Nosotros, los desheredados (abismos sin eco) – Don Sombra sin hombre

“Los hombres necesitan hasta tal punto aferrarse a algo que son capaces de plantar las manos sobre una lanza envenenada.”

El último hombre, Mary Shelley

La cita anterior no es casual. Todos estos días mientras daba forma al artículo recordaba la figura desdichada del monstruo de Víctor Frankenstein. Este engendro, al comenzar a comprender lo desdichado de su futura existencia por su fealdad y horribles orígenes, decide rogar y más tarde exigir al doctor Victor Frankestein que repita la hazaña que ya logró con él mismo, el moderno Prometeo, y le dote de una compañera igualmente horrible con la que poder verse como un igual y vencer el rechazo al que se veía condenado por su físico malogrado. El monstruo había sido testigo de las relaciones sociales entre los humanos admirando a la vez lo hermoso de estas relaciones junto con lo deplorable y lamentable de las mismas. Él también tenía derecho a disfrutar, reír y convivir con otros hombres que pudiesen corresponder su afecto y no huyeran al ver su aspecto de pesadilla.

Victor se niega en rotundo a recaer de nuevo en su actitud sacrílega a la vez que se reafirma en su intención de asesinar a la bestia, extirpando así la plaga monstruosa que él mismo ha creado. El engendro, furioso ahora, jura venganza y desaparece.

Sigamos la sombra de este miserable monstruo y como él mismo hace lamentémonos de la anemia social que sufre debido a su imposibilidad para relacionarse con otros seres humanos. A pesar de lo vomitivo de su aspecto, de las cicatrices que recorren todo su cuerpo y de los labios negros de su sonrisa es capaz de comprender las relaciones de afecto que ve y desearlas. Hasta intenta establecer lazos emocionales con otros seres humanos pero siempre es rechazado debido a su abominable aspecto. Si aceptamos el escenario planteado por Mary Shelley comprendemos que el monstruo es capaz de sentir en lo más hondo de sí dolor al ver cómo la gente huye en cuanto le ven y que no corresponden su intento de empatizar. Salvando las distancias de la imaginación podemos hacer su sufrimiento nuestro y la incapacidad para salir de la soledad una traducción del drama de la criatura de Frankestein al lenguaje moderno. Éste es sólo un espejo que muestra como la soledad nos deforma y contamina.

La soledad que aquí planteo no es la soledad elegida libremente, aquella que supone un momento de tranquilidad para parar y tomar aire antes de continuar hacia delante. Tampoco hablo de la soledad elegida por el artista y a la que se entrega como precio por su trabajo. Es un coste pequeño para poder dedicarse y consagrarse a la producción de una obra. En ese sentido los silencios espaciales y emocionales son necesarios para focalizarse.

Todas estas formas de soledad resultan fortalecedoras pero no recogen el matiz trágico que yo busco. Además, estas en verdad se dicen independencia y son distintas a la pura soledad. Si admito un significado positivo a la palabra soledad este vendrá derivado del aislamiento maleando así su significado hasta volverlo germinante de fuerzas renovadas y posteriores exilios libremente elegidos. Para mí eso no es soledad, al menos no en el sentido que aquí pretendo entenderla. ¿Entonces loneliness o solitude? Si nos apoyamos en la distinción inglesa veremos todo bastante más claro: aquí escojo loneliness

La soledad de la que hablo no es aquella que libera, simplificando las cosas por fáciles y ayudando a soltar lastre para volverle a uno más ligero. No. La soledad de la que hablo es aquella que aísla, encarcela, obliga y fuerza hacia delante como única alternativa posible. Al igual que el suicida ve como en un momento dado todos los caminos se simplifican en uno de no retorno, el que sufre de soledad ve como esta devora el resto de alternativas y se erige como la única vía posible por impuesta. El ahora solitario camina de la mano de aquello que lo consume.

Al principio esta soledad se presenta como opción única: parece que no tengo otras alternativas para socializar – la gran mentira que se creen los solitarios desesperados – por lo que acepto la soledad que me viene dada. Tampoco será tan mala. La hago mía. La aprovecho y la utilizo para volverme más fuerte. Me retroalimento con ella y crezco. Me siento más fuerte. Al menos de momento.

La soledad resignada no se elige sino que viene dada del exterior – léase impuesta –, forzándonos a habitar una jaula de cristal de la cual no somos conscientes. La soledad así vista realmente no libera: en un primer momento uno saborea la plena capacidad de sus fuerzas. Al vernos solos automáticamente hacemos acopio de fuerzas volviéndonos plenamente conscientes de nuestras capacidades. Nos disfrutamos plenipotentes sobre nuestra realidad inmediata. Si viene ahora un nuevo envite podré contrarrestarlo sin problemas al sentirme plenamente consciente de mis capacidades. Esto, sin embargo, es sólo la primera etapa en este proceso. Al igual que se dice del veneno también se puede decir de la soledad: mejor en frascos pequeños por lo que pueda pasar. Poca soledad empodera, mucha soledad asfixia y agota. Más allá del momento inicial de romance con uno mismo, te acabas dando cuenta de lo angustioso de la soledad al volverla un hábito diario.

