La Soledad Romántica: El caso Baudelaire – Liza Femonoe

“Cuando haya inspirado asco y horror universal, habré conquistado la soledad”

Charles Baudelaire

Abstract:

La Soledad no solo ha sido un tema recurrente en la obra de Charles Baudelaire, sino que, como un destino que hace las veces de herida y puñal, ha constituido uno de los pilares que sostienen la demoledora crítica que Jean Paul Sartre lanzó contra su coterráneo en un duro ensayo de 1947. La radicalidad del filósofo existencialista no se limitará a poner en tela de juicio la obra en particular del poeta, sino que hará que se tambaleen los cimientos mismos de la poesía. Bajo su juicio, late una misma pregunta: ¿es acaso la Soledad de Baudelaire culpable?

Artículo:

ADVERTENCIA:

Para la comprensión del presente escrito, se recomienda leer el décimo poema en prosa publicado en “El Spleen de París” de Charles Baudelaire, titulado “A la una de la mañana”.

El libro del que se sustrae el poema al que dedicamos nuestro artículo, pertenece digamos, a un “experimento” de Baudelaire por captar la impresión a la fuga en el París de 1859. El componente efímero juega un papel imprescindible en el núcleo de lo bello, lo que supone una ruptura con la tradición, en el sentido de conceder una especial relevancia a lo inmediato. De esta manera, en el poema al que apuntamos, el narrador vuelve a casa tras un día que se compone de impresiones en la ciudad. Habla de ellas como de imágenes en movimiento que se desvanecen, como si de fotografías desenfocadas se tratasen. Estas imágenes operan a modo de reflejo, en el sentido de captar la contradicción que suponen las obligaciones diarias del narrador, ya sean sociales o laborales, en confrontación con su espíritu poético. Para resolver contradicción tal, ejercita una perversa imaginación a fin de humillarlas, como si de esta manera “compensase” el desgaste anímico que le suponen. Al llegar a casa a la una de la mañana tal como reza el título, por fin “desaparece la tiraría del rostro humano”, pudiendo sufrir “sólo por él mismo”. Sin embargo, esta soledad le ofrece “silencio”, mas no “descanso”, pues una vez aislado en su hogar, se cuelan por las rendijas de su memoria aquellas impresiones de la ciudad, así como los ingredientes con los que la imaginación sazonó el hastío, hasta volverlo inhabitable. Ese cálculo del beneficio futuro asociado a las obligaciones le hace sentir corrupto, no solo en el cotidiano, sino que es tan fuerte que atraviesa su escritura, hasta constituirse como columna vertebral. La oposición entre el Yo y el Mundo es tan profunda que se inserta en su conciencia, volviéndose indiscernible, imposibilitando una soledad ascética a la que no puede sino rendir culto como ideal inalcanzable. Podríamos decir que a diferencia del Dandy, que como modelo de excelencia aspira a esa misma soledad ascética -a costa neutralizar la sensibilidad-, el poeta tiene una pasión irreductible, que no puede sino buscar en la escritura una particular redención, expiación de la soledad que le reconcilia con el mundo, aunque sea de un modo “efímero”, consciente de su pronta autodestrucción.

Sin embargo, hay quien ha sospechado de esta “soledad”, de este intento de reconciliación fugaz con el mundo por la vía de la escritura una falla en la propia responsabilidad el escribiente. Así pues, la pregunta se abre del siguiente modo:

¿Es acaso la soledad de Baudelaire culpable? La respuesta que nos ofrece Jean Paul Sartre en un breve ensayo de 1947 titulado “Baudelaire” es tajante y dice “sí”, aunque su radicalidad corre parejas con una explicación bien compleja. Sartre sitúa esta soledad en diversos ámbitos de vida y obra del poeta, a la base de los cuales hay una tesis inicial: la soledad de Baudelaire es tan sólo la sombra de la auténtica soledad metafísica, en el sentido de que no es auténticamente libre. Tal como Sartre nos explica, es condición de posibilidad de la libertad asumir la radical soledad. Pero en el caso Baudelaire, éste no habría acabado de salir del “estado de infancia”, cuando el segundo matrimonio de su madre -a la que se encontraba muy unido-, le habría asestado golpe tal que le habría quebrado para siempre. No obstante, Sartre no se refiere a ella en términos de trágico destino, sino como consecuencia insalvable de una decisión personal e iniciática: Baudelaire habría elegido ante la soledad a la que se le ha expuesto una soledad autoimpuesta. La exposición se reconstituye en el sentido de ser siempre para los Otros un objeto; la imposición, en querer adoptar unos modelos de excelencia como el Dandy a los cuales nunca llegaría, pues le requerirían salir de la tensión en la que quiere permanecer a toda costa. No obstante, ve fruto de su lucidez cierta originalidad poética y diferencia, pues consciente de sí sabe captar este movimiento de un solo gesto. El poeta se asoma al abismo de la libertad, pero se repliega inmediatamente: se teme en su soledad. Restituye la figura del padrastro por otros ojos que le juzguen, -aquellos modelos de excelencia de los que hablábamos-, ante los cuales seguir siendo un travieso infante. Su imposibilidad de ser parte del modelo hunde sus raíces en que nunca se lo acaba de tomar demasiado enserio: quiere ser el niño al que riñen, ahí se mueve y sólo en ese paréntesis escogido ejercita su libertad. En cuanto a la figura de la madre, es restituida por mujeres a las que desea en aquella soledad debilitada. Argumenta el filósofo existencialista esta sentencia basándose en motivos biográficos: al parecer, en las mujeres a las que Baudelaire amaba se repetía un mismo patrón: por algún motivo u otro -de carácter externo a su campo de acción-, nunca podían corresponderle. De esta manera, podía permitirse desearlas sin que su deseo perturbase el mundo, un deseo infértil. Así conservaba su soledad, de manera que aquel componente del amor que le que le hubiese requerido espontaneidad quedaba neutralizado y podía configurarse como objeto ante los ojos de una mujer indiferente, ocultando su frío en la mirada de la amada. De esta manera, su “falsa soledad” hace que el mundo se configure a sus ojos como “simulacro”. Llega a las cosas antes de que sucedan, las prevé, como una reminiscencia patológica.

