Forever Alone – El Niño detrás de las barbas

Treinta mensajes de Whatsapp, cinco notificaciones en Facebook, otros siete videos que visualizar en YouTube, quince series aún pendientes y dios sabe cuántas historias de Instagram. Serán muchos los que se sientan identificados con el escenario que os acabo de describir, las generaciones nacidas en los 90 vivimos en nuestras carnes el auge de Internet y la revolución que ello supuso en las formas de comunicación humanas, las siguientes directamente han nacido con ellas. Tan solo desbloqueando nuestro teléfono móvil accedemos a un torrente de información casi inabarcable, somos receptores de un sinfín de estímulos variados y, por lo general, de corta duración. Nos hemos vuelto adictos a tal situación, a muchos nos resulta prácticamente imposible salir a la calle sin estar mirando los últimos mensajes, echar un vistazo a nuestras redes sociales o simplemente escuchar música, probar a contar un día a los menores de veinticinco años que andan por las calles con casos, os aseguro que serán una mayoría en la que me incluyo. Vivimos bajo la constante necesidad de recibir estímulos, cada vez más variados, cada vez más cortos en el tiempo, nuestra capacidad de concentración disminuye día a día.

A buena parte de nuestra generación ya no le sirve llevar a cabo una trayectoria como la de nuestros padres, es decir, estudiar y trabajar en la misma ciudad en la que nacimos. Ahora todos queremos vivir un Erasmus, pasar un tiempo fuera y disfrutar de unas cuentas relaciones esporádicas antes de asentar cabeza, hacemos del cambio nuestra propia bandera. Una vez más, estímulos y más estímulos. Esta dinámica de vida nos ha generado una necesidad constante de actividad, cuando no hay ruido el silencio se vuelve incómodo para nosotros, empezamos a sentirnos solos. Es como un agujero negro que se lo traga todo, afloran los miedos y las inseguridades, así que nos refugiamos en lo más banal: fotos de Instragram, Facebook, algún video en YouTube…y así se perpetua un círculo que se retroalimenta una y otra vez. No me refiero a la soledad tal y como la entendemos habitualmente, la falta de amigos, pareja y familia, sino a una incapacidad muy real de estar con nosotros mismos y nuestros pensamientos sin que interceda ningún tipo de interferencia.

Esa necesidad de ocupar constantemente nuestro tiempo se torna adicción y lo trasladamos al campo de las relaciones sociales impidiéndonos disfrutar de aquellos que realmente son capaces de cubrir ese “vacío”, las personas. No habrá ejemplo más repetido que el del grupo de amigos que estando todos juntos de cena en vez de aprovechar el tiempo para ponerse al día lo pierden consultando sus móviles. El entretenimiento principal se vuelve insuficiente para ellos y buscan una alternativa que lo único que logra es alejarles aún más de los demás, cuanto más lejos mayor será la sensación de abandono y consecuentemente mayor la necesidad de cubrirlo con entretenimientos superficiales ¿Cuantas personas que se pasan el día quejándose públicamente de sus problemas en las redes sociales son luego incapaces de abordar las situaciones cara a cara? La pantalla puede actuar como un espacio en el que desahogarse pero ello no resuelve el problema. Y es que si bien esto ya se ha repetido hasta la saciedad, un mal uso de las redes sociales puede dar lugar a una completa alteración de su pretensión inicial, que a mi entender no es otra que acercar a las personas.

La necesidad de cubrir el vacío se traslada muchas veces a las relaciones de pareja. Estamos excesivamente habituados a la comodidad, a una gran mayoría de nosotros no nos ha faltado de nada y muchos ni siquiera han tenido que lidiar con hermanos con los que pelear por la atención de sus padres. Hemos obtenido siempre lo que hemos querido y cuando lo hemos querido acostumbrándonos a una sensación constante de control e inmediatez, quiero esto y lo quiero ya, además con el menor esfuerzo posible. Este tipo de actitud casa bastante mal con las relaciones sociales, éstas se basan en la reciprocidad, las sanas al menos, y en un constante obtener y ceder, en el momento en el que los beneficios de dicha relación superan los defectos lo habitual es que estas se rompan. El gran problema viene cuando los términos de control e inmediatez se aplican a las relaciones de pareja en un intento de paliar la sensación de soledad, prefiriendo el estar con alguien que no me llena plenamente antes que afrontar el abismo que supone que es estar solo.

Los adolescentes cada vez desarrollan más relaciones afectivas en las que el pilar principal es el control, en ocasiones con una parte dominante y en otras mutuo. Se establece la relación en un sentido brutalmente utilitarista, la otra persona está aquí para cubrir MIS necesidades, si alguna de sus acciones o decisiones entra en contradicción con estas el resultado es el enfado y la confrontación. ¿Quién no ha visto desaparecer a algún amigo cuando se echa novia? Y viceversa, es probable que incluso vosotros mismos hayáis sido ese amigo. El problema es que estas relaciones tóxicas no lograrán nunca proporcionar una auténtica sensación de plenitud a ninguna de las partes, solo las relaciones basadas en el mutuo respeto a la libertad individual de cada uno pueden llegar a ser realmente satisfactorias. Todo lo demás no son más que parches que tratan de ocultar una realidad muy patente, que tenemos miedo a estar solos, por ello preferimos a alguien tóxico en nuestro entorno que afrontar el reto que supone el no tener cerca a nadie.

El niño detrás de las barbas

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