La verdad es caprichosa y la historia una coincidencia – Alicia la griega

La verdad es caprichosa y la historia una coincidencia.

Y la guerra no reporta nada. En las guerras sólo se pierde. Las arengas son mezquinos cantos de sirena y el botín de guerra realmente no es más que un cadáver devorado por gusanos. Ya sea en otros países o en casa, la guerra es un sinsentido. Si las palabras “masacre” y “matanza” existen es por algo. Y es en casa, es nuestras casas, donde sucede una forma de guerra que no suele evidenciarse y que, como si fuese un hormiguero, se extiende en infinidad de direcciones apareciendo en distintos lugares siempre soterrada en aparente silencio. Hablo de las guerras familiares.

Que levante la mano aquel que se haya visto involucrado en guerras familiares. A los pocos que no habéis levantado la mano os admiro con cierta envidia. Conserváis una fe que yo ya no tengo. Dejad de leer esto si queréis seguir creyendo en la fuerza y cohesión de las familias unidas. Las guerras familiares son cosa frecuente si uno pregunta insistentemente, sobre todo si hay dinero de por medio.

Sugerido el tono del texto, el siguiente paso es establecer un marco de juego para movernos sin romper las reglas en ningún momento. Verdad e historia. Sí. Aunque no historia y verdad, ya que el orden sí altera el resultando. La verdad condiciona la historia resultando decisiva para esta. Si lo releemos en sentido negativo obtendremos la frase clave en torno a la cual girará este texto, y descubriremos el ingrediente mágico para enriquecerlo: lo que no es verdad pierde su derecho a suceder.

Volviendo a las guerras familiares que antes aludíamos, en el contexto de estas los hechos brutos, los sucesos en sí, aquello que acontece y que es así sin más por sencillo y evidente, se vuelve ahora maleable y hasta relativo. Relativo, eso sí, a la verdad que triunfe en estos conflictos familiares. La realidad se pliega ante un simple y puro gesto de interpretación. Tan sencillo el gesto y tan barata la estafa pero que, sin embargo, resulta sumamente eficaz.

La legitimidad de la guerra, si es que eso existe y no es un oxímoron como la expresión “guerra preventiva”, ya no se basa en la realidad fáctica sino en una querella de pura retórica y esperpent… espectáculo mezquino en el que poco importan los acontecimientos. Altérese el pie de foto y las muertes de los niños podrán ser utilizadas para justificar tanto una cosa como su contraria tantas veces como se quiera, como nos enseñó Susan Sontag(1).

No debemos aun así ser tan severos. El ceño fruncido de serio esclarecimiento y solemnidad académica conlleva arrugas y seguimos sin saber qué es verdad en sentido estricto. Al hacer ahora el juego semántico de rastreo la palabra verdad —si aceptamos que esta puede existir en el ámbito del testimonio y la subjetividad en el cual nos estamos moviendo — se puede explicar cómo la adecuación e interacción entre dos cosas, como si existiera un correlato entre una cosa y otra distinta dándose así una implicación entre ambas. La verdad es un compromiso tácito de concordancia, veracidad y asentimiento, y es deudor de la ambigüedad —y aleatoriedad— del testimonio. A fin de cuentas lo que alimenta los hornos de esta guerra son los distintos relatos que se vierten y que redundan en envidias, inquinas y traiciones.

La verdad, la concordancia y la relación que media son parásitas en todo momento de la historia o historias a partir de las cuales se construyen. Decimos así historia, la historia, —léase como sustantivo concreto y singular, como esa historia, y no como la historia entendida como expresión que tiene unos matices tiránicos que ahora no me interesan— única, concreta, determinada y, ojo a esto, excluyente. Una, grande (inmensa como la vida) y libre, porque la pura realidad evidente no cae en malversaciones y usos interesados. Esto admitimos al decir historia y de esa tranquilidad bebemos.

Sin embargo, por un descuido y dos consonantes pasamos a decir ahora las historias y no la historia. Aparece una grieta en nuestro relato unívoco y hegemónico. La historia ahora sí es libre ya que sólo responde ante aquellos que la sufr… hacen. ¿Grande? Ahora enorme, pues la historia se quita su máscara dogmática y admite su pluralismo. ¿Pero una? Eso nunca fue posible. Al menos mil y una, y es que hay tantas historias como noches. Me parece deshonesto no admitirlo después de haber vivido tantas noches en mi vida. A fin de cuentas cada noche es como una historia: íntima, personal, distinta e irrepetible.