Aparece entonces otra soledad, la soledad de verse sólo y de sentirse apartado en un lugar lejano sin puentes ni caminos hacia nadie. Es la angustia del fracaso, del saberse en soledad impuesta y no ser capaz de vencerla. Es la derrota al sentirse minúsculo e incapaz. Es la soledad de verse rodeado de gente y aun así notarse a kilómetros de ellos. Es sentirse reducido. A la vez también es el drama de sentirse solo en compañía de la pareja elegida. O yendo más allá, es el agobio de saberse perdido a su lado. La soledad lastra y debilita.

Y no es raro que entonces que uno se aferre a lo que encuentre que le dé consuelo, ya sean las cervezas diarias o unas sirenas recauchutadas de sonrisa pícara y curvas demasiado peligrosas. Al igual que el desdichado hijo-creación de Victor Frankestein, cada uno se refugia y se escuda en aquello en lo que cree ser más fuerte: deseos de venganza, un litro de cerveza diario junto con una mirada perdida al infinito o un consumo obsesivo y diario de pornografía comercial. No olvidemos en ningún momento el destino del monstruo: este pone fin a su vida después de

despedirse con dolor de quien fue – teóricamente – su padre. La muerte de este engendro es velada aunque explicita, la soledad asegura una muerte emocional implícita y sosegada.

Estas princesas de juventud perpetua y placer constante, es obligatorio admitirlo, son la vía fácil casi por obvia. Dicen: “Mírame y córrete. No pienses, no sufras, no llores. Mírame, aquí y ahora estoy yo, no tú, mírame. Sólo a mí. Solos tú y yo. Sólo yo. Disfrútame”. Acosado por la soledad y creyendo elegir lo correcto – ya sólo se tienen oídos para lo que dice la propia soledad – uno decide bucear para después ahogarse frente a un monitor y una pornografía que no juzga ni discute, pero que tampoco ayuda. El drama entonces queda como sigue: el esclavo no se ve como tal y se aferra a conductas destructivas que repite de forma cíclica. Los salvavidas aquí no existen, y más que sacar a flote lo único que hacen es anegar más el conflicto con el que lidia aquel que sufre de soledad. Una soledad que es impuesta y recordemos, no elegida. Los lloros vienen entonces cuando se es consciente de que el consumo paliativo sólo sirve para ocultar la cancerosis de la soledad.

Tomemos aire. Por suerte no estamos tan mal, o al menos eso parece. La pose trágica a menudo es seductora. Como Gandalf ante el infernal Balrog este héroe trágico afronta su destino estoicamente y acepta los costes del mismo. A veces resistir es vencer, diría Cristina García Rodero, pero aquí no. Un yo mismo idealizado, simplificado y embellecido por una romantización mezquina sufre la derrota de forma triunfalista y acepta el drama de su soledad. ¿Victorioso ante quién? Quizás ante los otros que se ven animados por la entereza y deciden seguir hacia adelante. El lastre se queda por el camino y aquel que coquetea con la soledad debe afrontarla una vez se queda solo: esta cada vez pesa más, le aísla a uno y le deja sin la energía para salir de ella, volviéndole ciego ante las posibles herramientas.

En un momento de nuestro presente en que parece que cada vez nos volvemos más ciegos al otro (ya sé que es impreciso y de cuñado repetir cualquier tiempo pasado fue mejor) a pesar de contar con infinidad de canales que podemos abrir en nuestro vivir diario. Es imposible saber que batalla interna mantiene el compañero del asiento que tenemos al lado, por lo que debemos ser comprensivos y tolerantes ante el dolor de los demás1. Y ayudar siempre que podamos. Ya lo dice la autoayuda: una sonrisa no cuesta nada y vale mucho.

Bromas aparte, debemos tener cuidado al concebir la soledad: esta puede darnos las alas de la independencia pero también, como hemos visto en este artículo, puede arrastrarnos a un pozo del cual es cada día más difícil salir. Es entonces cuando debemos tender vías de auxilio y no tolerar bastardos deformes de la libertad y la independencia. A fin de cuentas la soledad es eso, pura y simple soledad, y no sirve ni como huida ni como salida.

                         s de silencio, de suicida, de salida

                              y de susurros por salvarme

                                  2

                                     1

El juego de palabras y la alusión velada a Susan Sontag son reales. Caminar junto a ella a través de sus textos es una delicia a la que animo al lector. 2

Fragmento de la canción Cada uno en su lugar, de Agorazein

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