, ya que el vino se utilizaba tanto para libaciones (sobre todo a Dioniso, dios del vino), como para ritos funerarios y festejos. Conviene destacar los simposios, fiestas celebradas con relativa frecuencia aprovechando ciertos acontecimientos, como podían ser la llegada de un amigo o el éxito de un determinado atleta. En estos banquetes había vino en abundancia, que se bebía mientras se disfrutaba de otra clase de distracciones, como cantos o bailes. Se tiene constancia de que la ingesta del fruto de la vid no era siempre comedida en estos eventos, y es que existen pinturas que muestran a bebedores en estados de total y absoluta embriaguez.

Los griegos mezclaban siempre el vino con agua, y es que consideraban que beberlo en ayunas era una costumbre de bárbaros, muy alejada de su avanzada civilización, de la que tan orgullosos estaban. La mitología hace hincapié en este punto, ya que nos cuenta que durante la boda de Pirítoo e Hipodomía, los centauros abusaron del vino sin mezclar, se les nubló el juicio, se volvieron violentos e intentaron violar a la novia, provocando toda clase de incidentes que acabarían desembocando en una guerra.

La mitología griega trata el vino de dos maneras diferentes: por un lado rechaza el abuso, y hace que los que se pasan bebiendo lo lamenten el resto de sus vidas, puesto que les ocurren verdaderas tragedias, pero por el otro, aquellos que niegan completamente el vino (en el culto a Dioniso) son castigados también muy duramente, pero eso lo veremos más adelante.

Dioniso

En la mitología griega, Dioniso es el dios que introdujo el vino entre los mortales. Dioniso contaba con la enemistad de Hera, ya que era un hijo ilegítimo de su marido Zeus. Es por ello que el dios no ocupaba un lugar en Olimpo, sino que vagaba por el mundo evitando la ira de su madrastra. Durante esta etapa, Dioniso conoció y se enamoró de un guapo muchacho llamado Ámpelo, con el que convivió durante cierto tiempo en armonía, pero cuando Hera se enteró de la relación de ellos dos, le recomendó a Ámpelo que cabalgara a un toro para así ganarse el favor del dios del vino. Ámpelo se montó en el toro, y mientras estaba sobre él, se burló de la diosa Selene al ver la luna en el firmamento. Ésta, enfadada, envió un tábano para que picara al toro, que se desbocó, lanzó por los aires al muchacho, lo corneó y lo lanzó contra una roca, haciendo finalmente que su cabeza se separara de su cuerpo.

Dioniso quedó destrozado cuando vio el cadáver de su amado, y en su desesperación, arrojó ambrosía sobre él mientras se lamentaba amargamente por su muerte.

Una de las Moiras escuchó los lamentos de Dioniso y se compadeció del dios, por lo que decidió darle a Ámpelo una nueva vida, de modo que lo hizo convertirse en una rama de vid. Dioniso entonces apretó un racimo de uvas de la planta, e hizo que goteara un líquido con un dulzor comparable al de la ambrosía, pero que además tenía la particularidad de que producía embriaguez. El vino había aparecido por primera vez.

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Imagen del dios del vino, Dioniso, hijo de Zeus. Baco. Caravaggio, 1596.

Fue entonces cuando el dios del vino comenzó a recorrer las tierras de Asia Menor, instruyendo a sus moradores en el cultivo de la vid, transmitiendo así los conocimientos para fabricarlo a los humanos. Una vez hubo terminado, se desplazó por fin a Grecia para introducir su culto en esta tierra. El culto a Dioniso lo formaban las Bacantes, grupos de mujeres que subían en solitario a los montes y buscaban la embriaguez mediante la ingesta de vino mientras danzaban desnudas.

Esta embriaguez no era puramente lúdica, y es que el rito buscaba conseguir el “enthousiasmos”, una unión con el dios que tenía un fuerte significado religioso.

