¿De dónde y hacia dónde? Esperanzas sin esperanza -Zule

Una reflexión en torno al colapso climático.

por Zule

Sabemos innegable que vivimos un tiempo regido por la crisis estructural de esta nuestra global civilización humana, deseada hija bastarda de la siempre enmascarada colonización occidental capitalista. Es de común asumido que la civilización contemporánea alberga problemas de justicia y democracia, de igualdad e identidad, problemas económicos estructurales y -aunque esto siempre se dice susurrando- problemas ecológicos. El factor ecológico siempre queda soterrado bajo todos los demás porque prefiere verse como algo distante -y desde luego, afecta menos a la cotidianeidad de las personas racializadas, mujeres, colectivos LGTBIQ+ y otras identidades que sufren la discriminación diariamente. Sin embargo, la existencia de un medio en el que vivir -ya no hablo ni de un medio en el que vivir bien- es condición de posibilidad indispensable para desarrollar y prosperar en el resto de transformaciones, de evoluciones, e incluso, para mantener el insostenible paradigma actual del crecimiento infinito (también llamado de mundo océano o modelo cowboy, según Almenar y Boulding respectivamente).

Pese a su importancia, el problema ecológico se suele obviar en las tan cotidianas conversaciones sobre los problemas del mundo. Es silenciado incluso en la prensa generalista, que solo lo recuerda cuando hay fenómenos climatológicos desbocados y cumbres o acciones importantes. Pero este silencio (el tabú ecológico) no me parece humanamente extraño, y es que el problema es que da mucho miedo: es incontrolable, desbordante, sobrehumano. Eso shockea. El veloz consumo de grandes cantidades de cadáveres que se habían acumulado durante millones de años (combustibles fósiles), de las heces depositadas por aves durante cientos de lustros (hablo del salitre), de bosques que crecieron durante muchos siglos (el Amazonas y la casi totalidad de masas verdes terrestres), así como la extracción de materias peligrosas (radiactivas y otras), la producción industrial de venenos no sintetizables por los ecosistemas, la consecuente saturación de los sumideros, la caza y reducción de hábitats de prácticamente todas las especies no ligadas con el deseo y la producción humana (la sexta gran extinción); todos los procesos de acaparación humana de la riqueza natural del planeta Tierra han desestabilizado el equilibrio de fuerzas que mantenía sana a la gran titana Gaia.

Parece casi indudable que la acción humana ha descorchado una caja de Pandora de la que escapan, furibundos, los fantasmas de miles de millones de muertos. La energía de estos cadáveres zombies reclamaría justicia si tuviese voluntad, y aunque no creo en este tipo de espíritus, me parece de justicia divina -por suprahumana- lo que podríamos llamar su venganza. De forma no animista parece más correcto hablar de efecto rebote. La energía de todos estos entes, hijos de la historia y la evolución geo-biológica, es superior claramente a la fuerza humana, tanto de sujetos concretos como de todo el conjunto de la especie. Probablemente hayamos quemado en nuestros hornos y motores un número individuos mayor del que ha conformado toda la especie humana en toda su historia biológica. De ello, precisamente, nos hemos lucrado durante décadas, consiguiendo lo imposible, desafiando a la imaginación de todas las mentes soñadoras que nos precedieron en el linaje homo, elevando montañas de cristal y hormigón, viajando a lugares y velocidades increíbles.

Hemos sacado del cementerio a cuadrillas de trabajadores esclavos, para que se sumaran a los esclavos negros, e indios, y mujeres y animales no humanos, y trabajasen sin garantías en la construcción, el cuidado y el mantenimiento de nuestros más increíbles fetiches. Hemos erigido el mundo de Platón, allá donde la materia no importa mucho -al menos tan poco como para no respaldar el valor monetario- y todas las ideas son posibles, necesarias y reales. Toda esta energía, fruto del conjuro industrial, o mejor dicho, de sus deshechos, rebota ahora contra nuestros morros en forma de calor, y claro, sentimos sudores, y, por supuesto, tenemos miedo. Tras tantos arañazos, la tierra tiene fiebre, y su sistema inmunológico quiere acabar con la infección. No atenderá a responsabilidades: el clima cambiará para todo ser terrícola, y no parece que haya forma de evitarlo. Sobrevivir será el resultado de una maravillosa conjunción de habilidad y suerte: evolución darwiniana en estado puro.

