Historias de verdad – Zule

Atención: Todas las faltas que aparezcan a continuación serán virtud de la dislexia.

 

Joder, qué incómodo resulta eso de la verdad. La verdad podría definirse como un enunciado que se adecua correctamente con el mundo fáctico. De tal manera, la verdad estaría sometida a la mutabilidad del lenguaje, del mundo y de sus circunstancias. La verdad del pasado podría ser una mentira en el presente, siempre que en ambos tiempos (por separado) existiese la mentada adecuación fáctica entre el mundo y el enunciado verdadero, una adecuación que simplemente cambiaría con el pasar del tiempo. Sin embargo, esta naturaleza mutable de la verdad solo ha sido reconocida recientemente en occidente, hace menos de dos siglos.

Me interesa el efecto psicológico que clásicamente tendía a producir en nosotrxs la palabra verdad, un efecto que ha sido registrado a lo largo de miles de años de historia occidental. Decir que algo es verdad parecía asumir que ello se mantendría eternamente igual. De hecho, parece que en este mundo de múltiples perspectivas, lo que diferencia la verdad de la mentira es su mayor objetividad, su carácter menos contingente y más duradero. Y sin embargo, desde antiguo hay quienes dicen que el problema reside en que todo muta, aunque parezca que algo se mantiene. Hay quien habla de que lo que se mantiene es el Cosmos, o Dios, o la Historia, o el Yo… ¿Quién sabe? Ninguna de esas cosas parece del todo verdad. Cuando las miramos alejándonos un poquito, ninguna se mantiene tanto como pareciera. Todas mutan, ninguna es eterna.

Personalmente creo que lo único que permanece es el estar: la condición de permanecer sujetx al momento. Lo único que persiste no es una substancia: es una mera condición, un atributo. Y la “substancia” en la que dicho atributo se sustenta (el momento) es mutable: cada momento es distinto. ¿Qué permanece en cada momento? ¿Qué une los distintos momentos? ¿Qué tienen en común? ¿Qué hay inmutable en todos ellos? Seguramente lo único común a todos los momentos sea su condición temporal. Pero el propio tiempol se escapa en las respiraciones.

Lo más parecido al tiempo que no se nos escapa es la historia, pero ¿la historia permanece? La historia no deja de ser un invento humano, ligado a la escritura y al poder. La historia está pensada para permanecer, para mantener en la memoria colectiva los logros y/o fracasos de alguien. La historia pretende mantener en la conciencia presente los hechos del pasado. Quiere captar la esencia de estar en un momento, considerado como relevante, intentándose por ello que se vuelva inolvidable. De tal manera, hablando mal y pronto, diré que la historia pretende congelar el tiempo, dejándolo como un momento eterno e inmutable, casi irreplanteable. Las distintas piezas de este puzle de hielo (los momentos congelados y sacados del tiempo) son luego juntadas. Ya no solo tenemos momentos verdaderos (verdaderos como testimonio), tenemos un relato extenso del que no deberíamos de poder dudar. Porque lo que pasó pasó, y no puede des-pasar ni pasar de otra manera. Pero dado que la historia muta y habla de lo que muta, su pretensión misma de permanecer me parece aporética.

La historia es el callejón sin salida de congelar el estar y destruirlo en un solo paso. Es sacar el tiempo del tiempo, erigiendo nuestra visión presente del mismo, nuestros sentimientos respecto a un momento concreto, como eternos y verdaderos. De tal manera, hablar de historia es hablar de un cuento falso que se pretende y presenta como cierto, pero que se sabe materialmente incapaz de conseguir su cometido. Y hablar de verdad, junto con la historia, es hablar del eterno anhelo erótico, la radical pretensión frustrada, el objeto de deseo inalcanzable, pero deseado.

