Elegía a una suicida viva – Zule (poesía)

Recordaré el campo castrado y estéril, repleto de bombas, llagas y surcos donde el agua-sangre de esa vida que escupiste, aún atraviesa la tierra, cómo horca en barbecho.

Desterraré las pesadillas al cajón de tantas lágrimas enraizadas en un suelo de denso silencio. Tapado con cera, podré por fin derretir, sin abejas, ni flora, ni pistilo, ni canutos, ni alcohol que te guarden y encarcelen en la prisión butronada que bombea en mis costillas.

Podré lavarme tus glóbulos en la lluvia pura de ese sueño sin monzón, que espera ese huracán que derrumbará, purgante, nuestra civilización corrupta. Podré ser astillas, que se hagan hoguera, que ilumine el cosmos en un firmamento que fórmula la pregunta: ¿porque? Y el sabio chamán dirá, cómo siempre ¿Que importa el por, cuándo sobran los qués?

Temeré el mundo sin ti,
la risa sin ti,
el llanto sin ti;
sin ti la vida,
un temor.

La cornisa del lacrimal será el hogar del suicida inmortal que se tambalea en la baranda oxidada y vibrante, pendida en el abismo recogiendo tus tréboles con alpargartas, para ver si así nos pican las venas harapientas. La mendicidad callada no pide aunque ruega, sin dedos, ni vela, ni incienso, ni mirra, manca en gestos y caricias opacas, que el oro ponzoñoso del latir matará de inanición o de comilona.

Ya no brilla esa sonrisa oculta en telarañas. Es el mirar de un viejo y escuálido cervatillo,
que es muy joven, y aún huye de la caza,
apuntándose con el rifle hacia los sesos.

Por eso la correa del perro será ese adiós inconmensurable del no poder deshacirme de tu cabello, tintado en tantos colores, que su esencia ya no es ni un espejismo, ni un recuerdo, ni un registro
un oasis.

Tras recorrer todas las dunas del desierto, después de caminar sobre escorpiones y bajo los colmillos de la cobra real, me disfrazaré de esfinge, y de can Cerbero, y de efigie de Rodas, que no puede beber ni una gota de agua. Seré el gato de Anubis, la lira de Orfeo, el ojo de Odín, en ese latir diamantino y fluorescente que alberga al final de nuestra cegada gruta. Me disfrazaré del perro que cuida tu huerta, en la que sólo crecerán flores fósiles de muerte viva.
Guardaré tu luto, sin sed de tu duelo,
y las navajas serán el miedo al estigma de ser la fría barriga abierta en canal:
las tripas afuera, la lengua caída, colgando elegante cómo corbata muerta.

Guardaré tu tumba, y por fin lloraré, cuando la paz, viva o muerta, acoja tu cuerpo. Vendrá de nuevo a nos nuestra existencia, congelada como el invierno en una bola de nieve, que nunca podrá desligarse de ti: hija persa de hermano griego, congelada muñeca que habita un recuerdo, un cadáver, un olmo, un sauce llorón en la orilla río, cuyo lecho alberga las algas de quererte y el cieno apestoso de haberte querido.


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