Es normal, por ello, que cuando a la gente corriente se le plantea abiertamente este problema quede en shock. El silencio se adueña de las salas de conferencias. Lo mismo pasa en las conversaciones informales. Luego, en base a mi experiencia, se manifiestan tres estrategias de asimilación de esta información: que la persona responda de forma negacionista -aplicando la estrategia del avestruz (que por no ver los problemas cree que desaparecen) e incluso, en ocasiones, respondiendo de forma agresiva, desvinculandose personalmente del problema o incidiendo en pequeños detalles retóricos de la argumentación con los que evitar tratar el problema principal-; de forma pesimista -asumiendo que ya toda solución es imposible, y que por eso no merece la pena intentar hacer nada, pudiendo derivar en algunas de las actitudes planteadas para el negacionista-; o de forma optimista -hablando de la exageración de los divulgadores pesimistas y confiando en la capacidad de resolución del problema en base a una hermosa combinación de esfuerzo, afán y saberes que se delegan a tecnócratas e individuos futuros. Obviamente, esta es una simplificación esquemática, pero creo que es recurrente, y que ella nace de que las personas sufren un shock difícilmente acolchable: el mundo les da un vuelco. Quizás este mismo shock pueda ser empleado para construir, dando propuestas concretas y atractivas que permitan evitar estas actitudes negativas, haciendo de una persona temerosa un guerrero ecologista. Pero ¿hasta qué punto sería correcto aprovecharse de él miedo de la gente para incidir en su educación, aunque ella sea finalmente positiva para el conjunto de la Tierra? No lo tengo claro, aunque creo que parte de la labor filosófica actual consiste en enfrentar al mundo a este shock y tratar de canalizarlo a un actitud positiva, constructiva, incluso cuando es probable que ya no quede esperanza.

Desde luego, no es fácil responder al qué hacer. Causa o producto de nuestra situación, vivimos en un mundo líquido, posmoderno, en el que parece tan difícil un posicionamiento firme y duradero -ética, estética o epistémicamente- como lo es hacer una proyección de futuro a medio o largo plazo. Mientras la voluntad humana tiembla, el mundo se tambalea, y no parece que la conjunción inversa de estas frecuencias pueda llegar a anular la destructiva onda. Necesitamos hacer y deshacer pero ¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde queda hueco para la persona filósofa en este puzzle indescifrable del colapso ecológico? No creo que nadie tenga respuestas, pero muchas personas tenemos opiniones. Creo que el filósofo, la filósofa, no podrá permanecer en su académica torre de marfil nunca más. Esa torre fue erigida y se mantiene en base a la esclavitud (humana, animal y energética) y el mundo al que nos dirigimos ni puede ni debe mantener esclavos, ni debe ni puede mantener señores. El filosofar no podrá ser más una aristocrática actividad aislada y a tiempo completo, sino un qué hacer transversal a la vida de personas y comunidades. Deberá desarrollarse en el trabajo y en el descanso, en la soledad y en la comunidad, pero integrada en la vida fáctica, y no ya más en la distante Universidad, esa burbuja donde todo va más rápido, dónde todo va más lento, donde el mundo se separa del mundo, muchas veces sin reconciliarse.

Esto puede parecer terrible, pero en verdad creo que resulta alentador, porque el presente y el futuro necesitan del filosofar y de lo filosofado, dado que, como dice Prats, hay que construir un nuevo relato. Creo que en estos tiempos de pensamiento débil y extinción de las irrefutables autoridades hacedoras de discurso -ya ilegítimas-, ese relato sólo puede ser construido desde la comunidad, por la comunidad y para la comunidad (entendida ahora como la Tierra y todos sus seres). Porque, subjetivamente, me parece que tendemos a volver a una especie de paganismo secularizado, descentralizado, una tradición que haya sintetizado la historia y que rompa con el monoteísmo y el poder ontológicamente centrado, que convierte en simulacro todo aquello que no es imagen y semejanza del modelo divino. Y sin Dios central, sin imperio, volvemos al consejo y a los poderes rotativos y realmente meritocráticos, a la confianza y a la responsabilidad, al respeto al todo como modo de respetarme a mí mismo. Sí esta fantasiosa medievalización secular y descentralizada llegase a producirse, quienes serían el clero: ¿los filósofos? ¿los científicos?. Soy consciente de que esta fantasía poco dice y poco aporta, pero, aún rondando lo concreto, no se evitar imaginar mundos posibles y preguntarme por ellos.