Hoy día, creo que a la mayoría esta pretensión nos parece onírica. Sin embargo, como dijimos, hace sólo un par de siglos, eso de congelar el tiempo, ahora y para siempre, parecía humanamente posible. Las instituciones, heredadas y sólidas, eran un aliciente a este empeño. Había cosas que duraban más allá del ser humano de carne y hueso: Dios, la religión, la moral, la familia, la nación, el matrimonio, la guerra, la historia; lo otro. Las cosas ajenas al sujeto de carne y hueso eran grandes objetos muertos, cuyo poder era, y aún es, tan real como al chamán le son los espíritus. Hoy todo eso muta y nada dura demasiado. Sabemos que las religiones se replantean, las fronteras cambian, las leyes se reescriben, los estatus y los roles de reposicionan, los valores se transforman, las personas y sus proyectos evolucionan. Y lo peor: sabemos no solo que todo cambia, sino que todo llega a contradecirse, anulándose, girando 180° hasta convertirse en enemigo de sí mismo, del pasado, de un antiguo estar distinto al que está. Por eso, por esta nueva consciencia, dicen que habitamos en un tiempo donde todo pasa y nada dura demasiado.

Quizás sea porque vemos muchas cosas. Las cosas se representan y se difunden a la velocidad de la luz, transmitidas por fibra óptica y ondas espaciales. Pequeñas verdades proliferan, bajo la sospecha, siempre acechante, de que en realidad estemos viendo mentiras. Sospechamos que nos manipulan (yo ahora trato de hacerlo) ¿Y qué es manipular? ¿A caso no manipulamos al mirar al árbol y no fijarnos en sus hojas ni en la tierra? ¿No está ahí esa intención de seleccionar algo y contar eso como separado, excluyendo todo el resto? Supongo que la diferencia está en si pretendemos falsear, es decir, sí queremos presentar como verdad absoluta lo que sabemos por un instante, un momento. Supongo.

La historia ha falseado permanentemente la historia. La escritura selecciona y, para preservarse, debe seleccionar al gusto de los jefazos. No deja de ser el poder quién mantiene y financia la historia. Y el poder trata de lustrarse, no de envilecerse. No importa lo verosímil e incluso cierto que sea que Paco cagara un gran mojón y se lo diese de comer a su jefe: el jefe nunca come mierda, y así quedó registrado en todos los cuadernos de actas de la empresa. También quedó registrado el despido y humillación pública de Paco. Nada más: la indignidad registrada es la de Paco, nunca la del jefe. Sabemos que el poder es quien escribe la historia. Por ejemplo, la historia del mundo que aparece en la Biblia es el cantar de gesta de una poderosa familia hebrea, descendiente de un tipo llamado Abraham que se encontró a un dios en el desierto (dios con el que, por cierto, su descendencia llegó a luchar cuerpo a cuerpo para ser digna de su amparo). Sus descendientes contaron sus hazañas y las de todos sus hijos. Su pueblo recuerda aquello que se dice que pasó, y algo debió pasar, alguien debió existir, pero ¿fue eso? ¿fue por eso? ¿fue así? Así está escrito. Sí, así está escrito; desde la visión de esa familia. Nadie preguntó al que perdió un hijo en la última plaga, ni a quién, sin esperanza, esculpió el becerro dorado. Nadie escribió lo que pensaba Golliat. Tampoco lo que aulló la gente de Gomorra. Eso no está escrito, eso no es verdad. Al menos, creo que no lo es para la historia hebrea.

La historia, dicen algunos, solo puede ser una, ello aunque las cosas puedan verse desde muchos sitios. Pero como solo puede ser una, la historia es la historia oficial: el acta de los jefes que nunca comen mierda y que, cuando la comen, se hacen grandes resolviendo, con benevolencia o con sadismo, el delito de poner en duda su aliento. La historia siempre es lustrosa, gloriosa. No se lucha por la victoria, se lucha por la gloria eterna (y por supuesto, por suelo, por oro, por amor, por hambre; pero eso no se cuenta). Ahora, sin embargo, nos encontramos en un momento que parece paradigmático. Empiezan a contarse otras historias, historias que no dejan bien al jefe. La historia se está releyendo desde el lado oprimido, y una gran labor se inicia, se mantiene y, sospecho —y por querer saber más cuentos, espero que— se mantendrá en escritura. Las desposeídas del poder, por etnia, género, clase o historia están comenzando a reescribir todos nuestros relatos, ensalzando sus propios héroes, sus heroínas, sus ejemplos, sus modelos.