Dioniso tuvo problemas con dos príncipes que negaron su culto, Penteo y Licurgo. Para vengarse de Penteo, lo engañó y le hizo subir al monte donde se encontraban sus Bacantes, las cuáles, estando como estaban en éxtasis, lo descuartizaron como si fuera un pequeño animal. Fue su propia madre la que le arrancó la cabeza. En cuanto a Licurgo, Dioniso le indujo una locura que le hizo descuartizar a su hijo. Además envío una terrible sequía sobre sus dominios, y les dijo a sus habitantes que así seguiría mientras el rey viviera, por lo que éstos lo descuartizaron.

Dioniso juega también un papel importante en el mito de Icario, un ateniense que era devoto del dios del vino. Icario enseñó su carro lleno de vino a unos pastores que quisieron probarlo, pero se pasaron bebiendo y se emborracharon. Otros pastores, que lo habían visto todo, pensaron que el errático comportamiento de los borrachos se debía a que Icario los había envenenado, por lo que se abalanzaron sobre él y lo mataron. A la mañana siguiente, los pastores que habían bebido vino se despertaron, y diciendo haber dormido mejor que nunca, quisieron buscar a Icario para recompensarlo. Los asesinos ya habían huído, conscientes del error que habían cometido. Dioniso, sin embargo, no dejó la afrenta sin resolver, y envió una maldición a Atenas, haciendo que todas las mujeres que no estuvieran casadas se ahorcaran.

El vino vuelve a aparecer en la mitología de la mano de Dioniso cuando éste emborracha Hefesto. El dios herrero estaba contrariado por el trato recibido por Hera, por lo que idea un mecanismo para atraparla en un trono y se niega a desactivar el ingenio, marchándose. Es entonces cuando Bromio lo embriaga y lo hace volver al Olimpo a liberar a la diosa.

Como hemos podido ver, las referencias al vino en mitos concernientes a Dionisio son abundantes, pero no son ni mucho menos las únicas. La mitología griega menciona dicha bebida en multitud de ocasiones, como veremos a continuación.

Odiseo

El vino aparece en varias ocasiones durante el periplo de Odiseo. Aparece, por supuesto, en la mayoría de los banquetes que se celebran, pero también es destacable el papel que tiene en dos momentos determinados.

Cuando Odiseo, poco después de partir desde Troya, llega al país de los cicones, da muerte junto a sus compañeros al contingente que allí se encuentra, reparte el botín, y ordena a sus hombres que huyan rápido, puesto que no considera sensato permanecer en el lugar más tiempo. Los guerreros, sin embargo, deciden disfrutar del botín con calma y se dedican a beber vino mientras celebran la victoria. Es entonces cuando son atacados por otro grupo de cicones, más numeroso y formado por guerreros más experimentados, que logra diezmar las filas de los aqueos, a los que no les queda más remedio que batirse en retirada.

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Odiseo cegando a Polifemo

Cuando Odiseo desembarca junto a algunos compañeros en la isla de los cíclopes y es encerrado por el malvado Polifemo, que se los va comiendo de dos en dos y los trata con extrema crueldad, tiene la ingeniosa idea de emborrachar al cíclope para así cegarlo con facilidad y conseguir escapar. Adulándole, haciéndose ver indefenso ante él, le ofrece un vino fortísimo que el cíclope bebe sin mesura, quedando dormido poco después y sucumbiendo ante los ardides de Odiseo, que junto a sus compañeros, le clava una estaca en su único ojo, lo que hace que pierda la vista y se enfurezca. Polifemo trata entonces de capturar a los aqueos, por lo que retira la piedra que hacía las veces de puerta de su gruta, y se coloca en la entrada, palpando todo aquello que sale. Los aqueos obran entonces con astucia y se cuelgan de la panza de los enormes carneros, de manera que el cíclope palpa el lomo y no se percata de la salida de los guerreros.

Como se puede ver en estos dos casos, el que abusa del vino acaba recibiendo su castigo, siendo recomendable, por tanto, ser más prudente y no beber más de la cuenta. En todo caso, el vino juega un papel fundamental a la hora de sacar a Odiseo de la cueva de Polifemo, ya que hubiera sido imposible cegar el cíclope sin haberlo embriagado.

Hay que mencionar que Polifemo no es el único gigante que se ve desgraciado por abusar del vino, y es que, como vamos a ver ahora, el propio Orión también lamentó no haber sido más prudente con la bebida.