El problema que tiene el postulado de Prats, pese a necesario, es que el presente ya no permite los grandes relatos ideados por pocos y asumidos por muchos (pienso en Lyotard, pero sobre todo en Vattimo). Solo desde el trabajo global y cooperativo de las comunidades puede construirse una filosofía real, que se adapte a las necesidades vitales de las personas, y que las permita actuar y reaccionar ante las complicaciones que siempre presentará la vida. Por lo tanto, un buen futuro será bueno para la filosofía, pues requerirá de que todos los sujetos sean filosofantes, críticos y reflexivos, conscientes de sí y de su mundo, ya sea mediante la ciencia o mediante el mito, pero siempre con profundos valores. Sólo así las personas que componen las comunidades podrán posibilitar que estas habiten economías de donuts como las de Kate Raworth -o aquellos modelos que descubramos como más beneficiosos para la vida-, modelos en los que es necesario saber desde dónde y hasta donde caminar. Sólo sí todo el mundo filósofa, y está cultivado en el conjunto de saberes acumulados por la humanidad, podrá generarse un verdadero cambio a largo plazo. Y antes de proseguir, aclaro en este inciso: soy consciente de cuán utópico es este análisis optimista -de deseos-, y más en un mundo regido por las dinámicas actuales, pero creo que ya sea de forma ilustrada o de forma mitológica, esta será la reacción natural que surgirá de la lección que dará el colapso a sus supervivientes: un nuevo gran diluvio en la psique colectiva del sapiens. Sí no, llegará el ecofascismo, tan bién reflejado -desde una visión de género- por Margaret Atwood en su «Cuento de la Criada» (del que solo he visto la adaptación seriegráfica). Sí no, desde aquí, a la larga retornará el problema. Porque el problema no solo es técnico o material, es sobre todo cultural. El problema es el tratamiento aséptico que hemos dado a la técnica (que como todo poder, está cargada de responsabilidad), el desprecio con que hemos tratado al otro, el ansia egoísta de explotar, de exprimir. La filosofía, desde ya, debe -y creo que en ello está- trabajar para crear nuevos modelos de vida, nuevos principios, nuevos valores, muchas veces reciclando y readaptando viejos conceptos, otras veces rompiendo con todo. La filosofía tiene que educar, que hacer pedagogía, una pedagogía profundamente discursiva, pero visiblemente práctica, que sirva y ejemplifique mediante la praxis -aunque, por desgracia, la sepamos humana, imperfecta, existencialmente contradictoria.

¿En qué dirección debe de ir este filosofar? Está claro que el pensamiento del que somos herederos ha cometido grandes errores; si no no estaríamos aquí, o al menos no estaríamos así. La propiedad egoísta, el antropocentrismo, la acumulación de poder, las jerarquías, el patriarcado, la racialización, la construcción excluyente de otredades son solo algunos ejemplos. ¿Sobre qué axiomas podemos construir un pensamiento holista y no dogmático, que potencialmente lo abarque todo sin recaer en los viejos vicios del poder, el egoísmo, la exclusión y la irresponsabilidad? Naomi Klein, en su reciente ensayo «Decir no no basta» plantea aquello que el ecofeminismo anticolonial ha venido diciendo desde hace tiempo: la explotación de la tierra, de la mujer y del indio -del no blanco- son inseparables del paradigma capitalista, que se sustenta en crear otredades, minusvaloradas o romantizadas, a las que poder subyugar, explotar, exprimir: dirigir. Esa dinámica de producción ilimitada se basa en la continua apropiación de otredades que son codificadas y condicionadas a los propios intereses egoístas de sus ideólogos. De tal manera, cualquier cambio de paradigma pasa por la recuperación del respeto y valor de lo otro como algo tan digno como yo, y por tanto, por la asunción de la necesidad de su cuidado. Solo así, cambiando en este sentido el modo de proceder, serán realmente sostenibles a largo plazo las medidas y soluciones que demos a los problemas de tratamiento de la Tierra, de las mujeres, de las personas racializadas.

Y desde luego, este avance cultural no puede escapar de las necesidades de reestructuración material. Aunque me exceda de las palabras acordadas, no puedo dejar pasar este ensayo sin resaltar la tremenda importancia de la permacultura rural y urbana, de la recuperación de viejos oficios y conocimientos, de la construcción de esas Arcas de Noé de las que habla Prats, esas Fundaciones de Asimov, esos espacios donde la cultura y la vida se mantienen, y que pueden servir de trasvase del colapso, como brújulas ante el shock del cataclismo ecológico. No serán lugares seguros, ni estarán libres del ataque de aquellos que aún quieran vivir por encima del resto. Pero ir construyendo estas comunidades, ir difundiendo estos modos de vida, aunque sea difícil, es la única forma de evitar el festín caníbal que, en mayor o menor grado, inevitablemente devorará las ciudades cuando dejen de llegar los camiones de comida. Tenemos que apostar por la autosuficiencia, nuestra y de nuestro medio, y adaptarnos, preferiblemente, con visión de futuro y memoria del pasado: hasta que perezcamos o pase la tormenta. No encuentro más esperanza, no encuentro más futuro. Y sin embargo, encuentro uno, porque, pese al miedo y la segura derrota, como heredero de Numancia, no puedo sino morir luchando. No puedo hacer más, pero esto puedo intentarlo.

Ha llegado el momento de volver a la materia, de volver con emociones, de volver con cuidados. Ha llegado el momento de volver a los oficios, de recordar cómo sobrevivir con la tierra, en la tierra. Hay que volver con precaución y prevención, con consciencia y con el ansia de no olvidarse de nada. Pero no puedo volver solo: he de gritar en el desierto, hasta que las rocas tengan oídos, y entonces, quizás, podamos construir islas donde sólo habrá secarrales y ruinas. Hay que crear comunidad, y por eso no vale con exiliarse ni encerrarse en la torre: el egoísmo ha muerto, solo nos queda el amor y la tierra, el cuidado y la paciencia, la calma y la constancia, la esperanza sin esperanza.

Texto publicado en Contrapunto

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