Soledades – Zule

Atención: Todas las faltas que aparezcan a continuación serán virtud de la dislexia.

 

Había alguien que se sentía solx, incluso aunque siempre estuviera con gente. Estar con gente parecía un modo de mitigar la soledad, pero como todo el mundo sabe, no siempre lo era. Las personas podían ser atractivas, curiosas, asombrosas, amables, amadas. Podían llenar los grandes vacíos del Yo. Incluso, a veces, eran capaces de ensancharlo. Lo hacían ensanchandose ellas mismas, saliendo de sí para abrazar a ese Yo que se siente tan solitario -arrinconado y cabeceante- como el caballo de madera que sabe que nunca volverá a sostener el trasero de ninguna criatura sapiens que le vuelva a hacer sentir un noble corcel. Su destino es la hoguera, pero lucha por mantenerse en sí, aunque sea solo. No quiere ser astillas, no quiere olvidarse de sí mismo.

Las personas sacian la sed de comunicación cuando no están solas. El amor sacia la sed del deseo. Pero el deseo, aún saciado, sigue sediento. Por eso la soledad siempre rondaba detrás de cada despedida. Subyacía incluso debajo de cada frase. Y cuando las personas se iban -y en este cambiante mundo sin centro, se acababan yendo siempre- la soledad atacaba, hincando sus garras en la espalda vestida.

Puede que la soledad estuviese porque ese alguien sin nadie fuese un animal social y con lenguaje, uno de esos bichos vivientes con tradición. Hay quien pensará que entonces solo puedo hablar de un tipo de bicho, uno especialmente digno. Yo creo que muchos bichos viven así. Al caso, es que el sentir lleva a querer compartir lo que se siente. No podemos evitar sentir, y por tanto, no dejamos de acumular información egoísta que necesita una oreja que la ayude a ordenarse. Todo es tan confuso, que sin salir de nosotrxs no podemos mantenernos a nosotrxs mismxs. No compartir toda esa información -que solo está en nuestra quijotera- lleva a la locura: desorden de lo pensado que tiende a la nada. Y la locura duele, y aísla, y es un tabú precisamente por eso. La locura es la sublime verdad de un Yo que ya solo existe en sí y para sí, poseedor de todo ese mundo interno que ya no puede ser de nadie. Salir de ella es romper un velo que ahoga al Yo. Es permitir que salga todo eso antes de estallar con violencia. Es la olla a presión sacando a caladas el vapor; constante, ardiente. No llega a estallar, aunque le tiembla el cuerpo, que rebosa. La soledad duele, pues desborda. En especial si se piensa demasiado, especialmente si se siente demasiado.

La sociedad no puede asumir que la gente esté loca. La sociedad no puede asumir que una de sus partes componentes -eso llamado individuo- no interactúe con el todo. Eso sería no acatar la ley, olvidar los mitos, diluir el propio ADN en mentiras egoístas. Desaparecen los dioses, la tradición, los ancestros, la descendencia. Se extingue el otro. El mundo es cartesiano: no lo puebla nada más allá de lo que siento en mi cabeza. Estoy en el otro lado, el reino de la esquizofrenia. Sí lo has visitado, sabes lo que digo.

¿Qué hacemos entonces con la soledad? Desecharla. No la queremos. No quiero saber qué soy Yo. No quiero saberlo. Sin embargo, tampoco quiero recordar quién soy Yo. Para olvidarlo tengo que recordar quién creo que soy. Para eso necesito soledad. Maldita contradicción. Puedo ir andando solo por el parque. Un recuerdo viene a mi cabeza. Rayos de sol. Césped. Una pirámide de cuerdas. Olor a croissant francés. Unos ojos melosos. Una sonrisa oculta. Una margarita. Ya no estoy solo, aunque lo esté. No lo estoy porque puedo llamar y evocar ese momento, o cualquier otro de todos los vividos en este nuestro único mundo posible. Puedo recordar una nochebuena tocando punk antes de la cena. El turrón después sabía a manifiestos adolescentes y el champán caducaba el 14N. Puedo oler un porro mirando Madrid desde la Cuña Verde. Mientras sus rizos de humo acarician nuestras napias, nos lamentamos entorno al canto de los grillos. Qué perra es la vida. A veces nos muerde, otras nos ladra y, de vez en cuando, nos da un lametazo. Recuerdo una voz que dijo eso en algún momento en el que no estuve solo. Puedo retraer otra conversación que cambia las cabezas de sitio, pone bocas en palabras, haciendo fundirse a quienes están en ella en la más dolorosa comprensión. Ella nos desgarra incluso ahora en el recuerdo, porque ni él ni yo estamos solos porque entonces no lo estuvimos.