Lo que para Baudelaire sería totalmente real frente al simulacro que le supone el mundo sería su propia Naturaleza y aspiraría a captarla. Él es objeto ante los otros, por lo que su Naturaleza solo le sería accesible a él en su soledad. Quiere captarla, pero sólo consigue un conjunto de percepciones indefinidas sobre sus estados de ánimo: esta Naturaleza, quintaesencia de su ser se le oculta, y como una tautología concéntrica se repliega en un haz de principios inacabados y autorreferenciales. Hay aquí una ambivalencia ante tal Naturaleza: le horroriza todo lo que tiene que ver con la vida en su estado espontáneo, sin fines, pero por otra parte es lo que más ansía ver de sí mismo: sitúa la esencia antes de la existencia y su lucidez le devuelve una “insatisfacción”, siendo el dolor “su aspecto afectivo”. Esta mirada le es negada a causa de no haber tomado la decisión originaria de vivir una “vida auténtica”, de modo que en su fondo último tan sólo late “la indiferencia”, característica intrínseca del vivir en “mala fe”. Es por esto que Sartre declara la soledad de Baudelaire “culpable”, porque contra todos sus intentos de salirse del mecanismo moral del mundo desdoblando su conciencia, de evitar el cálculo de una racionalidad servil, su misma soledad se inserta en la sociedad como un engranaje más: “reclama ser otro, es cierto, pero otro entre los otros”. Es una soledad consagrada al punto de ser necesaria incluso “para el buen funcionamiento de las instituciones”. El diagnóstico de Sartre viene a decir que este simulacro de soledad ante los otros ocupa el lugar del culpable en el universo teocrático, en el sentido de cumplir un mismo papel. Baudelaire, vendría a realizar ante la pérdida de su madre, así como de una aristocracia en decadencia cuyo mecenazgo ya no podía sostener a los escritores, una transferencia simbólica de familia a los clásicos de la historia de la literatura, con la que hermanaría al integrarse en ella como inevitable heredero. Ahora bien, tras esbozar brevemente este juicio que Sartre emite sobre Baudelaire abrimos una nueva pregunta:

¿Qué consecuencias para la literatura se desprenden de una sentencia tal? A los ojos de Georges Bataille, la crítica de Sartre es tan demoledora que pone en peligro los cimientos mismos de la poesía, al punto de dedicarle un enriquecedor y extenso capítulo en “La literatura y el mal”, –compendio de artículos sobre diversos escritores publicado 1957- para asegurar su defensa. No obstante, concedámosle a Sartre por un momento un acierto absoluto en su fino análisis: ¿deberíamos entonces dejar de leer a Baudelaire? Es decir, si es cierto que sus poemas son tan solo la imagen que él se hace de sí mismo, dejando en suspensión la valorización desde, y no a causa de su coyuntura histórica, política, social y económica, ¿habría que tirarlo a la basura? La pregunta de por sí ya nos nace mal planteada, porque aun poniendo entre paréntesis el momento histórico de Baudelaire, el error de Sartre estriba exactamente en hacer trazar una equivalencia perfecta entre “vida” y “obra”. Pero si pensamos que la vida determina la obra, podemos trazar la inversión y concebir la obra como la determinación de toda una vida.

A partir de aquí reformulamos la pregunta y apuntamos explícitamente a la cuestión que tanto parece turbar tácitamente a Sartre: si fuese así, ¿dónde reside la libertad creadora? Merleau Ponty respondería en su análisis a propósito de Cézanne situando esta libertad precisamente en el punto en el que vida y obra establecen un diálogo potencialmente abierto, en puridad del cual aquellos artistas que llevan a sus últimas consecuencias una conducta que en el mundo prosaico podríamos calificar de “patológica”, en el mundo de la poesía -que no se deja determinar por el día de mañana-, pueden ofrecernos un tipo de experiencia de esa misma patología que arraigue en nuestra conciencia, que se salga de sí. Hay una especie de soledad en el que escribe que no puede dejarse reducir a la funcionalidad que ésta -la soledad-, tiene en la vida práctica. Posiblemente, el lector que se aventure en los poetas malditos, también precise dejar en suspensión lo que fue la vida de éstos, si se merecían tales desgracias o no, o si su soledad es culpable en el sentido que Sartre indica.  Y de hecho, libremente, sumergirse por un momento en el fondo último de la comunicación fuerte: aquella que tan solo una vida patológica y de hecho infantil puede develar, tal vez, porque sólo velada puede ser escrita.

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