Y aquí hago un inciso en que me planteo una duda irresoluta: ¿Es que lxs desposeidxs han entrado en un club de jefazxs, o es que los jefazos mandan menos y no pueden evitar que esto pase? ¿Son tontos los jefazos? ¿Son torpes? ¿Son buenos y benevolentes con sus esclavxs? ¿Quizás es que ya nadie manda demasiado, y por eso todo el mundo manda un poco? Yo, que aunque se diga lo contrario —y en parte, por lectura, quizás sea cierto— no soy un jefazo, no puedo más que poner pose de pensador y preguntarme por ello.

Sea como sea, el mundo está siendo recontado mientras sigue contándose como se hizo siempre. Las cosas se redibujan, se reescriben, se resignifican, y no siempre intentando comprenderlas desde ese pasado que ya no está (y solo desde el estar en que estuvo me parece honestamente comprensible quien ya no está). A veces, juzgamos sin contexto o categóricamente: lo primero es ingenuo o inconsciente, lo segundo deshonesto —más cuando parecemos saber que no sabemos nada, o al menos que no lo sabemos por demasiado tiempo. Sin embargo, a lo importante, los relatos —o cuentos, discursos, teorías: como sea que alguien los llame— proliferan. Una misma cosa ahora es visible de muchas formas, y muchas de esas formas tienen sendos argumentos para defenderse como legítimas, e incluso como absolutas. Todas son legítimas, pero ninguna de ellas, salvo la oficial, puede ser absoluta; no pueden serlo por esa misma naturaleza perspectivista que legitima su coexistencia y su desarrollo.

Creo que aunque aparezcan nuevxs jefazxs que mandan menos y nuevas visiones con horizontes mucho más matizados y amplios, la pretensión de hacer una única historia verdadera acaba reluciendo en ciertas voces que hablan desde muchas propuestas. El afán moderno de construir sujetos totalizadores, y de hablar en blancos y negros, casi sin grises, sigue pesando en nuestro ADN cultural. Quizás no se vea ni mucho menos de diga de manera clara —ya no podemos mostrar sin caretas que creemos en sujetos superiores: la ciencia desmiente esta idea. Pero al final, la visión propia tiende a sentirse y venderse como verdadera, o al menos, como más verdadera, precisa, exacta o rica en matices que la de lxs otrxs. Es normal al hacer historia. La historia, tal como la hemos caricaturizado, no deja de ser la herramienta por la que el poder fija la verdad de lo ocurrido, para que sea inolvidable. Y donde hay dos testimonios contradictorios, sólo uno de ellos puede ser verdadero.

Es entonces, en el choque de todas las historias, donde se mantiene la historia tradicional como hegemónica: modelo común que afirmar o negar. ¿Por qué? Simplemente por la supuesta legitimidad que la otorga ser mas vieja, y, desde luego, por las autoridades e instituciones que la sustentan. No, quizás sea por algo más básico. Quizás sea porque el run run histórico de esa historia hegemónica no suena mucho más familiar que el de las nuevas perspectivas, y por ello, ante la duda, nos aferramos a ella como a la nana materna. Pese a esto, que podría parecer hacer imbatible a la historia oficial —y dado que la propia hegemonía ha aceptado la necesidad del multi-perspectivismo— para mantenerse hegemónica, la historia oficial se va salpicando y mezclando con esas otras historias nunca antes registradas, las historias de lxs no jefazxs, que ahora hablan y, sobre todo escriben (entiéndase por escribir captar un significado de forma duradera, sin importar el modo o el medio).

Creo que esa historia oficial es imposible de esquivar. Dará igual el motivo: una de las versiones de lo que pasó en la Calle Amargura el Día del Azúcar será siempre más escuchada que las otras. Y al pasar las generaciones, esas otras historias serán míticas mentiras de abuela, mientras la gran verdad será aquella que fue en un comienzo más escuchada, o que al menos, lo es ahora. Por eso allí, aunque al principio se hablase de que hubo un chimpancé y, por otro lado, de que hubo un elefante, cuando el patriarca optó por hablar de chimpancés, los elefantes se extinguieron con los años. Allí siempre hubo un crimen, pero de distinta especie. Porque las generaciones futuras habrán bebido de sus fuentes de chimpancé. Así más mentes habrán enunciado sus anécdotas monescas, más madres habrán contado un cuento peludo y con pulgares, más hijxs habrán jugado con los roles simiescos.