Viene entonces el contrapunto, que distorsiona. Al invertirse el rol, miles de personas gritan un eslogan. Yo, en la multitud, también lo grito. Estoy completamente solo. Nuestras voces atruenan gritando el mismo eslogan, pero en mi susurra la consciencia de que estoy del todo solo. Una fiesta nocturna. La gente habla de cosas que me la sudan, como el fútbol, las marcas o el partido menos malo. Yo sonrío, asiento, e incluso digo algo al hilo. No tiene nada que ver, pero impresiona a todxs. Mientras afirman sonrientes con la cabeza, me llevo la conversación a mi terreno. Empieza la filosofía. A la primera respuesta, me doy cuenta de la verdad: aún sigo solo. Sonrió, respondo, y sigo hablando de cosas, en soledad, pero con gente. La noche no deja de ser agradable, aunque es solitaria. Trato de disimular. No quiero que sepan que me siento solo. No es culpa suya, pero necesito un chute de gente o un cigarro y otra cerveza. Opto por lo segundo, con una sonrisa y un guiño rockero. En peores estuvimos, no pasa nada. Alguien entiende lo que quiero decir, pero como cree que me entiende, piensa que ya no me siento solo. Lo siento, cielo, pero estoy solo. Por eso ya bebo una copa de whisky. Creo que ahí es cuando empiezo a buscar sexo de rebajas o a pasarme con las drogas. O el contacto o el olvido taparan esta sensación de mierda con uno de sus sabrosos sucedáneos. Pero al final, como soy demasiado sincero, simplemente dejo pasar todas las oportunidades. Es medio queriendo medio sin querer. Quiero no hacerlo, pero me siento solo. Por eso miro al techo y cuento historias con el gotelé. Son historias irrecordables y nunca narradas, que son un recuerdo mío, solo.

No es culpa de la gente. La gente es simpática. Creo que incluso puede decirse que es buena, si la pillas en un buen momento. Es culpa mía. Algo falla, pero no sé el qué. Entonces recuerdo una rave, o un bolo, algún sitio con música donde bailar -con o sin drogas. Es un ritual obligado. Solo hay música y ojos cerrados. Muevo los brazos, las piernas, las caderas. El calor de la emoción recorre mi cuerpo. Las células se extasían en sí solas y en su danza. Bailo, y bailo, en ese baile de Dionisos que me encierra en mi y en el cosmos todo. Vivo la raíz fáunica del mundo. Lamento una sonrisa escondida, con notas sueltas y afinadas que canto mudamente, aunque a voces, hacia el baffle. Nadie nos oye. Esta es mi intimidad pública. Estoy solo, pero conmigo, y a la vez con el cosmos. La gente que me rodea no está, no existe. Estoy dulcemente solo, y por ello, estoy con el mundo, todo.

Entonces me pregunto: por qué hay tantas soledades y por qué unas son agradables, y otras dolorosas. Está esa romántica soledad que me une -yo aislado- con el cosmos todo. Está la soledad de la incomprensión, que aunque siempre haya sido un romántico reclamo para quienes se desean aristócratas, es una mierda, duele, y ojalá no existiese, porque esa es la que persiste en este mundo de individuos, donde nadie escucha, y por tanto, nadie comprende, y por tanto, nadie atiende, y por tanto, nadie cuida. Pero además está esa maravillosa sensación de, aún estando solo, no estarlo. Ella no está a la altura de mi sexual comunión conmigo y con el cosmos, pero che, ni tan mal. Da energías, y en los malos momentos, ayuda. Ayuda saber que una llamada puede hacer que la soledad desaparezca. Ayuda saber que hay quien te quiere, y a quien se quiere, y que todo es con motivos, y que todo va a futuro. De hecho, esta ausencia de soledad puede ser la más grande dicha que tengo. Porque aunque me sienta solo, sé que no lo estoy. Ya no hay tanta gente que sepa estas cosas. O confía en las redes o en su mascota. Ya no hay personas con personas, aunque queden personas que quieren estar con personas.

Pero aún así, persiste la soledad, incluso sin estar solx. Encerradxs en nuestro cubil rutinario del espacio tiempo, miramos pantallas, horas y horas, recordando como hemos sentido las cosas, imaginando como querríamos sentirlas. La soledad es una brida en las muñecas del silencio. Cuando la voz muere, se vive en soledad. Cuando el tacto se extingue, se vive en soledad. Cuando el símbolo carece de todo significado, se ha impuesto la soledad. Y el yo me encierra en mí, en no pensar en nadie más que en mí, egoísta. Oh, centro del mundo, ¿porque no te das cuenta de que estás en mi ombligo? Porque estás solx, y eres incapaz de salir del tuyo. Seamos monarquía absoluta y dictadora de nuestro propio Edén del silencio. No vengas a mi Meca de soledad, porque no te daré permiso ni aunque quiera dártelo. Prefiero vivir Yo que vivir contigo, porque puedes contagiar mi Yo con tu otredad. Prefiero llorar solx por mis perfecciones que abrazarme a un hombro y bajar la guardia. Luego me siento solx, pero las imágenes  en las que sale mi rostro, que el mundo goza y re-goza, siempre sonríen. Salen con gente, a veces: pero están solas.

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