Orión

Orión era un gigante que podía caminar sobre las aguas, don que le fue otorgado por su padre Posidón. Un buen día, el gigante llegó a la ciudad de Quíos, y allí se enamoró de la princesa, la bella Mérope. Orión le pidió su mano a su padre, el rey Enopión, pero éste, que estaba enamorado en secreto de su hija, no estaba dispuesto a desprenderse de ella con tanta facilidad. Enopión le dijo a Orión que le concedería la mano de Mérope si conseguía cazar a todos los animales salvajes de la isla. El gigante se puso manos a la obra y abatió a muchas de estas criaturas, dándole sus pieles a su amada. Sin embargo, había demasiadas criaturas en Quíos, y Orión se estaba comenzando a desesperar, ya que sentía que se esforzaba en vano. Orión, harto de ser tratado como un pelele, bebió vino en abundancia, lo que le nubló el juicio. En este este estado, fue a ver a Mérope y la violó. Cuando Enopión se enteró de lo que el gigante le había hecho a su hija, quiso vengarse. Le pidió ayuda a su padre, Dioniso, y logró emborrachar a Orión. Lo cegó entonces, y a continuación lo arrojó al mar.

Aunque Orión recuperaría luego la vista y sería a su muerte transformado en constelación, quedarse ciego (aunque sea temporalmente) no es una perspectiva halagüeña.

Resulta evidente que ni las criaturas mitológicas de mayor tamaño pueden evitar las consecuencias de pasarse con el vino, pero es que tampoco pueden hacerlo aquellos que pertenecen a un linaje real.

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Imagen de la ascensión de Orión a los cielos. Diana sobre el cuerpo de Orión. Daniel Seiter, 1685

Layo

Layo, hijo de Lábdaco, no pudo ocupar del trono de Tebas, ya que sus primos usurparon el trono. Se exilió al Peloponeso, donde Pélope le encomendó la custodia de su hijo Crisipo, para que le enseñara el arte de la guerra y la destreza de la guía de caballos. Layo quedó prendido de la belleza del joven Crisipo, por lo que cuando sus primos murieron, Layo raptó a Crisipo y se fue con él a Tebas, donde lo violó.

Al enterarse Pélope de esto, maldijo al rey tebano, con lo que los dioses decidieron castigarlo de manera que su estirpe se exterminara a sí misma.

Layo, ya rey de Tebas, se casó con Yocasta e intentó engendrar hijos con ella, pero le fue imposible. Tras varios años, decidió acudir al oráculo de Delfos, que le dijo que si alguna vez tenía un hijo, éste lo mataría y se acostaría con su esposa. Layo tomó nota del asunto y decidió que era mejor no tener descendencia. El rey volvió a Tebas y no le contó nada a su mujer, pero una noche se excedió bebiendo vino, yació con su mujer, y acabó engendrando a un hijo: Edipo.

Aunque Layo Entregó a su hijo a un pastor, el oráculo se cumplió, y años después, el hijo asesinó al padre, a raíz de una discusión sobre quién debía pasar primero en una encrucijada.

El tomar vino en cantidades abusivas es de nuevo la perdición del hombre.

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Layo es asesinado por Edipo. Joseph Blanc, 1867

Conclusión

Aunque a priori pueda parecer que la mitología griega pinta al vino como un elemento nocivo que no trae más que desgracias, hay que aclarar que esto no es cierto en absoluto. El vino era muy apreciado en Grecia, y de hecho se consumía con frecuencia, pero en el mundo griego estaba muy presente la idea de la moderación. Se decía que una copa de vino hacía a los hombres reír y cantar como los pájaros, dos copas los volvía fieros y rudos como a los leones, y tres los convertía en objeto de burla, como los asnos. El vino consumido con moderación es algo excelente, y sólo en el caso de que se beba en exceso hay que temer algo.

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Los Borrachos o El Triunfo de Baco. Velázquez, 1629

Para acabar, quisiera dejar una frase del gran historiador Tucídides: Las gentes del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid

¡Alabado sea Dioniso!

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