El uso de la historia- El niño detrás de las barbas

La historia es una de esas disciplinas que nunca dejan indiferente a nadie, despierta el interés de muchos que tienden a idealizar y proyectar según sus prioridades lo que creen saber sobre ella. Escenario de fondo de libros y películas, no siempre se la ha respetado como creo que merece, especialmente en el mundo del cine (y cuando digo  cine me refiero especialmente a Hollywood) que ha contribuido a extender la mayoría de los tópicos existentes sobre los distintos periodos históricos. Pero el interés por la historia no se limita a una mera cuestión de ocio. El pasado puede ser una herramienta muy poderosa y desde los albores de la historia, civilizaciones, imperios y reyes han sabido utilizarla a su favor, manipulando o adaptando la versión que más les interesaba para sus propósitos políticos.

Si bien en el mundo contemporáneo son las ideologías y los conflictos colindantes a la Segunda Guerra Mundial los que despiertan pasiones y de los que mayor uso político se hace, el periodo histórico que más se ha utilizado como elemento legitimador de estructuras políticas posteriores ha sido durante mucho tiempo el Imperio Romano. Los emperadores de Constantinopla mantuvieron el título durante siglos, herederos directos del antiguo Imperio se presentaban así mismos como la cuna de la civilización, los únicos que mantenían a flote el glorioso pasado de Roma. El monopolio ejercido por Constantinopla se perderá con la irrupción de Carlomagno, el principal artífice del Imperio Carolingio (1) logró ser nombrado emperador por el Papa, que a su vez retenía bajo sus espaldas parte de la herencia romana al estar ubicada su sede en la antigua capital del Imperio. Este monarca establecería las bases de lo que será conocido como Sacro Imperio Romano, entidad política ubicada en torno a la actual Alemania, aunque superaba sus límites territoriales actuales. Para entonces la asociación emperador-defensor del cristianismo ya estaba bien asentada en el imaginario social y si no que se lo digan a Carlos V que, siglos después, hipotecó buena parte de su hacienda, y por ende de la castellana, con tal de lograr el ansiado título imperial con el cual pretendía legitimarse como cabeza de la cristiandad y liderar al resto de reinos cristianos en la lucha contra el infiel, cuyo máximo exponente era en ese momento el Imperio Otomano. Planes que se vieron frustrados por la eclosión de las revueltas protestantes y las luchas con Francia. Acercándonos mucho más a nuestro tiempo, el propio Mussolini promovió una recuperación absoluta de la estética romana, sobre todo en lo militar, que actúo como un elemento de atracción y de legitimación del régimen. Italia era heredera del Imperio Europeo de mayor longevidad, y Mussolíni quería volver a reubicarla en la posición que “merecía”. La reivindicación del pasado romano se entremezclaba con el sentimiento nacionalista, de orgullo por la patria, que hoy en día aún sigue siendo fuerza rectora del pensamiento de las masas.

Por supuesto, en todos los ejemplos nombrados lo que se ha llevado a cabo ha sido un uso intencionado del pasado histórico en pos de unos beneficios concretos. Poco tenía que ver el heterogéneo Sacro Imperio Germánico, cuyos territorios se gestionaban de manera autónoma respecto al emperador, y que mantenía un poderío nominal pero no práctico, con el Imperio Romano capaz de someter e integrar bajo un mando efectivo todos los espacios conquistados. Qué decir de la Italia fascista de Mussolini, la existencia de una figura autocrática a la cabeza del territorio italiano podría ser de los pocos rasgos en común que tuviesen ambas entidades territoriales (eso omitiendo el largo periodo republicano de Roma). Y es que el uso intencionado de un pasado lejano (importante que sea lejano) para justificar situaciones políticas o reivindicaciones del presente es siempre peligroso y en la mayoría de los casos anacrónico. Pongamos por ejemplo los nacionalismos. Desde su nacimiento, los estados-nación han recurrido al pasado histórico para justificar las entidades territoriales que los componen, pero la realidad es que a lo largo de la historia esos territorios han mudado de manos, reyes e incluso culturas. Las fronteras actuales claro que son fruto del devenir histórico, pero creer que en este momento son inmutables es un completo error, al igual que en el pasado los distintos espacios cambiaron de manos o se organizaron bajo entidades políticas variadas, pensar ahora que nuestra realidad permanecerá inalterable por toda la eternidad demuestra muy poco conocimiento del pasado. Los nacionalismos en Europa se basan, en realidad, en una identificación ante todo cultural (2) y lingüística, pero, sobre todo, consisten en una cuestión puramente sentimental y nada objetiva ¿es acaso más cercano en valores y carácter el vasco que reside en Guipúzcoa al andaluz que vive en Sevilla respecto a su vecino francés de Hendaya? Me resulta difícil de creer.

El conflicto catalán ha dejado buenos ejemplos de manipulación histórica tanto en un bando como en otro. Para aquellos que no se cansan de repetir que España es una y no 51 les tengo que decir que la península estuvo dividida en infinidad de entidades políticas de pequeño alcance antes de ser dominada durante siglos por los romanos, tras las invasiones bárbaras estos fueron sustituidos (3) por los visigodos para después ser conquistados por grupos árabes y bereberes cuyos últimos descendientes no fueron expulsados hasta 1492. Los musulmanes permanecieron más tiempo en Granada del que todavía ha transcurrido desde su conquista. Todo resulta más divertido si además recordamos que nuestro actual monarca es borbón, lo que quiere decir que tiene origen francés. Por tanto, España ha sido una realidad variable cuya configuración como tal comienza a tomar forma solo a partir del siglo XVIII. Aún más, que Portugal sea un país independiente y no Cataluña es en buena medida fruto de las decisiones que tomó Felipe IV, cuando en 1640 ambos territorios se revelaron el monarca austriaco optó por dar preferencia al territorio catalán limitando el frente portugués a una mera línea defensiva. Cuando la revuelta catalana fue suprimida ya no había recursos ni fuerzas para acometer la empresa de Portugal y este se configuró de nuevo en un reino independiente de la corona española. En resumen, que las fronteras cambiaron, cambian y cambiarán.

