Sola y Triste – La Derramá

En “Mujeres del siglo XX”, película dirigida por Mike Mills y estrenada en 2016, el hijo adolescente de la protagonista —una viuda de unos 55 años llamada Dorothea—, llegado un determinado momento del metraje, le dice a su madre: “¿Por qué te conformas con estar sola y triste?”.

Asumiendo cierto grado de suspicacia, partiremos de que la soledad se trata en esta película como un estado estereotípicamente derivado de la viudedad cuya presencia la protagonista parece querer obviar a toda costa. El método que Dorothea desempeña para llevar a cabo su evitación tiene que ver, sobre todo, con llenar su vida de otras vidas. El personaje, —interpretado por una Anette Benning espléndida, por otra parte— va buscando desesperadamente ocupar la vacuidad de sus días con historias ajenas, cuyos entresijos engrandece hasta unas dimensiones desproporcionadas, revelándose éstas como una trama de causas complejas y consecuencias dramáticas las cuales el personaje de Benning intenta, con empeño, solucionar. Se observa, entonces, que el relativo estado de plenitud que aparentemente habría aportado a Dorothea una vida en pareja que se ha visto truncada, se sustituye con intentos desesperados de introducirse en los demás. Esto guarda una profunda y bastante evidente relación con esa actitud generalmente aprendida —con la que, parcialmente aún hoy y para mi propio terror, en ocasiones tiendo a identificarme—, de situar nuestro destino como mujeres en el cuidado de los otros. Destino que, de rechazarse, suele tender a implicar, para la mujer
en cuestión, una reducción de sí misma al más puro egoísmo (este mecanismo se observa, por poner un ejemplo reciente, en las asociaciones constantes entre “aborto =
egoísmo” que se han producido en Argentina). En Dorothea, como en tantos otros y diversos ejemplos cinematográficos y literarios, la soledad aparece cuando el cuidado se expone a las consecuencias de ese construirse como fin último. Así, cuando ya nadie
necesita cuidados, aparece el vacío¹.

De forma primaria y como juicio sencillo de aproximación, en esta película se parte de una clara alergia a la soledad, (la cual da cuenta de la alta dosis de veneno que impregna la intervención citada). La soledad, en fin, como un factum que más valdría hacer desaparecer. Si bien es casi obsceno pretender dar aquí con la causa de la evitación y el miedo que rodean la soledad de Dorothea, sí surge una interesante diferenciación que puede apuntar una vía de inicio concreta. Acudamos, como catalizadores de este análisis, a David Foster Wallace y su estudio, centrado en las relaciones entre el hecho de ser solitario y la afición por ver la televisión, titulado “E unibus pluram”. La reflexión de Foster Wallace no deja de moverse, a nivel disciplinar, por el mismo terreno que nuestra película: la psicología. Lo que hace este autor es aportar una distinción fundamental de los sujetos en dos grupos según dónde se sitúen frente a historias ajenas. En realidad, hablará sobre todo de aquellos que se encuentran más a gusto estando solos que rodeados de otros, quienes se refugian en dicha realidad material en la que no hay nadie más y conforman los llamados “solitarios”: “A los  solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal… la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente. La gente les afecta
demasiado”². La televisión es ideal para los solitarios. Aparte, y desde un pragmatismo por naturaleza antirromántico, se puede añadir que, si somos solitarios, la tele y, muy posiblemente, derivados que aún ni imaginamos, van a ser grandes aliados de nuestra vejez.

Evidentemente aquí hay una primera y apremiante especificación: una cosa es la soledad y otra la gente solitaria. Sin mayor ánimo que el de crear una separación imaria, se tratará, por un lado, la soledad como estado de ánimo que envuelve y determina la percepción sensitiva de la existencia individual, —es decir, el sentirse solx—, frente a ser solitarix, que desde su función de atributo ya nos indica su ser un rasgo o tendencia de la personalidad, que en este caso se define por una preferencia o aprecio por los momentos o acciones que implican estar con uno mismo, sin la intervención de nadie más. Lo interesante se encuentra en cómo, a pesar de la presencia común y evidente de las narrativas ajenas en ambos sistemas, pueden aparecer tratamientos opuestos de las mismas, no por ello incompatibles. En este caso, no tenemos forma de saber que Dorothea no sea, una parte importante del tiempo, una persona solitaria. Desde luego, no es una mujer que tenga alergia a la gente, es más, le encanta la gente. Pero también le gusta leer historias de otros, en las que no puede colaborar; ver la televisión, en la que no puede intervenir; y, por lo que muestra, es lo suficientemente exigente para preferir estar soltera que colgarse de tipos que no estima vayan a compensarle demasiado en su vida. En síntesis: que haber sido una persona solitaria toda la vida y querer evitar la soledad parecen, por ahora, totalmente armonizables. Sin embargo, observamos que no hay forma de fundamentar una necesidad lógica que deduzca del hecho de sentirse sola la consecuencia de necesitar tapar la soledad ocupándose de las historias y problemas de los demás. Es decir, que esa tendencia debe atribuirse a otra causa. Podríamos relacionarla con un rasgo personal de Dorothea, pero resulta una salida sumamente ingenua y simplona.

Puede que el análisis de Foster Wallace, que funciona perfectamente en su ensayo y del que no se deduce pretensión alguna de ir más allá, llame a volverse más sutil si se confronta el ser solitaria con esta manera de reaccionar a la soledad. De alguna forma,
se establece una concomitancia entre el gusto por ser una observadora pasiva y necesitar
estar activa y constantemente inmiscuyéndose en asuntos ajenos que, si no refuta en ningún caso el terreno en que se mueve Foster Wallace, sí llama a ir un paso más allá
del mismo. O, más bien, a dar un paso atrás. Atendemos, pues, no sólo a la especificación de una diferenciación semántica necesaria entre el binomio solitario/soledad, sino también a la introducción de lo que aquí atribuyo a una actitud aprehendida en relación con el género femenino, la cual adquiere un lugar trascendental.

A pesar de todo, parece que Dorothea sí necesita cuidar de los demás para concebir su forma de vida: para concebirse como sujeto de manera que, finalmente, la soledad pasa a ser relevante desde esa suspicacia casi anecdótica con la que comenzábamos, sin cuya potenciación como elemento estructural de análisis no podrían generarse discursos
alternativos que construyan las herramientas necesarias para concebir la soledad de otra manera. Con lo dicho, puede que lo único que podamos sacar en claro de todo esto es la necesidad imperiosa de preguntarnos si es mera desconfianza o cinismo lo que tiende a clasificarse como tal. Y eso, creo, sólo puede hacerse ignorando soberanamente dicha atribución inicial y buscando recoger en primer lugar los frutos que, siempre desde la honestidad y el rigor, nos ofrezca el árbol de la sospecha.

 


¹  Me gustaría hacer constar que la referencia a las implicaciones de género no es fruto del oportunismo,sino que aparecen de forma casi espontánea al analizar la morfología de la soledad como vacuidad concreta en este caso. Aun con todo esto, me sorprende cómo encuentro pertinente esta justificación para con mi propia deriva argumental.

² Foster Wallace, D., “E unibus pluram”, en Algo supuestamente divertido que nunca  volveré a hacer, trad. Javier Calvo, Mondadori, Barcelona, 2008, p. 35.

 

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