Sin embargo, desde el principio de esa historia que comienza en la escritura, testimonios de gente como Paco, han sobrevivido ocultos. En la voz de las víctimas, en la memoria colectiva, en lugares ocultos o traspapelados, aquello distinto a lo oficial ha sobrevivido a la quema, la censura y el corte de lengua. Por ejemplo, podemos mirar los rollos del Mar muerto, en los que habla Maria Magdalena. Siglos después, la imprenta ayudó, proliferando los textos, a esta tarea. Y quizás hoy día, la proliferación de discursos que permite internet sea tan grande que ya no exista verdaderamente una historia única, aunque siga la oficial. Las historias se mezclan y se confunden, llegando casi a ser contradictorias.

Y entonces ¿qué pasó? Porque a mí, desde peque, me contaron las historias familiares de la guerra. Yo siempre supe que mi gente perdió, aunque solo con los años empecé a entender el qué. Sin embargo, gente más vieja, o al menos más mayor, me cuenta otras historias: que sí lo malo era el rojo, que sí no sabían nada. Yo supe de bien chico que ir a la cárcel no siempre era por ser malo, y que había gente que moría sin tumba. Siempre supe que la policía no siempre es buena y que el presidente no siempre cuenta la verdad. Yo lo supe sin vivirlo. Yo accedí a un cachito perdido de la historia, y ella me fue contada como verdad. Pero hay quienes, viviendo todo aquello, no saben o no recuerdan. No sé cuál es la historia, no sé cuál es nuestra historia, y sinceramente, no confío en saberla, porque, aunque somos Europa; somos uno de esos lugares exóticos donde el cuento manda más que la verdad. Porque somos un pueblo que vive en tres tiempos: el rumor, la fábula y la leyenda.

Nuestro tiempo alberga todos los tiempos. Hemos mirado tanto a la historia que convivimos con ella. El presente es un campo de batalla en el que los fantasmas de todos los pasados deambulan encontrándose, peleándose y abrazándose. Nada tiene sentido, a no ser que entendamos que hay fantasmas que se abrazan. Entonces todo es comprensible. Sin embargo, como no entendemos nada, nuestro tiempo es de locura y perdición, una época sin verdades ni mapas para encontrarlas.

Es comprensible que las deudas históricas se vayan a pagar hoy, o cómo mucho, mañana. La sed de venganza apaleará a todos los culpables de la historia, y ya no por nosotrxs, que somos la ira, sino por todxs nuestrxs antepasadxs, muertxs agonizando en el sufrimiento. La verdad está cambiando de bando, aunque no parece acabar su juego. No dejamos de jugar con eso que un anticristo llamaba gramática. Construimos mapas del mundo en base a lo que creemos cierto. Contamos nuestras aventuras como verdaderas, pero nunca han salido de nuestra piel y nuestras hormonas. Sin embargo, estructuramos todo partiendo de nuestra posición, y en nuestra incertidumbre, afirmamos el orden de las cosas a modo de consuelo; sosiego ante el miedo que nos causa la angustia del vivir sabiéndonos mortales, últimos mortales de una estirpe de muertos.

Así, necesitamos la verdad, y creemos en ella, pero en cuanto no sale de nuestra boca o de la de quienes nos parece que dicen cosas bonitas, la verdad es mentira. La verdad es mía y egoísta. La historia es la que yo cuento. Todas las demás me dan igual, siempre que no me sienta apuntadx por ellas o abrazadx por sus gestos. Así, en este tiempo confuso, perdido, sin rocas en el horizonte del inmenso mar en el que estamos vagando desde que nacimos, náufragos, creo que el destino está en seguir en la aporía de la verdad, de la historia, y en multiplicar el problema millares de veces, como el cáncer que el mal hábito genera y destruye. Prolifera nuestra metástasis, y ataca a la historia, pero no a la verdad. Así, moriremos ahogados entre cientos de cuentos, como individuos egoístas que saben que todos ellos son mentira, salvo el suyo propio. Naufragamos sí, pero tenemos la verdad, la verdad de una historia hiperexcitada y ecléctica que no podemos evitar saber que es mentira. He aquí el desconsuelo. Descansa en paz, sí puedes.

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