¿Con qué legitimidad puedo abogar ahora por la verdad si acabo de admitir la multiplicidad de protagonistas y testigos? Testigos y protagonistas de su propias vidas y guerras, y que, si no son ellos los legítimos dueños del tesoro de su historia, no sé entonces bien quién debe serlo. La brecha que antes aludíamos se hace evidente por enorme y acapara nuestras miradas. Ya no debemos hablar de una concordancia única y de una verdad certera si somos consecuentes con estas conclusiones. Conclusiones, todo sea dicho, que estaban encima de la mesa desde el minuto uno. Ya lo dice el refrán: No hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

Hablar de verdad absoluta en el terreno de la verdad del testimonio, de lo dicho, es presuntuoso. Y ojo, que yo aquí como buena hija de vecino, soy la primera que blande esta espada de fuego en discusiones o encontronazos si no ya en guerras familiares y otros conflictos armados domésticos. Todo a cambio de una gloria que, como todas las glorias de los mediocres, cuesta más en llegar de lo que vale. Y suerte si dura. No es un gesto que vaya a dejar de hacer. Lo necesito como bastón de certezas en mi vivir diario. Justifica mi guerra santa si soy cruzada contra otros.

Y es que resulta que aquí no hablo de un marco técnico o científico en el que manejo unos datos mensurables que puedo contrastar y falsar si hace falta, sino que hablo del vivir diario, de mi historia, aquella que me constituye día a día y en la cual necesito creer. El término verdad compensa de sobra su ambigüedad gracias a la esperanza que me da a cambio.

Como hemos explicado antes la verdad es dependiente de la historia, cuasi parásita. Pero llega un momento en que gracias a un put… puro gesto de interpretación esta historia cede su posición preponderante a la verdad. Desechamos de la ecuación la historia y por tanto la realidad de lo sucedido, y nos focalizamos en el relato-verdad que ahora germina y florece. Es entonces cuando sacamos la historia de la escombrera en la que la tiramos y ahora sí establecemos los lazos de unión entre verdad e historia. Dicho de forma sintética: esta es mi verdad y de ella se deriva lo realmente sucedido. Irónico, ¿verdad?

Y como se dice de las novias: cada uno con la suya. En esto de las guerras familiares cada contendiente beligera esgrimiendo su verdad de la cual se deriva la historia y la realidad fáctica-material que antes aludimos. Es increíble ver cómo lo sucedido, los implicados y hechos, se pliegan todos ante unas pocas palabras. Nuestro bastón y a la vez espada nos sirve para enfrentar y confrontar al otro en un intento estéril y desesperado de lograr imponer nuestra verdad como absoluta e inequívoca, intento que, recordemos, está condenado al fracaso.

Al principio decíamos que la verdad es caprichosa y creo que ha quedado claro por qué: los necios y tramperos, al igual que los legítimos y aquellos que creen en la justicia poética, tienen la excusa perfecta para moldear la verdad según sus intereses, justos estos o no. La historia también sufre de este estallido y se vuelve pura casualidad que suerte si coincide con la realidad fáctica, de hechos, que materialmente sucedieron. Siendo precavidos y levantando barricadas frente al posible engaño lo mejor es actuar conforme al refrán que dice De lo que no veas, ni la mitad te creas. Por si acaso.

Al final, los más perjudicados son los civiles, esto es, la verdad de las cosas y la veracidad de las mismas. Volveremos entonces la vista atrás intentado clarificar los hechos para (intentar) suturar las heridas que una masacre entre hermanos —esto literal— abre. Aparecerá ante nosotros la hidra de lo sucedido, con sus múltiples cabezas-relato justificando lo que en realidad sucedió. Todas compartirán el mismo hambre de existencia legítima, pues todas ellas son verdad sin llegar a serlo. Poético y caótico.

Armados con la verdad testimonial sólo nos queda entonces dudar acerca de a qué aferramos, pues en esta guerra familiar hemos perdido la confianza en la verdad de lo sucedido, la certeza de nuestra historia, el afecto de las relaciones rotas y un preciado tiempo que ya no vuelve. Parafraseando y adaptándolo al texto podemos concluir: “gane quien gane, nosotros hemos perdido”(2).


(1)  La cita parafraseada esta extraída del libro Ante el dolor de los demás, acerca del sinsentido de la guerra, en el cual podemos leer las siempre pertinentes y sorprendente ideas de esta autora.

(2) Extraído de la película Alien vs Predator.

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