Igualmente ilógico es tratar de reivindicar la independencia catalana como un paso inevitable de su historia siempre diferenciada del opresor estado español. Mucho me temo que no. El reino de Cataluña formaba parte de una configuración más amplia que era la corona de Aragón, la cual incluía además la actual provincia homónima y Valencia, ambos reinos con identidad propia. La Corona se unificó con la Castellana tras el matrimonio de Fernando e Isabel, los Reyes Católicos. Valencia tendría los mismos argumentos que Cataluña para reivindicar su independencia, formó parte de la misma entidad política, sus privilegios fueron suprimidos al mismo tiempo y tiene también su idioma propio. Que no se me malinterprete. No quiero decir que Cataluña no tenga derecho a reivindicar su independencia, simplemente quiero recordar que el pasado histórico no es más que eso, una trayectoria, y que por tanto no podemos justificar nuestras reivindicaciones en base a ello. Nuestro mundo nada tiene que ver con el del siglo XVI o XVIII, la población catalana tiene sus propias razones para querer independizarse y lo respeto profundamente, pero dichas reivindicaciones no vienen dadas irremediablemente por el pasado. Aprendamos de la historia, pero no la utilicemos irresponsablemente.

El otro y último aspecto que quiero destacar respecto a los usos de la historia es el peligro de la malinterpretación. Es una tendencia habitual el trasladar nuestros valores actuales a periodos históricos pasados, pero hay que comprender que el horizonte mental de las sociedades modernas (4), medievales o antiguas era radicalmente distinto al nuestro, poseían sus propias valores y prioridades y actuaban en concordancia con ellas, por ello debemos ser muy prudentes a la hora de juzgar otros periodos históricos. Lo que hoy en día nos escandaliza en su momento probablemente se trataban de actitudes normalizadas y socialmente aceptadas en la época, al igual que nosotros nos escandalizamos sobre muchos aspectos del pasado las generaciones futuras también se abochornarán de nosotros, según la historia avanza los valores cambian y lo correcto en un momento determinado puede dejar de serlo en el futuro. Si por ejemplo juzgamos a todos nuestros personajes históricos desde una perspectiva de género concluiremos, y con razón, que todos eran unos machistas, pero en un momento en el que la conciencia de género ni existía ¿hasta qué punto podemos culparlos de ello? Muy diferente es ahora en el que tenemos información de sobra y la percepción suficiente como para ser conscientes del problema, vaya, que ya no tenemos escusa.

Pensemos, por ejemplo, en la conquista de América. Nadie con un mínimo conocimiento histórico negará que la ocupación castellana del nuevo continente fue brutal y despiadada, aniquilando a los indígenas y esclavizándolos a través del sistema de las encomiendas. Pero tampoco debemos caer en el error de idealizar a los pueblos originarios, éstos estaban subdivididos en tribus enfrentadas unas con otras, algunas opresoras y otras oprimidas, los rituales de sacrificio e incluso canibalismo (práctica que hoy nos horrorizaría) eran también algo extendido. Cuando se dice que fue un genocidio es hasta cierto punto cierto, aunque la mayoría de indígenas murieron por el contagio de enfermedades más que por los efectos más directos de la conquista, pero la realidad es que se trató de una simple cuestión de equilibrio de fuerzas. Si algunas de estas tribus hubiesen tenido la capacidad, no habrían tenido la menor duda de actuar de la misma forma. Mayas e incas tenían sometidos a los pueblos del entorno. En definitiva, tratemos de comprender los procesos en base a los valores de la época, en los que la muerte y la violencia eran prácticas habituales y muy normalizadas. Hay que comprender también lo limitado de su mundo,, la mayoría son nacidos en pueblos o ciudades de reducido tamaño y con muy pocas posibilidades formativas, la ignorancia era predominante entre aquellos que embarcaron hacia América. Si a la falta de unos valores éticos como los actuales le añadimos el contraste que debió suponer para esos conquistadores encontrarse en un territorio lejano, con indígenas de costumbres extrañas, envalentonados por la superioridad moral que creían les otorgaba su fe cristiana, amparados por la innegable superioridad tecnológica, y sobre todo, con importantes dosis de miedo, bien la tragedia estaba servida. No idealicemos ni demonicemos a unos ni a otros, la realidad es que en aquella época la mayoría de los comportamientos y valores que imperaban serían hoy en día motivo de escándalo. Que esto no sirva de excusa para no hablar del pasado, la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial se desarrollan en momentos históricos mucho más cercanos, momento en el que buena parte de los valores actuales ya existían o se estaban desarrollando. Además, en aquel contexto buena parte de la sociedad rechazó los fascismos mientras que en el siglo XVI prácticamente nadie puso en cuestión la conquista de América. Otros tiempos, otros valores, otra mentalidad.

El niño detrás de las barbas


(1) Uno de los principales Imperios medievales (incluía Francia, parte de Alemania y el norte de Italia) que durante el reinado del mencionado monarca no tuvo rival en todo el occidente europeo.

(2) La historia sería, a mi entender, un pilar más de ese bagaje cultural más amplio.

(3)  Aunque más que una sustitución lo que se produce es una mezcla de las élites romanas con las visigodas a través de matrimonios y alianzas varias.

(4) Siglos XV-XVIII (no confundir con contemporáneas).

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